Wenzel Hajek
Böhmische Chronica (1596).
En la transición entre el mundo medieval y el moderno, cuando la Reforma había dividido ya los espíritus pero no las certezas, Wenzel Hajek de Libočan, historiador y humanista bohemio, compuso su Crónica de Bohemia, un intento de narrar los destinos de su tierra desde los tiempos más remotos hasta su propio presente. Lo hizo con ambición nacional, y también con un dejo de superstición heredada, porque incluso en el siglo XVI, incluso para un hombre educado, había hechos que no se desdeñaban por inverosímiles, sino que se anotaban por inevitables.
Entre las muchas entradas de su crónica —reyes que nacen y mueren, guerras que empiezan sin saberse por qué, pactos, traiciones, eclipses y plagas— aparece de vez en cuando, sin demasiado énfasis, el recuerdo de aquellos muertos que no se dejaban enterrar, que volvían, que pedían, o simplemente estaban. No eran todavía vampiros, porque la palabra aún no se había deslizado con firmeza en las lenguas europeas. Pero sí eran presencias físicas, cuerpos que se levantaban de sus tumbas, que recorrían caminos, que causaban pestilencia o miedo. Cadáveres activos, por así decirlo, cuya existencia suponía una afrenta no sólo para la fe, sino para el orden.
Hajek no parece del todo convencido, pero tampoco escéptico. Sabe que la historia se compone no sólo de lo que se puede probar, sino también de lo que se cree, o de lo que se teme. Y en ese gesto, tal vez involuntario, reconoce que el pasado no siempre es racional, ni coherente, ni limpio, y que hay algo más honesto en incluir lo dudoso que en suprimirlo por razones de método.
Su crónica, hoy muchas veces relegada a las notas a pie de página, contiene sin embargo un sedimento valioso: la persistencia de lo extraño en el discurso oficial. Porque incluso quienes aspiraban a escribir la historia de los reyes sabían que había otras historias, más oscuras, que recorrían las aldeas y los campos, y que a veces también merecían un par de renglones.
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