Striges: las que vienen sin forma fija
Entre las muchas criaturas que los antiguos temieron, las striges ocupan un lugar peculiar: no fueron diosas ni monstruos en sentido estricto, ni se les otorgó una mitología coherente, ni se les rindió culto o se les alzó altar alguno. Tampoco fueron héroes caídos, ni mártires de guerra, ni espíritus del bosque. Y sin embargo, estuvieron ahí. Persistieron. Como si no necesitaran una historia propia, bastándoles con habitar el murmullo, la inquietud o la sospecha.
Los romanos las conocían —o eso decían— y las temían. Sabían que volaban, que actuaban de noche, que buscaban a los niños recién nacidos y que bebían su sangre, o su aliento. No era del todo claro. En ocasiones se las describía como aves de gran tamaño, con picos afilados y plumas secas; en otras, como mujeres que habían perdido su forma humana; en otras más, como espíritus oscuros sin cuerpo definido. Eran, ante todo, una amenaza sin rostro fijo. Y eso basta.
En Ovidio aparecen como causantes de muertes inexplicables. En Fasti, libro VI, Ovidio menciona a las striges como criaturas que atacan a los niños:
"Fertur in expositum saevissima strix infans
sanguineam pasci saepe cruenta famem:
cruor in ore virent, tum lactea surpuit ubera:
lambit et infelix ubera dira feris."
(Fasti VI, 131–134)
Traducción:
Se cuenta que la strix, cruelísima, suele cebar su hambre sangrienta con niños expuestos: la sangre aún verdea en su boca; succiona sus pechos lechosos, y con lengua impía lame los pobres pechos de su víctima.
Aquí Ovidio las presenta como aves nocturnas demoníacas, con pechos duros y curvos -como de ave rapaz-, que se alimentan de la sangre de los niños, especialmente de los no deseados o mal protegidos. No da más detalles. Dice que son antiguas, anteriores incluso a Júpiter.
Petronio, con su ironía cruel, las menciona al pasar como si fueran parte del inventario habitual del miedo. En el Satiricón (episodio del soldado y la bruja), las menciona de forma casi cómica:
"Striges saepius videre credidi; cum tamen ad vesperum feci horrorem, mulierem quasi strigem video, quae me totum denudavit."
(Satyricon, 63)
Traducción:
Yo he creído ver striges más de una vez; y cuando ya caía la tarde, me invadió un escalofrío y vi una mujer, como una strix, que me dejó completamente desnudo.
Aquí las striges aparecen más como figuras de pesadilla o de delirio erótico que como amenazas reales. Petronio, siempre ambiguo y satírico, sugiere que son parte del miedo popular, pero también se burla de quienes creen en ellas. Aun así, no deja de nombrarlas.
Horacio sugiere que son brujas que se convierten en pájaros. En su Epodo 5, un poema oscuro y brutal, pone en escena a Canidia y Sagana, dos brujas horribles, que realizan un sacrificio ritual. Aunque no menciona directamente a las striges, el comportamiento que describe se ha interpretado como relacionado con ellas.
El conjunto del Epodo describe a las brujas como si fueran criaturas nocturnas que roban la sangre, practican nigromancia y atacan niños —una descripción que más tarde será transferida a las striges.
No se trataba de una superstición marginal. Las striges estaban integradas en el miedo cotidiano, en el temor doméstico, en la necesidad de proteger al recién nacido no sólo del frío o del hambre, sino también de aquello que venía desde lo alto, sin previo aviso. Se colgaban amuletos, se trazaban líneas con ceniza, se dejaba encendida una lámpara junto a la cuna. Se trataba de prevenir lo que no podía ser detenido.
Es posible que las striges no fueran sino una manifestación del miedo al parto, a la pérdida, a la fragilidad de los cuerpos pequeños. En tiempos sin medicina pediátrica, donde la mortalidad infantil era una certeza estadística antes que una excepción trágica, hacía falta una explicación. Y allí aparecían ellas, las que chupan, las que rasgan, las que vuelan de noche sin que nadie las vea. Nombrarlas era una forma de descargar la culpa, de esquivar el azar y de asignar causa al dolor.
Pero también hay algo más: las striges pertenecen a esa tradición oscura en la que lo femenino se convierte en amenaza por no ajustarse a la forma esperada. Mujeres que se transforman en aves, madres que devoran en lugar de nutrir, criaturas sin deseo erótico pero con hambre esencial. No buscan placer, ni poder. No seducen, no engañan, no maldicen. Sólo bajan, toman y se van.
Y quizá por eso no desaparecieron del todo. Cambiaron de nombre. Se convirtieron en brujas, en súcubos, en demonios de la noche. Más tarde, en ciertas versiones del vampiro. Persistieron no por su forma —que nunca fue del todo clara—, sino por su lógica: el ataque sin motivo, la irrupción que no puede preverse, la violencia que cae desde arriba, en silencio.
Hoy nadie habla de ellas, o casi nadie. Pero los tejados siguen crujiendo a veces, sin explicación, y hay llantos que nadie logra consolar. No sería raro que alguna todavía volara.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




