Wilhelm Kotarbiński
The Wounded Vampire
Hay cuadros que no representan una escena, o no del todo, sino una vacilación, una indecisión del espíritu, un momento en que no sabemos todavía si lo que contemplamos pertenece al orden del castigo, de la debilidad, del deseo o incluso de la humillación, y eso es acaso lo que sucede con The Wounded Vampire de Wilhelm Kotarbiński, donde la figura femenina —si es que femenina sigue siendo una criatura que ya ha cruzado el umbral de lo humano sin entrar todavía del todo en lo monstruoso— aparece herida no sólo en el cuerpo, sino en esa otra región menos visible y más inquietante en la que se hieren los símbolos cuando alguien los obliga a encarnarse; porque el vampiro, mientras permanece en la leyenda o en el rumor, conserva algo de invulnerable, algo de idea antigua e inagotable, pero en cuanto se lo pinta sangrando, abatido, sorprendido quizá en un instante de desfallecimiento, deja de ser únicamente amenaza y pasa a ser también testimonio, resto, criatura vencida por una ley que no comprendemos o por un cansancio que no esperábamos de él.
Tal vez lo más turbador del cuadro no sea la herida, ni siquiera la condición vampírica del personaje, sino precisamente esa mezcla de majestad decadente y desamparo que Kotarbiński parece haber comprendido tan bien: el vampiro no comparece aquí como depredador triunfante, no es el señor nocturno que desciende con la impunidad de los malditos sobre el cuello ignorante de los vivos, sino un ser caído, exhausto o vulnerado, alguien que ha conocido también la interrupción de su poder y que por eso mismo se vuelve más cercano y más temible, porque nada resulta tan inquietante como advertir que incluso aquello que imaginábamos eterno puede sangrar; y si sangra, entonces participa de nuestra suerte, entonces padece tiempo, entonces puede ser destruido, pero también puede sufrir, y en ese sufrimiento, que debería apaciguarnos, lo que nace es una forma nueva y quizá más compleja de inquietud, porque empezamos a sospechar que el monstruo no estaba tan lejos de nosotros, que su diferencia era menos segura de lo que nos convenía creer.
En muchas imágenes del siglo XIX lo vampírico se confunde con la femme fatale, con la belleza que absorbe, con la sensualidad que devora y deja exánime, pero en Kotarbiński esa tradición adquiere una gravedad distinta, menos teatral quizá, menos complacida en el escándalo del símbolo, y más interesada en esa tristeza posterior al dominio, como si el pintor hubiera querido mostrar no el instante de la fascinación sino su resaca, no el triunfo del hechizo sino el precio de haberlo ejercido; y de ese modo el vampiro herido deja de ser una simple criatura fantástica para convertirse en emblema de algo más viejo y más reconocible: de todo poder que termina por volverse contra quien lo ostenta, de toda sed que acaba dejando exhausto al que quiso saciarla, de toda forma de posesión que, en el momento de consumarse, revela también su fracaso.
Quizá por eso el cuadro permanece en la memoria con una tenacidad extraña, no tanto por lo que muestra como por lo que insinúa: que hay seres condenados a vivir de la vida ajena y que, sin embargo, no salen indemnes de esa rapiña; que hay bellezas cuyo fulgor depende de la herida que causan, pero también de la que secretamente arrastran; que toda criatura nocturna, incluso la más soberbia, lleva en sí una fisura, un punto de quiebra, una nostalgia inexplicable de aquello que ha perdido al dejar de pertenecer al mundo ordinario. Y así, lo que podría haber sido un asunto de folclore oscuro o de decoración simbolista se transforma, bajo la mirada demorada del espectador, en otra cosa más incómoda: una meditación sobre la fatiga del mal, sobre la melancolía de los seres que ya no pueden regresar, sobre la ruina íntima de quien ha hecho de la noche su reino y descubre, demasiado tarde, que también en la noche hay derrotas.
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