Victor Hugo 
Han d’Islande (1823)

Uno tiende a pensar —o al menos a sospechar, como quien no está del todo seguro de nada pero tampoco ignora lo esencial— que los primeros libros de los grandes escritores, incluso los que luego renegaron de ellos o los cubrieron de polvo voluntario, encierran ya, como una enfermedad que aún no se ha declarado pero que ha empezado a propagarse, los síntomas de lo que vendrá, los fragmentos dispersos de un estilo, de una obsesión, de una mirada que todavía no ha aprendido a dominarse. Así ocurre con Han d’Islande, la primera novela de Victor Hugo, publicada en 1823, cuando apenas tenía veinte años y todavía firmaba con una mezcla de orgullo juvenil y ambición desaforada. Y sin embargo, ya en este relato furioso y errático, gótico y casi excesivo en sus pasiones y catástrofes, asoma una intuición que no desaparecerá nunca del todo en su obra: la de que el mal no es tanto una acción como una figura, un ser, una presencia, y que allí donde el lenguaje se desordena, donde las frases se vuelven hiperbólicas o monstruosas, hay algo que ya está actuando desde fuera, como si lo escrito no proviniera del escritor, sino de algo que lo atraviesa.

Han, el protagonista —o más bien el espectro que sobrevuela toda la novela—, no es un personaje en sentido estricto, sino una especie de descomposición de lo humano: asesino, extranjero, abominable, habitante de grutas y ruinas, devorador de cadáveres y símbolo de una otredad que ya no puede ser domesticada. Pero al mismo tiempo, y quizá por eso mismo, es también una metáfora de lo que la literatura teme y necesita: aquello que no encaja, que no se redime, que no puede ser explicado del todo. Hugo lo envuelve en bruma noruega, en leyendas nórdicas, en atmósferas tan frías que parecen más propias de un delirio que de una geografía real, y lo hace aparecer y desaparecer como si la novela no supiera bien qué hacer con él, como si lo hubiera invocado demasiado pronto y ya no pudiera controlarlo. No sería la última vez que le ocurriría algo semejante.

Y acaso por eso Han d’Islande interesa todavía, no por su trama —confusa, melodramática, llena de persecuciones, promesas incumplidas y castigos inevitables—, sino por esa sombra que proyecta. Porque Han, el islandés, no es tanto un personaje como un eco: el eco de una violencia que no tiene explicación, de una extranjería radical que ni siquiera el autor comprende del todo, y que por eso mismo se le impone, como una criatura que entra en la frase y la muerde desde dentro. Como si Hugo intuyera ya, a los veinte años, que la literatura está hecha precisamente de eso: de lo que no se puede nombrar sin estremecimiento, de lo que no se puede matar sin que vuelva, de lo que no se comprende pero nos obliga a escribir.

Vampiros en el Arte

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