Wilhelm Mannhardt
Ueber Vampyrismus (1859)
No era su intención, quizá, la de escribir un libro sobre vampiros. O no exactamente. Lo que Mannhardt buscaba, como tantos otros en el siglo XIX —ese siglo que aún no se decidía entre la fe y la anatomía, entre la fábula y la estadística— era comprender por qué ciertos relatos no se extinguen. Y por qué, incluso después de haber sido refutados, ridiculizados, expurgados por médicos y obispos, reaparecen bajo otra forma, disfrazados, traducidos a lo académico, pero aún palpitantes.
El conflicto de Ueber Vamprismus es ese: no con el vampiro en sí, que apenas se permite aparecer como figura dramática, sino con lo que el vampiro representa. Porque lo que Mannhardt percibe —y lo dice sin énfasis, sin la necesidad de los grandes discursos románticos, casi con discreción de filólogo— es que el mito no es materia de superstición, sino de permanencia. Y que allí donde la ciencia cree haber limpiado el suelo, aún quedan, como raíces bajo el adoquín, las formas antiguas del temor.
Lo interesante es que él no quiere revindicar al vampiro. No lo defiende como otros hicieron, con romanticismo o con morbo. No lo invoca con delectación ni con descreimiento burlón. Lo estudia. Lo reduce. Y sin embargo, no logra desactivarlo del todo. Es decir: lo explica, y al explicarlo, lo preserva.
Esa es, quizá, la paradoja más triste de su obra: que lo que pretendía desenmascarar, queda finalmente mejor vestido. Que el intento de clasificarlo entre las creencias primitivas de los pueblos es lo que da al vampiro, precisamente, su dimensión etnográfica, su elegancia de mito rescatado. El folclorista lo convierte, sin quererlo, en objeto legítimo del saber moderno. Y por tanto, lo autoriza a seguir existiendo.
Lo que Mannhardt no acepta —o no quiere aceptar del todo— es que los vampiros ya no necesitan justificarse. Que no requieren fe ni encarnación ni siquiera cadáver. Que basta con que el lenguaje los recuerde, con que una tesis los nombre, con que una nota al pie los mencione, para que su sombra continúe flotando por encima de las disciplinas. Y eso es, en el fondo, lo que perturba: que no haya ciencia suficiente para evitar la resurrección de lo simbólico.
O dicho con sus propias herramientas: que no hay ritual más eficaz para conservar un mito que el de escribir sobre su desaparición.
Texto original de Mannhardt:
Al instructivo artículo de Hanush sobre los vampiros (véase arriba, p. 197 y sigs.) intentaré aportar todavía algunas contribuciones más, que aunque de ningún modo lleven ya a decisión la investigación sobre el origen de esta creencia, sí pueden, sin embargo, mostrarnos ya el camino por el cual la investigación ha de ser conducida a su meta. Encontré la creencia en el vampiro viva con mayor fuerza entre los eslavos casubios de la Prusia occidental. Aquí se le llama vieszcy, esto es, el sabedor, el anunciador (un epíteto que en la antigua época eslava correspondía al vates)[1], o strys, hechicero, mago[2]. Los alemanes establecidos entre [260] los casubios en Pomerelia dicen para ello: Gierhals, Gierrach, Begierig o Unbegier; más raramente se oye el nombre Blutsauger [chupasangre], y aún más raramente Vampyr. Este ser es un hombre que ha venido al mundo con dientes, o uno que nació con la membrana del nacimiento y la conservó sobre la cabeza. Uno tal lleva ya desde el nacimiento una mancha roja en el cuerpo; si muere, el cadáver conserva un rostro rojo o le queda abierto el ojo izquierdo. También se dice a veces, sin indicar aquellas circunstancias del nacimiento, que un muerto con tales señales ha muerto lleno de rencor. Continúa viviendo en el ataúd y arrastra a otros, primero a su familia, luego poco a poco a toda la aldea, tras de sí al sepulcro. Esto sucede en cuanto por la noche se acerca a las camas, se acuesta junto a los durmientes y les chupa la caliente sangre del corazón. Los cadáveres de los muertos se encuentran al amanecer del día siguiente en la cama, y sólo una pequeña herida de mordedura en el lado izquierdo del pecho muestra la causa de su muerte. Si el devorar póstumo no cesa, hay que desenterrar el ataúd, separar con paladas la cabeza del tronco y echar tierra entre la cabeza y el tronco. En Putzig se pone la cabeza a los pies. También se vuelve a veces el cadáver con el rostro hacia abajo, y se le mete tierra en la boca. Otros medios, para impedir el regreso del Vieszcy o Gierrach, se encaminan a mantenerlo ocupado en el ataúd. Se le da, por ejemplo, una media o cosa semejante consigo a la tumba; entonces deshace cada año una malla.
No se le da con gusto una red para desatar, pues ése es un trabajo muy penoso para el desdichado. En cambio se le pone dinero acuñado en la boca, o un tiesto de barro o de ladrillo; o bien se llena el ataúd de [261] granos de amapola. Él contempla el dinero, mastica el tiesto, cuenta los granos de amapola. Otros además le colocan una piedra o un trozo de madera de álamo temblón provisto de 3 cruces bajo el mentón. Los enfermos por la mordedura del Gierrach son curados mezclándoles en la bebida sangre que, al cortarle la cabeza, fluye del cuerpo de aquél. En algunos lugares de Pomerelia la creencia adopta esta forma: el primero que muere en una epidemia se sienta erguido en la tumba y devora su sábana. Mientras tenga de qué devorar, la mortandad no cesa, a no ser que se le separe la cabeza de una palada[3]. Múltiples leyendas atestiguan la vida de estas opiniones supersticiosas. A mediados del siglo pasado murió un miembro de la familia Wollschläger en la Prusia occidental; varios de sus parientes le siguieron de manera enteramente inesperada, sin especial ocasión de muerte, al poco tiempo. Se quiso recordar que el semblante del difunto no había perdido el color rojo, y por eso surgió la sospecha general de que fuese chupasangre. Se celebró un consejo de familia y en él se decidió que Joseph von Wollschläger, fallecido en el año 1820 como director territorial a edad avanzada, entonces todavía un hombre joven, puesto que era tenido por el más valeroso e intrépido, debía cortar la cabeza a su difunto tío. Acompañado de un monje del convento bernardino de Jacobsdorf se dirigió a la cripta de ese convento, donde el difunto estaba sepultado, cada uno con una vela en la mano. Se abre el ataúd y se alza el cadáver para ponerlo sobre el borde del ataúd; el movimiento natural que hace la cabeza al hundirse de nuevo por ello inspira al monje tal espanto que deja caer la luz y huye. Aunque solo, Wollschläger no pierde sin embargo la sangre fría; [262] con el hacha traída consigo corta la cabeza, pero un poderoso torrente de sangre irrumpe hacia él y apaga la única vela que aún quedaba. Sólo con dificultad logra, en la casi completa oscuridad, recoger algo de sangre en una copa y regresar con ella a casa. Cae en una fiebre ardiente que casi le cuesta la vida. El cadáver con la cabeza entre los pies puede verse hasta el día de hoy en la cripta del convento de Jacobsdorf, y precisamente en la cámara central, donde se encuentra el enterramiento hereditario del linaje de los Wollschläger[4]. No hace mucho tiempo murió en Borchfeld, cerca de Danzig, según me contó una campesina de esa aldea, una vieja mujer. La llamaban siempre “la vieja Welmsche”. Como cadáver estaba roja de rostro. No se prestó, sin embargo, atención a ello. Tan pronto como fue enterrada, salió todas las noches de la tumba, azotó y golpeó a su hija, una muchacha joven, en la cama, y la arañó también hasta hacerla sangrar con sus largas uñas puntiagudas. Como el desorden no tenía fin, se recurrió al sacerdote célebre en la región por su conocimiento de la magia, de Mariensee[5], se hizo desenterrar a la muerta, se decapitó su cadáver y se le puso la cabeza bajo el brazo. Fue entonces enterrada en un cruce de caminos, después de haber esparcido el ataúd con amapola.
