Revistas británicas 
The Gentleman’s MagazineThe London Journal (1732)

Siempre hay algo curioso en la forma en que Inglaterra observa lo que ocurre en el continente. Lo hace con distancia, con una mezcla de condescendencia y atención, como quien no se deja impresionar fácilmente pero tampoco quiere ignorar del todo lo que se dice más allá del agua. Por eso, cuando los informes sobre los vampiros de Medveđa y Kisilova cruzaron Europa y llegaron a Londres en 1732, los diarios y revistas de la época —The Gentleman’s Magazine y The London Journal, en particular— los recogieron con esa voz que finge serenidad pero que, al hablar, se nota temblorosa. Como si el inglés cultivado supiera que su deber es mantener el juicio, pero también intuyera que algo, al fondo del asunto, se resiste a ser juzgado.

No fue un estallido sensacionalista. No hubo titulares grotescos ni imágenes inflamadas. Lo que hubo fue una cobertura gradual, casi tímida, que fue incorporando los hechos con discreción, como si se tratara de una noticia cualquiera, aunque no lo fuera. Y es precisamente esa frialdad —esa economía de recursos— la que vuelve tan inquietante su tono. Porque cuando se cuenta algo extraordinario sin elevar la voz, sin exclamaciones ni lamentos, lo extraordinario se instala de otro modo: sin aspavientos, sin máscara y sin necesidad de defenderse.

Los reportajes hablaban, como en los documentos alemanes, de cadáveres que no se descomponían, de cuerpos aún tibios, de sangre que seguía fluyendo, de gritos emitidos al clavar una estaca. Lo hacían sin adornos, como quien escribe una minuta de viaje o reseña un tratado agrícola. Pero el lector atento —y los británicos lo eran, al menos los que leían estos periódicos— entendía que lo que estaba en juego no era la anécdota, sino el marco de comprensión. ¿Cómo aceptar que médicos del ejército imperial, oficiales en servicio, habían firmado informes donde se describía con naturalidad a muertos activos? ¿Cómo procesar que se habían exhumado cuerpos y que, tras hallarlos con señales de vitalidad, se había procedido a decapitarlos y quemarlos con total normalidad jurídica?

Lo notable es que The Gentleman’s Magazine, tan afecto al dato, al documento y al tono mesurado, no desmintió. Tampoco explicó. Simplemente reprodujo con distancia, citando fragmentos de actas oficiales y mencionando la intervención de cirujanos y magistrados, como si la seriedad de los cargos bastara para impedir la burla, y también para evitar la creencia. Porque lo que no se puede ridiculizar ni asumir, se deja suspendido.

The London Journal, por su parte, fue algo más irónico, como correspondía a su estilo más popular, más dado al comentario social. Hablaba del fenómeno con un tono de extrañeza pública, casi como quien recoge un rumor demasiado elaborado para ser ignorado. Y, aun así, no caía en la negación explícita. Más bien insinuaba que lo que se estaba describiendo —y no en los Balcanes profundos, sino en dominios del Imperio Habsburgo, con protocolos, con firmas— excedía los límites de lo tolerable. No por lo monstruoso, sino por lo administrativo. Porque una cosa es creer en fantasmas, y otra muy distinta es que haya actas selladas y oficiales que los respalden.

Y entonces, como ya ocurría en los textos alemanes y franceses, lo que empieza como un intento de registrar un hecho se convierte en algo más inquietante: una prueba no del vampiro en sí, sino de que hay cosas que entran en el discurso oficial sin ser creídas, y que sin embargo no se pueden evitar. Que circulan, que se difunden, que se citan, y que nadie termina de aceptar pero todos parecen admitir. Porque no se puede refutar del todo aquello que ha sido registrado con tanto detalle por tantos testigos. Y porque la razón, aunque rechace el contenido, no puede ignorar la forma.

Y así, el lector británico, acostumbrado al control, a la compostura, a la sobriedad informativa, se encontraba —sin saberlo del todo— ante el mismo abismo que los lectores alemanes o franceses. Con una diferencia: aquí el misterio no se exalta, no se dramatiza, sino que se deja hablar solo, como si la duda, para ser eficaz, no necesitara más que una columna bien compuesta y una tipografía sobria. Y eso, en cierto modo, es más perturbador.

Porque cuando incluso los periódicos más razonables empiezan a repetir —con precaución, con reservas, con incredulidad— los signos de lo inexplicable, es que la grieta ya está abierta. Y no hay editorial que la cierre. 

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