Stock y Noebling
 Dissertatio Physica de Cadaveribus sangvisugis (1732)

Existe algo profundamente inquietante en los cuerpos. No ya en su vulnerabilidad o en su decadencia, sino en su ambigüedad radical, en esa posibilidad —más frecuente de lo que solemos admitir— de que el cuerpo diga una cosa y signifique otra. De que parezca muerto sin estarlo del todo. De que se mantenga incorrupto cuando ya debería haberse entregado a la descomposición. Y cuando eso ocurre, cuando el cadáver se presenta como un cuerpo que aún conserva signos de vida —cabello que crece, ojos que brillan, piel que no palidece—, la medicina se ve obligada a intervenir. A mirar más de cerca. A explicar lo que, por definición, debería ser inexplicable.

Eso es lo que intentan hacer Stock y Noebling en su Dissertatio Physica de Cadaveribus sangvisugis, publicada también en 1732. El título, ya de por sí, delata su preocupación: no se habla aquí de “vampiros”, término vago, supersticioso, folklórico, sino de cadáveres sangrientos, de cuerpos que, aun muertos, siguen vinculados a la sangre, es decir, a la vida. No se trata de demonología ni de fantasmas, sino de anatomía, de fisiología, de observación directa. Se trata, en fin, de explicar lo que se ve, lo que se toca, lo que se abre.

El texto intenta mostrar que esos signos —la sangre no coagulada, la piel rosada, los órganos en buen estado— pueden ser explicados desde la ciencia. Que hay enfermedades que provocan una descomposición lenta. Que la temperatura, la humedad del suelo, incluso la dieta del difunto en vida, pueden alterar el proceso. Que ciertos gases acumulados pueden generar convulsiones o sonidos al mover el cuerpo, y que eso no significa resurrección, ni actividad maligna, ni regreso desde el más allá. Todo, absolutamente todo, puede explicarse. Y si no se explica aún, es porque faltan datos.

Y, sin embargo, como ya ocurría en Demelius, lo que el texto consigue no es la calma, sino otra forma más elaborada de inquietud. Porque cuanto más meticulosa es la descripción del cadáver —cuanto más se insiste en la naturalidad de lo anómalo—, más presente se hace la sospecha de que hay algo que no cuadra. De que no basta con decir que es sangre post mortem, que no basta con señalar que el tejido se conserva bien, que el corazón aún está lleno. Porque lo que asusta no es tanto el hecho aislado, sino su repetición. Y eso no lo puede resolver la medicina. Lo que repite no es lo accidental. Es lo estructural.

Stock y Noebling insisten en los mecanismos, en los procesos, en las causas. Hablan como quien diseca. Como quien cree —y necesita creer— que el cuerpo es un sistema, y que todo sistema, por complejo que sea, puede ser comprendido. Pero se les nota el esfuerzo. Se nota que la acumulación de casos les pesa, que la claridad con que redactan es una forma de defensa, no de certeza. Y que en el fondo —aunque nunca lo digan, porque no podrían hacerlo sin traicionar su formación, su siglo y su ciencia— también ellos se preguntan qué ocurre cuando el cuerpo no muere del todo. Cuando sigue allí, presente, afirmando con su estado físico lo que el acta de defunción ha negado.

Y uno se pregunta, al leer estas páginas, si lo que realmente les preocupa a Stock y Noebling no es el vampiro —que es una figura, una metáfora, una superstición, en todo caso un síntoma—, sino el cuerpo vivo del muerto. El cuerpo que no se entrega. El cuerpo que recuerda, incluso en su silencio, que la frontera entre estar y no estar es más frágil de lo que creemos. Y que incluso la ciencia, con toda su autoridad, a veces solo puede tomar nota.

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