La crónica manuscrita de Sebastian Moeler ofrece ya para el año 1343 una leyenda de Gierhals, ciertamente algo oscurecida y debilitada. Cuando en el año citado la peste hacía estragos en Prusia, el caballero de la Orden Teutónica, hermano Steino von Netten, huyó de Marienburg para escapar de ella; pero al llegar a Lauenburg sucumbió a la muerte de la que había querido huir. El vogt de Lauenburg lo hizo enterrar solemnemente aquella misma tarde; a la mañana siguiente, sin embargo, se encontró el cadáver fuera del sepulcro. Cuando este prodigio fue comunicado al gran maestre, éste envió allí a un comendador, a quien mandó [263] atravesar el cadáver con la espada y al mismo tiempo exhortarlo a la obediencia y ordenarle que no se moviera ya más del lugar. Ahora el muerto tuvo reposo en la tumba[6].
Cuán profundamente arraiga en el pueblo la creencia en el viescy lo enseñan ejemplos, que ocurren casi diariamente, de exhumaciones de cadáveres. De tales sucesos me son conocidos, en los últimos años, los de las aldeas de Mariensee y Wonneberg, así como un intento de exhumación en Rheinfeld. Cuando en la región de Conitz apareció por primera vez el cólera, el pueblo quiso desenterrar como chupasangres a las primeras víctimas arrebatadas por la epidemia, y se necesitaron medidas enérgicas de las autoridades para impedirlo. Cuando en el año 1855, en St. Albrecht[7], un suburbio de Danzig, el muy respetado preboste católico fue el primero de una serie de muertos por el cólera, pronto corrió el rumor de que había tenido la marca roja en el rostro y se aparecía por la noche a los aldeanos como gierhals. Los jornaleros se amotinaron y decidieron, en la taberna del mesonero Penner, desenterrar el ataúd del preboste y proceder según la costumbre. Con dificultad se los disuadió.
La confusión del vampiro con el hombre lobo, tan corriente entre los eslavos del sur, nunca la he encontrado en Pomerelia, y tampoco Cegnowa y Mrongovius saben nada de ella. En cambio se encuentra en el pequeño libro “Danziger Sagen gesammelt von O. F. Karl (Karl Otto), Danzig, Anhuth 1843.” El autor cuenta en la p. 39: “si se entierra a los hombres lobo, en lugar de quemarlos muertos o vivos, tampoco encuentran bajo tierra reposo. Pocos días después del entierro despiertan en la tumba y devoran la carne de sus propias manos y pies y, cuando ya no pueden consumir nada más de su cuerpo, salen a la hora de medianoche de la tumba, van a los rebaños, roban el ganado o incluso suben a las casas, se acuestan junto a los durmientes y [264] les chupan la caliente sangre del corazón. Cuando el hombre lobo se ha saciado, vuelve a bajar a su sepulcro. Los cadáveres de los muertos se encuentran al amanecer del día siguiente en las camas, muertos por una mordedura en el pezón. Así ocurrió, no hace aún mucho tiempo, en la aldea de Grabon, no lejos de Danzig, una mortandad general y en particular doncellas en la primera época de su flor cayeron presas de la muerte. Los cadáveres mostraban todos la pequeña herida de mordedura en el corazón. Los ancianos de la aldea deliberaron y llegaron a la decisión de registrar todas las tumbas y ataúdes del cementerio en busca del hombre lobo. Todos los cadáveres resultaron estar corrompidos, hasta que se llegó a una tumba cuyo montículo parecía recién amontonado. En ella se encontró tendido el cadáver de un difunto fallecido hacía un año, fresco y bien conservado. Sólo en brazos y piernas tenía arrancados pedazos de carne y en los labios se pegaba sangre fresca. Uno de los presentes le cortó la cabeza con una pala. Al punto el cadáver se deshizo en ceniza y un sordo gemido resonó en la cripta.” Se ve que la fusión de ambos ciclos legendarios es aquí enteramente exterior.
Una creencia semejante en el vampiro, como entre los casubios, se halla difundida entre todos los demás eslavos. Entre los pequeños rusos el vampiro se llama mjertovjec. En vida estos seres fueron hechiceros, hombres lobo, o personas maldecidas por el sacerdote o por sus padres. La medianoche es el tiempo de su actividad. Entonces van o cabalgan por ahí sobre caballos, hacen ruido y chasquido con sus huesos y espantan a los hombres. Con el tercer canto del gallo desaparecen. Si al acostarse se esparce sal sobre la tierra y por la mañana se encuentran huellas en ella, es señal de que el caminante muerto (mjertovjec) entra en la casa. Entonces se abre la tumba y al cadáver, que yace siempre boca abajo, se le clava una estaca de madera de fresno a través del tronco. La sangre maldita salta en alto y en el lado hacia el que se derrama mueren todos los hombres. Se vuelve a cerrar la tumba y el pope pronuncia su bendición sobre ella. Se esparce el camino desde la tumba hasta la casa adonde llegó el caminante muerto [265] con granos de amapola. Si quisiera volver, tendría antes que recoger los granos de amapola, y como esto no puede hacerlo, es mantenido eternamente alejado[8]. En otras regiones de Rusia el vampiro se llama, como ya mencionó Hanush en su artículo, upyr, wpyr. Vale por un hechicero difunto que chupa por la noche la sangre de los hombres. Se lo reconoce en vida en que le falta el hueso de la nariz o en que tiene partido el labio inferior. En upyr puede convertirse también cualquier difunto en cuyo cadáver se introduzca el diablo o sobre cuya tumba pase un gato. Para hacer inofensivo al monstruo hay que desenterrarlo y perforarlo en su ataúd con un trozo de madera.
