Wilhelm Mannhardt 
Ueber Vampyrismus (1859)

No era su intención, quizá, la de escribir un libro sobre vampiros. O no exactamente. Lo que Mannhardt buscaba, como tantos otros en el siglo XIX —ese siglo que aún no se decidía entre la fe y la anatomía, entre la fábula y la estadística— era comprender por qué ciertos relatos no se extinguen. Y por qué, incluso después de haber sido refutados, ridiculizados, expurgados por médicos y obispos, reaparecen bajo otra forma, disfrazados, traducidos a lo académico, pero aún palpitantes.

El conflicto de Ueber Vamprismus es ese: no con el vampiro en sí, que apenas se permite aparecer como figura dramática, sino con lo que el vampiro representa. Porque lo que Mannhardt percibe —y lo dice sin énfasis, sin la necesidad de los grandes discursos románticos, casi con discreción de filólogo— es que el mito no es materia de superstición, sino de permanencia. Y que allí donde la ciencia cree haber limpiado el suelo, aún quedan, como raíces bajo el adoquín, las formas antiguas del temor.

Lo interesante es que él no quiere revindicar al vampiro. No lo defiende como otros hicieron, con romanticismo o con morbo. No lo invoca con delectación ni con descreimiento burlón. Lo estudia. Lo reduce. Y sin embargo, no logra desactivarlo del todo. Es decir: lo explica, y al explicarlo, lo preserva.

Esa es, quizá, la paradoja más triste de su obra: que lo que pretendía desenmascarar, queda finalmente mejor vestido. Que el intento de clasificarlo entre las creencias primitivas de los pueblos es lo que da al vampiro, precisamente, su dimensión etnográfica, su elegancia de mito rescatado. El folclorista lo convierte, sin quererlo, en objeto legítimo del saber moderno. Y por tanto, lo autoriza a seguir existiendo.

Lo que Mannhardt no acepta —o no quiere aceptar del todo— es que los vampiros ya no necesitan justificarse. Que no requieren fe ni encarnación ni siquiera cadáver. Que basta con que el lenguaje los recuerde, con que una tesis los nombre, con que una nota al pie los mencione, para que su sombra continúe flotando por encima de las disciplinas. Y eso es, en el fondo, lo que perturba: que no haya ciencia suficiente para evitar la resurrección de lo simbólico.

O dicho con sus propias herramientas: que no hay ritual más eficaz para conservar un mito que el de escribir sobre su desaparición.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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