William-Adolphe Bouguereau 
Dante y Virgilio (1850)

Uno a veces no sabe —y quizá nunca sabrá del todo— si lo que ve es una escena de violencia o una de deseo, o ambas cosas a la vez, que en el fondo no se excluyen. A veces el amor no se manifiesta como caricia, sino como herida; a veces el deseo se vuelve hambre, y el hambre, furia; y a veces —como en este cuadro— lo que parece castigo eterno es también, secretamente, una forma desesperada de no olvidar. Eso sucede en Dante y Virgilio de Bouguereau, o al menos eso es lo que a mí me parece cada vez que lo miro.

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. Pero Bouguereau, que no era ajeno a las ambigüedades del cuerpo, ha decidido detenerse en uno de ellos, en Capocchio, mordido —no golpeado ni aplastado, sino mordido, como quien se alimenta— por Gianni Schicchi, otro condenado. El mordisco no es funcional ni accidental: es el centro de la escena. Un cuerpo inclinado sobre otro, los dientes clavados en el cuello, y una mirada —la de Dante, la de Virgilio, la nuestra— que no sabe si condenar, apartarse o seguir observando.

Y uno se pregunta, como tantas veces ante lo que repugna pero fascina, si ese acto de violencia es sólo castigo o si es algo más. ¿No hay, en ese mordisco, algo de posesión? ¿No hay algo de vínculo, de memoria animal, de necesidad desesperada de no soltar al otro, de no dejarlo ir ni siquiera después de la muerte, ni siquiera en el infierno? El vampiro no aparece aquí con capa ni con nombre, pero está. No como figura explícita, sino como gesto: el gesto de morder, de aferrarse a la carne ajena como única forma de persistir.

Y Bouguereau, que no era un pintor de sombras sino de luces impecables, lo sabía. La musculatura está definida con una precisión casi cruel, como si cada vena fuera testimonio de una tensión que no se ha resuelto. El cuerpo que muerde no es un monstruo: es humano, demasiado humano. Y es ahí donde reside el verdadero terror. Que el vampiro no sea otro, sino nosotros mismos en el instante en que ya no sabemos amar sin poseer, ni recordar sin desgarrar.

Franz von Stuck 
Die Sünde

Hay cuadros que no representan, sino que encarnan. No ilustran una idea, sino que la convierten en cuerpo, en piel, en mirada ...

Edvard Munch 
Vampyr

A veces no hay que mostrar el acto para que el acto esté. Basta un gesto, una curva, una insinuación. Basta un cuello que se ofrece, una melena que cae ...

Philip Burne-Jones 
The Vampire

Uno podría pensar —si no supiera la fecha exacta del cuadro— que esta imagen fue pintada después de toda la tradición cinematográfica del vampiro femenino ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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