De Polonia me es hasta ahora conocido poco acerca de los vampiros. Sam. Friedr. Lauterbach[9] atestigua múltiples exhumaciones, entre otras en Frauenstadt. El jesuita Gabriel Rzazcynsci, en su historia naturalis curiosa regni Poloniae, Sandomiriae 1721. sect. II. p. 366, que no he visto, debe haber comunicado más cosas pertenecientes a esto, “de cruentationibus cadaverum in specie agens, mira profert de mortuis in tumulis adhuc voracibus et vicinos viventes in spectrorum modum trucidantibus, a Polonis speciali nomine Upiers et upierzyca appellatis, de quibus quae producit authentica documenta ulteriorem fortasse disquisitionem merentur”[10]. — “En el año 1572 hizo estragos en Polonia la peste. El marchito cadáver de una mujer fue llevado fuera de la aldea de Rhezur y enterrado en el arrabal de Lemberg junto a la iglesia de la Exaltación de la Cruz. Poco después empezó la peste a hacer estragos en las casas vecinas. Aquellos a quienes tocaba conjeturaban que esa mujer debía de haber sido una bruja. Se desenterró el cuerpo y se encontró desnudo. Cada uno concluyó de ello que debía de haberse comido su ropa. Por ello le cortan la cabeza con una [266] pala de sepulturero y la entierran de nuevo, con lo cual cesa la peste”[11].
Los vendos de la Marca cuidan cuidadosamente, en los entierros, de dar al muerto un trozo de dinero como viático en la boca, así como de cortar el nombre de la camisa. Si se omite esto, el muerto se convierte en un nachzehrer o doppelsauger. Éstos chupan con los labios su pecho y por ello sustraen la fuerza vital a los parientes sobrevivientes. Peor aún es si los labios del muerto tocan una parte del vestido mortuorio. Entonces arrastra uno tras otro a los miembros de la familia al sepulcro. Para impedir el regreso del nachzehrer o doppelsauger hay que cortarle la nuca con una pala. Entonces gruñe como un lechón[12]. También en Sajonia se ponía a menudo a los muertos una piedra y un penique en la boca, para que, si empezaban a morder en la tumba, hallasen piedra y dinero y se abstuviesen de comer[13]. Lo mismo se hizo en Silesia durante la peste de 1553, en Sangershausen con igual ocasión en 1565[14], en Freyburg en 1552, asimismo en Herrnsdorf, Dittersbach, Clausnitz[15] y Mersburg[16].
En la aldea bohemia de Blow, a una milla de Cadau, volvió en 1337 un boyero como vampiro. Se le clavó una estaca en el cuerpo. Entonces dijo: “vosotros os creéis haberme jugado una gran burla, al haberme dado un palo con el que tanto mejor puedo defenderme de los perros.” Finalmente lo quemaron dos verdugos, durante lo cual hizo toda clase de muecas, bramó unas veces como buey, otras rebuznó como asno. Al pincharlo en el costado sangró[17]. — Una mujer alfarera, que tenía fama [267] de bruja, murió en 1345. Fue enterrada en un cruce de caminos, pero volvió a salir de la tumba, se apareció a muchas gentes en figura de animal y devoraba póstumamente. Entonces se le clavó una estaca de roble a través del cuerpo, pero ella la arrancó y asesinó aún a mucha más gente que antes. Finalmente se quemó el cuerpo junto con la estaca y se volvió a esparcir la ceniza en la tumba. En el lugar de la quema sopló durante algunos días un violento torbellino[18]. En el año 1567 se cortó la cabeza a un vampiro en Trautenau, en Bohemia[19].
Hacia 1617 un burgués de Egwansschitz, en Moravia, salía diariamente de su tumba, dejaba la mortaja junto al túmulo, iba a la ciudad y estrangulaba a muchos. Cuando una vez se le quitó la mortaja, amenazó con romper el cuello a todos. Finalmente se le desenterró y se hizo que el verdugo lo cortase en pedazos. El verdugo también le sacó de la boca un velo que había roído de la cabeza de su mujer, enterrada junto a él. Entonces dijo: “habéis acertado cabalmente. Pues si ahora que mi también difunta mujer ha sido colocada junto a mí, de otro modo habríamos matado a toda la ciudad”[20]. — En una ciudad bohemia un cadáver femenino devoró la mitad de su mortaja[21]; en Moravia de igual modo un muerto devoró sus propios lienzos mortuorios y los de su mujer enterrada junto a él y comió mucha de su carne[22].
En Istria, a 7 millas de Laibach, en Krinek[23], murió en 1672 un hombre llamado Giure Grando. Cuando el padre que lo había acompañado a la tumba quería volver a casa desde el banquete fúnebre, vio al difunto sentado tras la puerta en la casa mortuoria y se fue espantado. El muerto [268] se mostró después repetidas veces por la noche en la calle y llamaba a las puertas, tras lo cual alguien moría en la casa, y mantuvo comercio carnal con la viuda que había dejado[24]. De nada sirvió que ésta huyera al suppan o alcalde Miho Radetich, hasta que éste, con algunos hombres valerosos, abrió la tumba. Allí hallaron a Giure Grando incorrupto. El rostro estaba bien rojo, les sonreía y abría la boca. Al principio los acompañantes de Radetich huyeron hacia atrás, pero pronto regresaron e intentaron clavar al cadáver una estaca afilada de espino blanco por el vientre, que sin embargo rebotaba cada vez. Entonces el padre conjuró al espectro con un crucifijo. “Mira tú, strigon, aquí está Jesucristo, que nos ha redimido del infierno y ha muerto por nosotros; y tú, strigon, no puedes tener reposo”, etc. A estas palabras corrieron lágrimas de los ojos del cadáver. Finalmente se cortó la cabeza al muerto con un hacha, con lo cual profirió un grito como un viviente y llenó la tumba con sangre fresca[25]. Incluso de una aldea en territorio veneciano cuenta Valvasor que allí se clavó al cadáver de un strigon una estaca de madera espinosa a través del cuerpo[26]; lo mismo sucedió en Lendat, una aldea istriana en suelo veneciano. Aquí el vampiro se llama strigon o vedarez. Si alguien moría a consecuencia del golpeteo a la puerta, se decía: “el strigon se lo ha comido”[27]. Aún hoy, según se dice, se canta en Iliria la siguiente canción popular, que probablemente se refiere a una de las muchas pequeñas guerras con los podestás venecianos.
en el pantano de la Stevila yace al borde de una fuente
un cadáver poderosamente tendido, un cadáver sobre la espalda.
