William Gilbert 
Los últimos señores de Gardonal (1870)

Sabemos de casas que parecen querer ser olvidadas, no por ruina ni por abandono, sino porque su persistencia ofende al tiempo. Porque no aceptan del todo su extinción, como si los muros recordaran, como si las piedras se resistieran a dejar de ser habitadas por lo que alguna vez fueron. Y hay familias que, como esas casas, prolongan su linaje no por fecundidad o fortuna, sino por obstinación. Por esa voluntad oscura de no desaparecer del todo, aunque el mundo se haya cansado de esperar su final.

Los señores de Gardonal eran precisamente eso: los restos de una nobleza que no quería morir, o que no podía. Nadie sabía ya con certeza quiénes quedaban, ni por qué seguían allí, ni cómo mantenían su existencia, pero lo cierto es que aún ocupaban la casa, aún portaban el nombre, aún arrastraban —como un manto viejo, como una piel heredada— una forma de autoridad sin objeto. Y ese permanecer sin función es, a menudo, el primer indicio del horror.

Uno de los narradores —porque todo en este cuento ocurre por vía indirecta, como los chismes que se dicen con voz baja y gesto de complicidad— cuenta cómo alguien se adentra en ese mundo detenido, cómo visita la mansión de Gardonal y encuentra en ella lo que nadie esperaba: vida, sí, pero una vida sin luz, sin espontaneidad, sin presente. Una vida como la de ciertos cuadros antiguos, donde la mirada de los retratados aún parece viva pero ya no expresa nada. Porque hay vidas que, aunque se mantengan, ya no se renuevan.

Gilbert no presenta vampiros al uso. No hay colmillos ni cementerios. Pero la sensación de lo no muerto —de lo que sigue respirando sin causa ni sentido— impregna cada rincón del relato. Los últimos señores de Gardonal viven, sí, pero ¿viven? ¿O son más bien sombras mantenidas por la inercia de un nombre, por el peso de una historia que no saben ni quieren soltar? Como si fueran imágenes de una época que ya no existe, pero que sigue exigiendo fidelidad.

The Last Lords of Gardonal es, en el fondo, una historia sobre la imposibilidad de cerrar un ciclo. Sobre lo que ocurre cuando el pasado se niega a ceder su sitio. Y en ese sentido, el vampiro no es una criatura, sino una atmósfera. Un tipo de resistencia que puede parecer digna desde fuera, pero que al mirarla de cerca revela su naturaleza enferma: una obstinación que agota, una permanencia que drena.

No mueren. Pero no viven. Y quizás ese sea el castigo: conservar el nombre cuando ya no queda nada digno de ser nombrado.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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