The Hunger (1983), dirigida por Tony Scott
Se puede morir de muchas formas. Se puede morir sin perder la vida. Se puede seguir respirando, seguir hablando, seguir mirando incluso, y sin embargo haber perdido todo lo que hacía que uno fuera alguien, que uno fuera uno mismo. Hay películas que entienden eso no como un giro narrativo, sino como una verdad irremediable, y The Hunger es una de ellas. No se trata aquí de la muerte clásica, esa que irrumpe con violencia y pone fin a lo vivido, sino de otra más lenta, más cruel, más difícil de nombrar: la de convertirse en resto, en lo que queda después de que el deseo se ha agotado.
Miriam Blaylock —el nombre es lo de menos, aunque es el que le han dado— no ama a sus amantes: los conserva. Y esa es tal vez la forma más perversa de amor, la que no permite la muerte ni permite el olvido. Cada uno de ellos, una vez que ha sido deseado, permanece. No como memoria, no como eco, sino como cuerpo que ya no sirve, que no vive pero tampoco muere del todo. En la casa de Miriam hay ataúdes verticales donde se encierran esas vidas que no pueden volver a ser llamadas tales, pero que aún respiran. La sangre les ha sido negada, y sin embargo no se han descompuesto. Es como si lo que los mantuviera fuera otra cosa: la nostalgia del amor que los hizo especiales. Que los eligió.
Ese es el verdadero centro de la película. No el vampirismo, no el erotismo elegante, no el gótico de diseño. Lo que The Hunger pone en escena es el costo de haber sido amado por alguien que no sabe amar más que una vez, y que, cuando lo hace, lo hace como si el otro fuera eterno. Pero nadie lo es. No realmente. El otro siempre se desgasta. Siempre empieza a necesitar más de lo que se le puede dar. Siempre quiere saber si es el último, y Miriam —ella lo sabe— no puede prometer eso.
David Bowie, que encarna al último de sus amantes antes de que llegue el siguiente, no actúa tanto como se disuelve. Su personaje envejece de un modo grotesco no por efecto del tiempo, sino de la traición: ha sido abandonado por el deseo que lo sostenía. Y cuando el deseo se va, lo que queda es la decrepitud. Una que no mata, pero que tampoco permite seguir. Es el limbo más sofisticado y cruel: seguir existiendo, pero ya sin papel, sin función, sin atractivo, sin razón.
Todo en la película —las estancias blancas, la música en cámara lenta, los espejos que no devuelven nada, los silencios interrumpidos por susurros— parece decir lo mismo: esto ya ha pasado antes. Esto se ha repetido mil veces. Miriam siempre busca, siempre encuentra, siempre desea… y luego se cansa. Y cuando se cansa, no olvida: guarda. Conserva. Enfría. Conviértete en estatua, en reliquia, en ruina viva. No lo hace por crueldad, sino por algo más difícil de justificar: por no saber qué hacer con el amor una vez ha dejado de arder.
Por eso The Hunger no es una película de vampiros, en el sentido habitual. Es una película sobre la posesión, y sobre lo que queda después. Sobre esa fase del deseo en la que ya no queremos al otro, pero no soportamos perderlo. Y entonces lo congelamos. Lo almacenamos. Lo momificamos en nuestra memoria o en nuestras casas, o en nuestros teléfonos o en nuestra piel. No para volver a tocarlo, sino para saber que sigue ahí. Que no nos ha dejado del todo.
Hay quienes ven esta película como un experimento visual, como una elegía glam, como un susurro lujoso. Pero para mí es otra cosa. Es una advertencia. Un recordatorio de que el amor que promete eternidad casi nunca la concede. Y que quienes se lo creen, terminan siendo eso: figuras inmóviles, atrapadas en una casa donde todo es bello y silencioso, pero ya nadie escucha.
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