Strigoi, o lo que no termina de irse

Uno nunca sabe muy bien qué hacer con los muertos. Se los vela, se los entierra, se les llora en voz baja o se los menciona de reojo, y sin embargo no siempre se consigue que se vayan del todo. No porque no estén muertos —porque lo están, o al menos eso creemos, o fingimos creerlo—, sino porque la muerte, como tantas otras cosas que se presumen definitivas, también puede resultar incompleta. Y en Rumanía, en los márgenes supersticiosos de una Europa que todavía se mira al espejo con una mezcla de escepticismo y miedo, esa carencia de lo completo tiene un nombre que se susurra más que se pronuncia: strigoi.

El strigoi, en singular —strigoii si se dice con la musicalidad de quienes aún creen en ellos—, no es un espectro, no del todo. Tiene cuerpo, pero es un cuerpo que ha olvidado su finalidad. No es tampoco una simple alma errante, pero sí un alma que no ha hallado reposo. Es, como tantas figuras vampíricas que no aceptan serlo, una repetición imperfecta, una voluntad persistente sin justificación precisa, un regreso que no pidió ser llamado pero que ocurre igual. A veces, según dicen, basta con un entierro mal hecho, con una moneda que no fue colocada en la boca del difunto, o con un hijo que no lloró como debía, para que el muerto decida interrumpir su silencio.

Y eso es lo verdaderamente inquietante: que el strigoi no es ajeno, no es otro, no es ese monstruo extranjero que viene desde más allá del bosque con una capa o una maldición refinada, sino alguien que fue uno de nosotros. Un padre, una esposa, un hijo, una vecina. Alguien que se conocía por su risa, por sus pasos en la escalera, por el modo en que apartaba las cortinas. Y que, de pronto —porque la carne no se corrompe como debía, porque los caballos rehúsan pasar junto a su tumba, porque los sueños insisten con su nombre— empieza a parecerse menos a lo que fue, y más a una deuda que insiste. Una deuda viva.

Los sabios populares —que a menudo saben más que los expertos sin saber por qué— aseguran que hay formas de reconocer a un strigoi: la sangre fresca en la comisura de la boca, el corazón aún húmedo al ser exhumado, o una sombra que no corresponde exactamente con la del cuerpo. Pero esas señales, si acaso existen, no son pruebas definitivas, sino indicios de lo no cerrado. Porque lo que delata a un strigoi no es su aspecto, sino la inquietud que deja tras de sí, esa perturbación invisible que se instala en los que aún viven.

En la mitología rumana, se distingue entre el strigoi viu —el vampiro vivo, que aún no ha muerto pero ya no pertenece del todo al mundo de los vivos— y el strigoi mort, el que se levanta de la tumba con una conciencia turbia y persistente. En femenino, strigoaică, la palabra remite también a la bruja, a esa figura liminal que —como ocurre también en la tradición albanesa— se cuela por las rendijas de los cuartos infantiles para absorber la fuerza vital. El término strigoi, por cierto, deriva de a striga, que en rumano significa “gritar”, y a su vez está emparentado con strix, esa ave nocturna que los romanos temían por su apetito de sangre, y con la strega italiana, la bruja.

Nada de esto es gratuito. El strigoi es una figura del ruido residual, del grito que no cesa del todo, del eco que vuelve por no haber sido respondido a tiempo. No se convierte mediante mordedura, como en los manuales clásicos del vampirismo occidental. Puede ser el séptimo hijo varón de una bruja, o el fruto de un adulterio que dejó su estigma en la sangre. A simple vista no se diferencia de un humano cualquiera, y quizá por eso es aún más perturbador. Hay quienes dicen que se trata de vampiros humanos, es decir, de personas con ciertas capacidades oscuras pero todavía sujetas a las leyes naturales. Otros, en cambio, sostienen que son los más altos en la jerarquía de los no muertos. El orden supremo, si es que algo así puede siquiera imaginarse sin estremecerse.

Para mantenerlos alejados —porque destruirlos es difícil, y en el fondo quizá ni siquiera deseado del todo— hay que desperdigar semillas mezcladas con clavos. Los strigoi, se dice, no pueden evitar contarlas una a una, y si se pinchan, han de empezar de nuevo. La obsesión aritmética es su condena y nuestra salvación. La única forma verdadera de eliminar a uno de ellos es arrancarle el corazón en pleno día y clavarlo con una estaca al fondo de su tumba. Pero eso exige certeza. Y la certeza, cuando se trata de muertos, es lo que menos abunda

El conflicto, entonces, no es entre la vida y la muerte, sino entre el deseo de olvidar y la imposibilidad de hacerlo del todo. El strigoi vuelve, sí, pero no siempre para vengarse. A veces regresa porque lo hemos invocado sin querer, al recordarlo con culpa, al mirar su silla vacía con algo más que nostalgia. “They come back because we haven’t stopped speaking of them,” escribió Eliade, como si las palabras mismas pudieran desgarrar la tierra que tanto nos esforzamos por sellar.

Y en el fondo, quizá tengan razón los ancianos de esos pueblos donde aún se atan las manos de los muertos, donde se dejan candiles encendidos durante siete noches, donde los ataúdes se clavan por dentro. Porque no se teme al difunto, sino a la relación que quedó incompleta. Al hilo que no se cortó del todo. Porque como todo buen vampiro —y el strigoi lo es, aunque sin abolengo transilvano ni estética decimonónica— no fuerza la entrada: simplemente espera que le abramos la puerta con la memoria.

Y lo más inquietante de todo es que lo hacemos.

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