[269]
es el ruin veneciano que una vez sedujo a María,
a María llevó a la afrenta, nos quemó las casas.
la bala le dio en el pecho, el puñal le atravesó el corazón.
ya yace allí desde hace 3 días, caliente corre su sangre y roja.
ciertamente su ojo azul está rígido, pero mira hacia el cielo,
¡y ay del que pasa de largo, ay de aquél a quien alcance la mirada!
¿veis cómo aún le creció la barba, cuán largas, cuán largas son las uñas?
los mismos cuervos lo ven con recelo y echan a volar asustados.
ningún pico de cuervo lo toca, pero sí a todos los cadáveres de alrededor.
¡mirad qué roja está su boca! sonríe como un hombre
que arrullado en un sueño de espantoso amor está.
ven aquí, María, mira al hombre por quien traicionaste tú
tu alto linaje, tu patria, ése es, ése es tu hombre.
oh, besa pues la boca sangrienta, bien supo mentir,
hizo correr muchas lágrimas mientras estuvo vivo,
hace correr más lágrimas ahora que ya no vive[28].
Los Ukosken o valacos de Carniola echan un poco de tierra sobre el cuerpo muerto y una piedra bastante pesada sobre la cabeza para que el difunto no vuelva ni ande por la casa[29]. En Moldavia el pueblo sostiene que tales hombres que murieron bajo excomunión pública o secreta serían mantenidos, por así decirlo, con vida por el mal espíritu drakul, que se los oye masticar perceptiblemente en la tumba, que permanecen incorruptos y que su alma no puede separarse del cuerpo antes de que la excomunión sea levantada formalmente por el eclesiástico. Esta creencia está enlazada íntimamente con la otra, según la cual los cadáveres atraen y roen lo que pueden alcanzar de su cuerpo. No se corrompen, sino que se levantan por la noche de las tumbas y causan [270] sufrimiento a los difuntos con quienes estuvieron en trato en vida, se les adhieren, les quitan la vida chupando la sangre del corazón y conservan así la suya propia. Sus víctimas se transforman igualmente en vampiros. Si sólo se mueve en lo más mínimo la cubierta de tierra sobre la tumba de un difunto sospechoso de ser vampiro, la sospecha se ha convertido ya en certeza y no queda otro medio para la salvación de las almas que desenterrar el cadáver y liberarlo de la excomunión por sentencia de los eclesiásticos. Esto no lo exige sólo el sacerdocio del lugar a los familiares del difunto, sino que también todos los habitantes del lugar insisten expresamente en ello para asegurar su salvación temporal y eterna. El cadáver desenterrado, si está incorrupto, es colocado junto al muro del cementerio mientras el sacerdote pronuncia la fórmula de exorcismo. Si el cuerpo se desploma durante la ceremonia, es señal de que la excomunión que pesa sobre él es de especie grave y sólo puede ser levantada por el alto clero. Los familiares comienzan entonces, por causa de la maldición que yace sobre el desdichado, a gemir y lamentarse miserablemente, y no quedan consolados hasta que un alto eclesiástico ha quitado la maldición[30].
Entre los valacos del Banato tal vampiro se llama murony. Él es el vástago ilegítimo de dos ilegítimamente engendrados, o también el espíritu desgraciado de uno muerto por el vampiro. Durante el día yace en la tumba, pero por la noche anda volando según su gusto y chupa la sangre a los vivos. Es inmortal y sólo puede ser destruido desenterrando su cadáver, que se reconoce por su posición invertida, con el rostro hacia abajo, y por su aspecto hinchado, y clavándole un clavo a través de la frente o una estaca de madera a través del corazón, o también quemándolo. Como además el pueblo es de la opinión de que el vampiro puede transformarse en [271] múltiples figuras, por ejemplo perro, gato, sapo, rana, piojo, pulga, y como no se considera la señal de la mordedura del vampiro en el cuello como una marca imprescindible, el miedo es tanto mayor en caso de una muerte repentina. Por eso, junto al cadáver de un valaco, cualquiera que sea su edad y sexo, se llama siempre a una comadrona experta, que debe tomar precauciones para que no vuelva como murony. Al cadáver, por ejemplo, se le clava un largo clavo a través del cráneo, se le unge con grasa de un cerdo sacrificado el día antes de Navidad, en la fiesta de san Ignacio, y se le pone junto a sí una vara espinosa de rosas silvestres, en la que ha de enredarse si quisiera intentar salir de la tumba[31].
Un hajduco, Arnold Paole, en la aldea serbia de Medwedia, se rompió el cuello hacia 1727. Había dejado saber muchas veces en su vida que, cerca de Cassova, había sido mordido por un vampiro y que por eso había comido tierra de la tumba del vampiro y se había untado con la sangre del monstruo para librarse del tormento padecido. Veinte a treinta días después de su muerte, Paole mató a 4 personas. El hadnack de la aldea lo hizo desenterrar. Estaba incorrupto, de ojos, nariz, boca y oídos le corría sangre fresca, las uñas de manos y pies habían crecido de nuevo. Se le clavó una estaca en el corazón, con lo cual lanzó un gemido claramente perceptible y sangró abundantemente. Se quemó el cuerpo hasta hacerlo ceniza y se echó ésta a la tumba. Paole había mordido también al ganado y por el consumo de su carne varias personas se convirtieron en vampiros. También éstos fueron exhumados de nuevo, trece en número. Una mujer de veinte años llamada [272] Stanacka, a la que un vampiro había estrangulado en el cuello, tras lo cual sintió algunos dolores en el pecho y murió en 3 días, tenía en la oreja derecha una mancha llena de sangre. Otra se había convertido, junto con su hijo, en vampiro, porque se había untado con la sangre de uno de los exhumados. Tres cirujanos-barberos informaron sobre esto y dos oficiales confirmaron el estado de los cadáveres[32], que el entonces gobernador de Belgrado, el príncipe (más tarde duque) Carl Alexander de Würtemberg, dio a conocer al mundo erudito en Alemania. El asunto llegó incluso ante la academia prusiana, que emitió sobre ello un dictamen el 11 de marzo, y surgió una literatura bastante amplia sobre este caso, acerca de la cual puede hallarse información detallada en el libro del diácono Ranft de Nebra[33].
