Vlad Țepeș, bandera de castigo: 
cómo la ultraderecha rumana convirtió a un príncipe medieval en símbolo político

En Rumanía, Vlad Țepeș no es solo una figura histórica ni únicamente la sombra literaria que acabó mezclándose con Drácula. Es, sobre todo, un símbolo disponible. Un depósito de imágenes políticas. Para la ultraderecha, y en general para los nacionalismos autoritarios, Vlad resume varias obsesiones a la vez: el líder fuerte, la justicia sin garantías, la nación amenazada, la limpieza moral y el castigo ejemplar. Ahí reside la fuerza de su apropiación: no en la precisión histórica, sino en su utilidad como mito político.

El Vlad histórico fue voivoda de Valaquia en el siglo XV, gobernó en un espacio fronterizo entre potencias rivales y adquirió fama por el uso del empalamiento como castigo y espectáculo de poder. Esa violencia no es una invención moderna, aunque su imagen también fue amplificada y deformada por panfletos hostiles de su época. Con el paso de los siglos, la figura se desdobló: por un lado, el príncipe real, brutal y estratégico; por otro, el personaje legendario que terminaría vinculado al nombre de Drácula. Ese desdoblamiento facilitó que generaciones posteriores lo reutilizaran según sus necesidades ideológicas.

Lo decisivo, políticamente, es que en Rumanía Vlad Țepeș se volvió mucho más que un gobernante medieval. Pasó a leerse como defensor de la soberanía, castigador de corruptos y protector de la comunidad nacional frente al enemigo externo. LeftEast, en un análisis sobre la nueva derecha global y el caso rumano, sostiene que Vlad ha sido durante mucho tiempo un símbolo constante en la política derechista rumana y recuerda dos hitos reveladores: la existencia de una “Liga Vlad Țepeș” en el período de entreguerras y, ya en 2016, el uso de su retrato por el Partido Rumanía Unida, que incluso promovió una “Patrulla Vlad Țepeș”. No son anécdotas pintorescas: muestran que la extrema derecha no inventa a Vlad desde cero, sino que reactiva una reserva simbólica ya sedimentada en la cultura política rumana.

La operación ideológica es bastante nítida. Vlad permite presentar la violencia como virtud cívica. Su figura transmite la idea de que una nación corrompida solo puede salvarse mediante un poder inflexible que castigue sin vacilar. En ese marco, el líder autoritario deja de parecer un problema y pasa a parecer una solución. La legalidad liberal, con sus procedimientos y límites, queda rebajada a debilidad; la dureza, en cambio, se eleva a autenticidad nacional. Por eso Vlad encaja tan bien en discursos ultraderechistas: convierte la crueldad en energía regeneradora y el miedo en pedagogía política. Esta lectura aparece de modo recurrente en el uso contemporáneo de símbolos de “mano dura” dentro del espacio radical rumano.

Hay además una segunda capa fundamental: Vlad como defensor cristiano de Europa. En muchas lecturas nacionalistas y ultranacionalistas, Vlad deja de ser solo un príncipe valaco del siglo XV y pasa a figurar como un muro adelantado de la civilización europea frente al islam y Oriente. Esa relectura, históricamente simplificada, permite conectar pasado medieval y agenda contemporánea. LeftEast subraya que una de las principales activaciones actuales de la imagen de Vlad en la política rumana es precisamente islamófoba: el príncipe aparece como antecedente heroico de la defensa de fronteras, de la sospecha ante el extranjero y del relato de una Europa asediada. En otras palabras, se transforma en un icono perfecto para la política del “nosotros contra ellos”.

Ese mecanismo no se limita a grupúsculos. La potencia del símbolo depende de que Vlad ya goza de una legitimidad mucho más amplia en la memoria pública rumana. National Geographic señala que Vlad III sigue siendo recordado en Rumanía como un héroe nacional, no solo como inspiración parcial del Drácula literario. Y ahí está la clave: la ultraderecha puede apropiárselo con facilidad porque trabaja sobre una figura que ya posee prestigio patriótico previo. No necesita rehabilitarlo desde la marginalidad; le basta con radicalizar rasgos ya aceptados: la energía punitiva, el patriotismo militante, la guerra contra el traidor y la defensa implacable del territorio.

La historia del siglo XX rumano refuerza aún más esa disponibilidad. Vlad no fue monopolio exclusivo de la extrema derecha. También el comunismo nacional de Ceaușescu lo incorporó a su propio panteón histórico. La historiografía y la propaganda del régimen reutilizaron figuras medievales para narrar una continuidad heroica de la nación rumana, y Vlad entró ahí como gobernante fuerte, disciplinador y defensor del país. Estudios recientes sobre turismo y cultura política en la Rumanía socialista muestran que el régimen combinó pragmatismo comercial y nacionalismo histórico, y que en las décadas de 1960 a 1980 convivieron la explotación turística de la marca “Drácula” con una presentación políticamente conveniente del pasado rumano. Eso importa mucho: cuando la ultraderecha contemporánea invoca a Vlad, hereda también una larga normalización estatal de su imagen como padre severo de la nación.

Por eso el caso rumano no debe leerse como una simple extravagancia balcánica ni como una excentricidad folklórica. La apropiación de Vlad Țepeș encaja en una lógica más amplia de la ultraderecha europea y global: rescatar figuras históricas capaces de condensar soberanía, masculinidad beligerante, violencia legítima y pureza nacional. Reuters ha documentado, en la Rumanía reciente, un repunte de la simbología de extrema derecha y una mayor visibilidad de narrativas fascistas y ultranacionalistas en el espacio público, en paralelo al ascenso de líderes duros y euroescépticos. En ese contexto, Vlad funciona como emblema útil porque ofrece una genealogía gloriosa a la idea de que la nación solo se salva mediante disciplina, exclusión y castigo.

También hay que entender por qué Drácula complica y a la vez favorece esta operación. Desde fuera de Rumanía, Vlad suele llegar filtrado por el vampiro: exotismo, castillo, tinieblas, colmillos. Pero dentro del marco político rumano, la figura puede “desvampirizarse” y recuperarse como soberano justiciero. O, mejor dicho, puede usarse en ambos registros a la vez: como producto cultural rentable hacia fuera y como símbolo de autoridad nacional hacia dentro. La cultura de masas trivializa; la política reendurece. Entre ambos movimientos, Vlad nunca desaparece del todo.

Lo más inquietante del fenómeno quizá no sea que la extrema derecha admire a Vlad Țepeș. Eso resulta casi previsible. Lo más inquietante es que su admiración no siempre provoca escándalo, porque se apoya en una familiaridad previa, en una banalización del héroe castigador que ya estaba instalada. Cuando una sociedad lleva mucho tiempo contando que un gobernante feroz fue grande porque impuso orden, la ultraderecha solo tiene que añadir una conclusión contemporánea: hoy también haría falta alguien así. Ahí, exactamente ahí, la memoria histórica se convierte en programa político.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.