Zopf y Van Dalen 
Dissertatio de Vampyris Serviensibus (1733)

No todas las disputas del siglo XVIII giran en torno a la verdad. Algunas giran en torno a la pertenencia. A qué saberes merecen ser discutidos en latín, en voz alta, con toga y audiencia. Y pocas criaturas han hecho ese recorrido —de la aldea al claustro y del rumor al tratado— con tanta eficacia como el vampiro.

La Dissertatio de Vampyris Serviensibus, publicada en 1733 por Zopf y Van Dalen, no es un texto sobre lo sobrenatural, ni sobre la ciencia, ni sobre la muerte. Es, ante todo, un ejercicio de legitimación. Una tentativa por dar al fenómeno balcánico del vampirismo un lugar dentro del aparato del saber ilustrado, sin despojarlo del todo de su naturaleza extraña. Se diría que el objetivo no era resolver el enigma, sino hacerlo discutible con respeto. Que el vampiro pudiera ser citado con pie de página. Que dejara de ser un susurro popular y pasara a ser materia de examen doctoral.

La estrategia retórica es clara: presentar el fenómeno con distancia, pero sin sorna; con rigor, pero sin refutación. Zopf y Van Dalen no se burlan del campesino que teme al muerto que vuelve. Tampoco se entregan del todo a la creencia. Lo que hacen es algo más astuto: conceden que el fenómeno merece estudio. Y al hacerlo, lo transforman. No al vampiro, sino al lugar desde el que se le observa. Lo que era superstición se convierte en objeto filosófico. Lo que era miedo se convierte en hipótesis.

En vez de negar lo popular, lo adoptan. Pero lo visten. Lo limpian. Le dan estructura escolástica. Y, sobre todo, lo vuelven materia de disputa entre facultades. ¿Pertenece al campo de la medicina, de la teología, de la filosofía natural? ¿Debe explicarse por causas físicas, por corrupción del alma, por condiciones atmosféricas, por hábitos funerarios? Esas son las preguntas que importan, no si el vampiro existe, sino en qué facultad se lo estudia mejor.

Porque el tratado, en última instancia, no es sobre vampiros, sino sobre el estatuto del discurso. Sobre cómo se construye la autoridad del saber. Y el vampiro —esa figura que emerge de la tierra sin permiso— es, aquí, el huésped perfecto: el intruso que obliga a redefinir las fronteras del conocimiento aceptable. No para rendirse a él, sino para mostrar que incluso lo más inestable puede ser citado, clasificado, enseñado.

Zopf y Van Dalen no derrotan al vampiro. Tampoco lo celebran. Lo admiten, y con ello, lo elevan. No es un monstruo, es un caso. No es un mito, es una tesis. Y en esa transformación —discreta, burocrática, casi legal— el vampiro se vuelve ciudadano del discurso académico, sin dejar por eso de moverse por las noches.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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