Entre los neogriegos, muy mezclados con elementos eslavos, tiene lugar sobre todo la mezcla de la creencia en el vampiro con las leyendas de hombres lobo. En sus rasgos principales la superstición toma la siguiente forma. Aquellos que mueren en excomunión son poseídos por el diablo, el cual, por medio de sus cuerpos muertos, causa muchísimo daño a los vivos. Estos cuerpos animados por el diablo se llaman buthrolakken, burkolakken, burkulakken, bulcolakken, βουρκόλακες, καταχανάδες o τυμπανταῖοι. Por la noche corren por las calles, golpean las puertas, llaman a la gente por sus nombres. Quien les responde muere al instante. Las muertes generales y el hambre se atribuyen a estos espectros. Si un neogriego recorre el piadoso camino hacia la iglesia, le salen al encuentro [273] con intención dañina estos monstruos. Para asegurarse contra ellos se desentierran los cadáveres, se atiza un gran fuego y se realiza un sacrificio de difuntos, al final del cual se levanta la excomunión e inmediatamente se queman los cuerpos desdichados[34]. A ciertas personas les corresponde la fuerza de poder ver todos los espíritus invisibles. Estas gentes se llaman ἀλαφόστρατοι; en el importante negocio de conjurar al vampiro el sacerdote debe ir acompañado siempre por uno de esos alaphostratos, para que éste pueda indicar al sacerdote el momento en que el καταχανάς se encuentra en su tumba y el sacerdote pueda apaciguar al espíritu en parte por sus oraciones, en parte por el Σαλαμονική βοῦλα (sello de Salomón)[35].
Es un error heredado colocar principalmente en Hungría la sede de la creencia en el vampiro. Las rigurosas investigaciones de Arnold von Ipolyi han demostrado, sin embargo, que los magiares no la conocen en absoluto originariamente, que entre ellos el chupasangre aparece sólo muy raramente y entonces es designado con nombres tomados en préstamo o traducidos[36]. Sin embargo, encuentro en la propia mitología húngara puntos de contacto con la leyenda del vampiro. Así como el viescy casubio debe ser un hombre que vino al mundo con dientes, el hechicero húngaro Taltos vale asimismo por un niño humano nacido con dientes. Si el Taltos muere, hay que ponerle una piedra en la boca, de otro modo devoraría sol y luna[37].
También en Alemania (probablemente en antigua región eslava) reina una creencia semejante. Chr. Männling [38], pastor [274] en Stargard, dice: si un niño trae dientes al mundo (como M. Curius Dentatus, Cn. Papyrius Carbo, el actual rey de Francia Ludovicus XIV, y como me ha ocurrido a mí mismo junto con 2 niños) y un niño así dentado muere poco después, entonces debe venir la peste.
En Alemania son sobre todo regiones de antigua población eslava donde aparece la creencia en el vampiro; sin embargo también en comarcas de linaje puramente germánico se muestran huellas o testimonios seguros. En una ciudad silesia se suicidó en el año 1591 un zapatero. La familia alegó que había muerto de apoplejía y le procuró un entierro honroso. Pero a las 6 semanas el espíritu del zapatero se apareció a los habitantes de la ciudad tanto de día como de noche, se echaba sobre las camas y oprimía a los dormidos, de tal modo que llevaban de ello señales azules. Como el espanto continuaba, en 1592 se desenterró el cadáver y se lo encontró todavía incorrupto. Se le cortó la cabeza y los demás miembros y se los enterró en el lugar de deshonra, pero el tronco se quemó[39]. Martín Lutero informa[40]: un párroco escribió a Georg Rörer a Wittenberg cómo en una aldea había muerto una mujer y, una vez enterrada, se devoraba a sí misma en la tumba. Por ello habrían muerto casi todos los hombres de esa misma aldea. Probablemente de la región de Chemnitz procede la noticia de la Rockenphilosophie: si un cadáver aparece rojo en el rostro, entonces alguien de su parentela morirá tras él[41]. Con esto concuerda el dato myth. CI, 728: si el cadáver suspira una vez más, permanece blando, mete en la boca cintas, puntas y pañuelos cercanos, o vuelve a abrir los ojos una vez más, pronto le sigue uno de la parentela. — En Alsfeld se oía en 1730 un chasquear desde las tumbas. Los campesinos [275] querían desenterrar los cadáveres y, según la costumbre, clavarles una estaca por el corazón. La autoridad lo impidió[42].
En Hesse hizo una vez la peste estragos muy graves y duraderos. Entonces se cayó en la idea de que “el andar comiendo alrededor” de los muertos era la causa. En la región de Schmalkalden se volvieron a abrir las tumbas y se cortó la cabeza con una pala a cadáveres que a veces aún no se habían enfriado por completo. Durante la peste de 1558 murió en Helsa una vieja doncella muy avara. En la tumba se la oía chasquear, como hace un hombre grosero, o un cerdo. Se la desenterró, y tenía muy devorado su vestido. Se le cortó el cuello con una pala. Tras ello cesaron tanto el comer como la mortandad[43].
Hacia el sur tales opiniones y costumbres supersticiosas se extienden hasta la frontera del país celta. Burchard de Worms (hacia 1000 d. C.) informa en su colección de decretales: “cum aliquis infans sine baptismo mortuus fuerit, tollunt cadaver ejus et ponunt in aliquo secreto loco et palo corpusculum ejus transfigunt, dicentes si sic non fecissent, quod infantulus surgeret et multos laedere posset. – cum aliqua femina parere debet et non potest, in ipso dolore si morte obierit, in ipso sepulcro matrem cum infante palo in terram transfigunt”[44].
Hacia el norte se dejan señalar entre los bajoalemanes algunas huellas, aunque sólo muy aisladas. En el condado westfaliano de Mark se dice: “si el cadáver permanece fluctuante, es decir elástico, pronto le seguirá uno de la casa”[45]. También en el territorio de Hannover se cree que un muerto puede “arrastrar tras de sí” a un vivo. En Einbeck una mujer moribunda dijo a su nuera, con la que había vivido constantemente en discordia: “tu hijo no te lo dejo”. La vieja murió; poco después enfermó el niño y murió también[46]. La creencia de que un [276] difunto puede pedir a Dios que un vivo lo siga pronto se encuentra con frecuencia en aquella región. Se llama a eso anbraweln, y se advierte al que habla sin respeto de un muerto: “nüm dek in acht, hei könne dek anbraweln”[47]. Harenberg[48] refiere que en Ackenhausen, cerca de Gandersheim, dos campesinos disputaban por una arboleda. Cuando uno murió, el otro temió que por venganza sería arrastrado tras él; por eso se dirigió a tiempo al cadáver del difunto y le clavó por la lengua, dentro de la boca, un palo alargado y redondo. Cuando un niño, que casualmente había visto el suceso, dio noticia de ello, él se remitió a la costumbre general de los aldeanos.
El duque Abel de Schleswig había hecho asesinar a su hermano, el rey Erich. Poco después fue él mismo muerto y su cadáver depositado en la catedral de San Pedro. Desde entonces los eclesiásticos fueron perturbados en el servicio divino por un horrible ruido y espantosas apariciones, hasta que se hizo desenterrar el cadáver y hundirlo en un pantano del bosque de Pöler. A través del ataúd se clavó una estaca[49].
También hay ejemplos escandinavos. Asvit y Asmund son dos tiernos amigos. Asvit muere de una enfermedad y es enterrado en un túmulo junto con caballo y perro. El fiel Asmund le sigue vivo a la tumba, adonde se hace llevar comida. Pero por la noche el muerto revive y lo despedaza. Guerreros que pasan abren el túmulo funerario, encuentran que Asmund, en repetido combate nocturno, ha perdido ya la oreja izquierda. Lo tienen por un espectro y huyen espantados. Él les grita:
Quid stupetis, qui relictum me colore cernitis?
obsolescit nempe vivus omnis inter mortuos.
[277]
mala soli gravis uni manet omnis domus orbis.
miseri quos hominum subsidiis destituit fors.
mihi specus et inera nox, tenebraeque et velus antrum
oculis delicias eripuerunt, animoque,
humus horrens, tumulus putris, et immunditiarum
gravis aestus minuerunt juvenilis decus oris,
habitumque et validi roboris usum vitiarunt.
super haec omnia contra exanimen conserui vim;
grave luctae subiens pondus et immane periclum.
laceris unguibus in me redivivus ruit Asvit,
stygia vi reparans post cineres horrida bella.
quid stupetis, qui relictum me colore cernitis?
obsolescit nempe vivus omnis inter mortuos.
nescio quo stygii numinis ausu
missus ab inferis spiritus Asvit
saevis alipedem dentibus edit
infandoque canem praebuit ori;
nec contentus equi vel canis esu
mox in me rapidos transtulit ungues
discissaque gena sustulit aurem.
hinc laceri vultus horret imago
emicat inque fero vulnere sanguis.
haud impune tamen monstrifer egit,
nam ferro secui mox caput ejus.
perfodique nocens stipite corpus
quid stupetis, qui relictum me colore cernitis?
obsolescit nempe vivus omnis inter mortuos[50].
Un ejemplo aún más llamativo ha conservado Saxo en el libro segundo de su historia danesa. En lugar del ausente Odín, un malvado hechicero, “Mitothin”, actúa en Upsala con inaudita insolencia. “qui cum Othino redeunte relicta praestigiarum ope latendi gratia Phaeoniam accessisset, concursu incolarum occiditur. cujus extincti [278] quoque flagitia patuere: siquidem busto suo propinquantes, repentino mortis genere consumebat, tantasque post fata pestes edidit, ut pene tetriora mortis quam vitae monumenta dedisse videretur, perinde ac necis suae poenas a noxiis exacturus. quo malo obfusi incolae, egestum tumulo corpus capite spoliant, acuto pectus stipite transfigentes: id genti remedio fuit”[51].
Un cierto Hrappr, que se había establecido en Hrappstadir, en Islandia, era en vida muy injusto y odioso en todas partes. Cuando en avanzada edad sintió acercarse su muerte y ya no pudo abandonar su lecho, llamó a su esposa Vigdîs a su lado y dijo: “cuando yo muera, debe preparárseme la tumba en la puerta de la cocina (t elldhûsdyrum), de modo que se me entierre de pie en la puerta (ok skal mik nidr setja standana î dyrunum); así podré vigilar mejor mi hacienda”. Así sucedió. Pero si Viga-Hrappr había sido en vida injusto e impío, después de su muerte empezó propiamente el ultraje; pues apareció muchas veces y se dice que mató a la mayor parte de su familia (sva seggja menn, at hann deyddi flest hiðn fîn î aptrgöngunni). A muchos vecinos los inquietó. Por eso Hrappstadir fue abandonado y Vigdîs huyó junto a su hermano Thôrsteinn Surtr. Los vecinos se dirigieron en busca de remedio al poderoso Höskuldr. Éste se encaminó con pocas gentes a Hrappstadir, sacó el cadáver de Viga-Hrappr de la tumba y lo enterró en un lugar alejado de los caminos del ganado así como del camino real. Desde entonces no se oyó durante largo tiempo nada de las apariciones de Hrapp. Cierto Ôlafr vivía en Hjardarholt y tenía allí muchos criados y trabajadores. Distribuyó el pastoreo de tal manera que un criado guardaba los bueyes y otro las vacas. Una tarde vino el boyero y le pidió que le asignara otra tarea. Cuando Ôlafr se lo niega, declara preferir abandonar el servicio. “Entonces —dice Ôlafr— debe de haberte ocurrido algo malo; yo te acompañaré [279] cuando esta noche ates a los bueyes y, si encuentro allí una causa de tu negativa, quedarás sin castigo; pero si no encuentro motivo, te irá mal.” Ôlafr tomó una lanza dorada, regalo del rey de Noruega, y fue con el criado; la nieve cubría la tierra. Cuando llegaron al establo de los bueyes, que estaba abierto, Ôlafr ordenó al boyero que entrase; él mismo haría entrar al ganado, aquél debía atarlo. El criado entró, pero volvió enseguida fuera, pálido de espanto. A la pregunta de Ôlafr de qué sucedía, dijo: “el difunto Hrappr está en la puerta del establo y quiere atraerme hacia sí; ya he luchado con él.” (Hrappr stendr l fiôssdyrunum ok vildi sâlma til min en ek em faddr â fângbrögdum vid hann). Entonces Ôlafr va hacia la puerta y arremete con la lanza contra Hrappr. Hrappr agarra la lanza con ambas manos y la dobla, de modo que el astil se rompe. Aquél quiere arrojarse sobre él, entonces el espectro se hunde en la tierra, como había venido, y así se separaron. Ôlafr tenía el asta de la lanza y Hrappr la punta de hierro. Después ambos ataron el ganado y volvieron a casa. Al día siguiente Ôlafr fue al túmulo de Hrappr y lo desenterró. El cadáver estaba todavía incorrupto. Junto a él se halló la punta de lanza. Ôlafr hizo levantar una pira y sobre ella fue quemado Hrappr; la ceniza fue arrojada al mar y nadie volvió a padecer ya de aquel espanto[52].
Thorôlfr Bœgisôtr, en Hvamm, tenía gran disgusto porque no había obtenido su derecho en una disputa por una arboleda. Al anochecer se sentó en su alto asiento sin tomar alimento y permaneció allí toda la noche, mientras la gente de la casa se acostaba. Por la mañana se lo encontró muerto en el alto asiento. Se envió enseguida a buscar a su hijo Arnkell, que pronto se convenció de la muerte del padre. Pero toda la gente tuvo miedo a causa [280] de la inusitada manera de morir del difunto. (enn fôlk allt var ôttafullt, þvtet öllum var ôþocki â andlâti hans). Arnkell se acerca a su padre por la espalda y ruega a todos los demás hacer lo mismo antes de que se le preste la ayuda funeraria (nâbjargir)[53]; agarra el hombro del desanimado y debe reunir toda su fuerza antes de moverlo del alto asiento. Luego le cubre el rostro con un paño y procede en el entierro según la costumbre heredada. Se rompe el muro detrás de la espalda de Thorôlfr, el cadáver es llevado fuera por la abertura y enterrado bajo un túmulo en Thôrsardal. Ya al anochecer de ese mismo día se apareció el muerto Thorôlfr y molestó a los de la casa. Los bueyes que lo habían llevado a la tumba fueron cabalgados por un alp (tröllrida)[54], y todo el ganado que se acercaba al túmulo se volvía salvaje y se enfurecía hasta caer muerto (ærþiz þat ok œpti til hans). Un pastor de ovejas en Hvarum volvía a menudo a casa sin aliento porque Thorôlfr lo perseguía. En otoño un día ni el pastor ni el rebaño regresaron; a la mañana siguiente se encontró al pastor tendido sin vida cerca de la tumba. Todo su cuerpo estaba azul y todos los huesos rotos. Se le enterró junto a Thorôlfr. Una parte del rebaño fue hallada muerta; otra se había perdido en las montañas. Incluso aves que se posaban sobre el túmulo caían muertas del aire. Tan grande era el espanto (sva gerdiz mikill gângr) que ningún hombre podía permanecer en el valle donde Ôlafr estaba enterrado. A menudo los hombres oían allí por la noche fuerte estruendo como de truenos, se percibía frecuente opresión nocturna (veru menn þess varir, at opt var riþit skâlanom). Al comienzo del invierno Thorôlfr se mostró frecuentemente en su casa y buscaba particularmente a la señora de la casa (hûsfreyja), su esposa. Ésta enfermó por ello y murió; se la enterró junto a su marido en Thôrsârdal. [281] Entonces Thorôlfr comenzó a actuar en el valle de tal manera que todos los caseríos quedaron abandonados. Muchas personas murieron (svâ var mikill gângr at aptrgöngum hans, at hann deyddi sums mann); otras tuvieron que abandonar sus casas. Todos los así muertos se unían a su cortejo (en allir menn þeir er letuz voru senir t ferd med honum). En esta necesidad se acudió a Arnkell para que remediara la situación. Pero como por miedo a Thorôlfr nadie quería prestarle ayuda, toda empresa quedó suspendida hasta la primavera. Entonces Arnkell, acompañado de once compañeros, se puso en camino hacia el túmulo. Se abrió la tumba, en la que el muerto yacía horrible de ver (ok var hann nu hinn illiligsti). Dos toros fuertes lo arrastraron hasta el monte Ulfârsfell, pero allí se pararon extenuados. Se uncieron dos animales frescos, que arrastraron el cadáver hasta lo alto del monte; pero allí fueron presa de locura rabiosa, rompieron la cuerda del carro y, en carrera precipitada, se lanzaron hacia el mar. Thorôlfr fue entonces depositado en un alto túmulo cargado con pesadas piedras y dio reposo por algún tiempo, mientras vivió su hijo Arnkell. Pero cuando Arnkell hubo muerto, el espectro comenzó de nuevo a vagar, de tal manera que nadie quiso ya vivir en toda la comarca. También Bolstadr fue abandonado porque Thorôlfr allí mataba a hombres y ganado. Después de que ese lugar quedó enteramente devastado, Thorôlfr se dirigió a Ulfarfell y cometió allí grandes maldades. Así pues, no quedó otro recurso que exhumarlo una vez más. Se lo encontró todavía incorrupto y de aspecto de troll, negro como Hel y gruesamente hinchado como un buey. Cuando quisieron trasladarlo, era demasiado pesado. (var hann þar enn ôifunn ok hinn tröllligzti at fiâ; hann var blâr sem Hel ok digr sem naut ok er þeir villdu hræra hann, þâ fêngu þeir hvergi rigat hönum). Levantado con palancas fue hecho rodar cuesta abajo hasta la orilla del mar, donde se lo apiló con leña y se lo quemó; durante largo tiempo la llama no quiso prender en el cadáver. Un fuerte viento favoreció, sin embargo, después la obra destructora. Ese mismo viento se llevó [282] también la ceniza y arrastró una buena parte de ella. El resto se vertió en el mar[55].
Continuará.
Berlín.
W. MANNHARDT.
Notas
[1] Véase Hanush, slavische mythologie 290.
[2] Strzyga, strzygonia significa en polaco bruja; véase Mrongovius, Poln. D. wb. 504; strzyz, strezyk, stryzyk = reyezuelo, chochín, trochilus; sizes = reyezuelo, troglodyta, regulus. Dejo a decisión de los entendidos si el topónimo Strieß, ant. Stryza, Stricza, guarda relación con esto. El duque Sambor concede en un documento del 15 de abril de 1178 al monasterio de Oliva: libertatem construendi molendina in rivulo, qui Stricza nominatur.
[3] Las noticias arriba dadas sobre la creencia en el vieszcy de los casubios de la Prusia occidental las debo en gran parte a una anotación; lo restante está tomado del Poln. Wörterbuch de Mrongovius y del meritorio tratado de Flor. Ceynowa, de terrae Pucenais incolarum superstitione in re medica. Berolini 1851, p. 20, 21, V. 2.
[4] Tettau y Temme, Volkssagen Ostpreußens, Lithauens und Westpreußens, p. 275.
[5] Este hombre, que ahora vive en ociosa involuntaria en Schoeneck, se ocupaba principalmente en ensalmar trenzas del Vístula.
[6] Sebast. Moeleri chronic. (MS.) Leo hist. Pruss. p. 149. Tettau y Temme, ob. cit., p. 85, núm. 86.
[7] Tettau y Temme, ob. cit., p. 276.
[8] Schmaler jahrbücher f. slavische literatur. 1856. III. p. 219.
[9] Pestchronik 1710, p. 26.
[10] Acta eruditt. lat. a. 1722. mens. Jan. p. 17.
[11] Hercules Saxonicus cap. XI de plica.
[12] Véase Kuhn, märkische sagen p. 30, 30. 367. 382. E. Ziehen, skizzen aus der Altmark. morgenblatt 1854.
[13] Rollenhagen mirab. peregr. I. IV. cap. 20. nr. 5.
[14] Véase Martin Bohem. de pest. conc. 2.
[15] Moller Freyburger chronik p. 259.
[16] L. Dr. Adam Röters pestpredigten in conc. pest.
[17] Hagers böhmische chronik ad ann. 1337 según la crónica del monasterio de Opatowitz.
[18] Ibíd. ad ann. 1345. Sobre el torbellino véase mis germanische mythenforschungen p. 269, 270.
[19] Véase Petr. Balbinus miscellanea histor. regni Boehmiae III, p. 209.
[20] Martin Zeiler trauergeschichten t. I.
[21] Harsdörfer theatrum tragicum p. 406.
[22] Harsdörfer, ob. cit.
[23] Crain. Kringa, ital. Coridigo, lat. Coriticum.
[24] En una aldea silesia, Hotzeplotz, los muertos volvían a menudo junto a los suyos, comían y bebían con ellos y se mezclaban carnalmente con las mujeres. A los viajeros les corrían detrás y se les subían a la espalda. Véase Eines Weimarschen medici muthmaßl. gedanken von denen vampyren. Leipzig 1732, p. 13.
[25] Valvassor Ehre von Crayn t. III, I. XI. p. 317.
[26] Valvassor, ob. cit., 319.
[27] Valvassor, ob. cit., t. II, I. VI. cap. 10. p. 325.
[28] De Choix de poésies Illyriques recueillis dans la Dalmatie, la Bosnie, la Croatie et l’Herzegowine. Paris, F. G. Levraul. Berliner Revue 1857. X, 32. El artículo allí citado en último lugar, “der vampyrglaube”, es por lo demás muy superficial y defectuoso.
[29] Valvassor, ob. cit., t. II, I. VI. cap. IV, p. 295.
[30] Didascalia 1841, Nov. 25.
[31] A. Schott, walachische märchen p. 297, 9. Una variedad del murony se llama Pricolitsch (Pricolics, Priculics), femenino Pricolitschone. Éste es un verdadero ser humano vivo que por la noche, como perro, recorre brezales, pastizales y aldeas, mata por roce al ganado de cualquier clase y le chupa la caliente sangre del corazón, por lo cual él presenta siempre un aspecto floreciente y sano. Una cola de perro como prolongación de la espina dorsal es su señal inequívoca.
[32] Los tres cirujanos-barberos J. Flickinger, J. H. Siegel, J. F. Baumgärtner, sub. jan. 7. 1732; el teniente coronel Büttner y el alférez von Lindenfels, s. jan. 26. 1732.
[33] Véase “M. Michael Ranfts diaconi zu Nebra tractat von dem kauen und schmatzen der todten in gräbern, worin die wahre beschaffenheit derer hungarischen vampyrs und blutsauger gezeigt und alle von dieser materie bisher zum vorschein gekommene schriften recensirt werden. Leipzig 1734. zu finden in Teubners buchladen, 8. 291 pp.”
[34] Véase Leo Allatius epistola de quorundam Graecorum opinationibus en Georg Fehlau, annott. ad Christophori Angeli enchiridion de statu hodierno Graecorum; comp. Tournefort voyage en Levant. Amstelod. 1718. t. I, p. 52 y sigs. — eines weimarschen medici gutachten von denen vampyren oder sogenannten blutsaugern. Leipzig 1732. 8.
[35] Bybilakis neugriechisches leben. Berlin 1840. p. XIII. 57. 58.
[36] Ipolyi magyarische mythologie.
[37] Ipolyi zs. f. d. myth. II. b. 3.
[38] Denkwürdige curiositäten derer sowohl inn- als ausländischer [274] abergläubischer albertäten als der weiten welt allgemeinen götzens. Frankfurt und Leipzig 1713, p. 185.
[39] Joan. Franc. Pici strix seu de ludificatione daemonum. I. III. ed. Weinr. Argent. 1612 in prooem. p. 1. J. W. Wolf, d. m. p. 226.
[40] Tischreden. Leipzig, Voigt 1621 cap. IX y sigs.
[41] Myth. LXXXI, 368.
[42] Harsdörfer jämmerlicke mordgeschichten 406.
[43] Lyncker, hessische sagen p. 124.
[44] Myth. XXXIX. XL.
[45] Woeste, volksüberlieferungen der grafschaft Mark. p.
[46] Schambach y Müller, nieders. sagen 222, 236.
[47] Schambach y Müller, ob. cit., p. 364, 236, 2.
[48] Vernünftige und christliche gedanken über die vampyrs. Wolfenbüttel 1733, p. 26.
[49] Müllenhoff, schleswigholst. sag. p. 362.
[50] Saxo gram. ed. P. E. Müller V, p. 244. Las palabras repetidas tres veces quid stupetis, qui relictum me colore cernitis? obsolescit nempe vivus omnis inter mortuos son las stafar, por las que en las antiguas drapar se separaban las distintas partes del canto. Véase Olafsen om Nordens gamle digtekunst p. 149 y P. E. Müller, ob. cit.
[51] Saxo gram. ed. Klotz II.
[52] Laxdœlasage ed. Arnamagn. Havn. MDCCCXXVI. cap. XVII p. 54. 36. cap. XXIV, 98. 109.
[53] Sobre la ayuda funeraria, así como sobre las costumbres mortuorias aquí empleadas, véase Weinhold, altnord. leben p. 474 y sigs.
[54] Los espíritus de los hombres malos se convierten en trolls, es decir, en gigantes o elfos malignos. Comp. mis germ. mythenforschungen p. 190. 191.
[55] Eyrbyggjasaga ed. Thorkelin. Havn. 1787. cap. XXXII. XXXIV. LXIII. p. 170. 172 y sigs. 314. 316.
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