Sabine Baring-Gould
The Book of Were-Wolves (1865).
Existen autores que parecen entrar en el terreno de lo monstruoso como quien atraviesa un jardín cerrado: con la llave prestada, con cierta reticencia, pero también con una curiosidad que no terminan de disimular. Sabine Baring-Gould, sacerdote anglicano y folclorista infatigable, escribió The Book of Were-Wolves como si quisiera cumplir con una obligación más que con un deseo —explicar al lector ilustrado esa persistente creencia campesina en los hombres que se convierten en lobos, en bestias hambrientas de carne humana—, pero lo que le salió, sin quererlo o sabiéndolo demasiado bien, fue algo más inquietante: un libro sobre la persistencia de lo impuro, de lo indomable, de lo que no se deja encerrar ni por la muerte.
Porque bajo esa apariencia de tratado sobre la licantropía, lo que Baring-Gould empieza a insinuar —y uno solo lo advierte si lee con oído agudo, casi clínico— es una teoría no formulada del no-muerto. El texto, con su orden riguroso y su tono casi eclesiástico, se interrumpe una y otra vez para dejar entrar a los revenants, a los cuerpos que deberían estar quietos bajo tierra pero no lo están, a esos muertos que regresan sin que nadie los llame, y cuya sola existencia pone en duda la estabilidad de toda frontera: entre el hombre y el animal, entre el sueño y la vigilia, entre el cuerpo y el alma.
No es que el autor crea en ellos, o no del todo. Es que no puede evitar narrarlos. Con ese estilo que finge desapego pero que en realidad delata una fascinación vergonzosa, describe casos centroeuropeos en los que los cadáveres deben ser desenterrados, quemados, decapitados o empalados porque, según los vivos, siguen comiendo. Y es ahí —en la carne que se mantiene blanda, en la sangre que no se coagula, en la mirada que no se apaga— donde el vampiro aparece, aunque Baring-Gould apenas pronuncie su nombre.
El libro, por tanto, resulta más moderno de lo que parecía. No porque anticipe al vampiro gótico de la literatura posterior, sino porque lo recoge en estado crudo, difuso, todavía adherido a la tierra y al miedo primario. En realidad, The Book of Were-Wolves no es una taxonomía de bestias, como él pretendía, sino una meditación ambigua —y por eso misma eficaz— sobre lo que el cuerpo puede seguir haciendo incluso después de haber muerto. Es un ensayo sobre la desobediencia de la carne, sobre la imposibilidad de clausurar del todo la vida.
Y eso, se llame licantropía, necrofagia o vampirismo, no deja de ser una forma de herejía fisiológica. Una que Baring-Gould documenta con cautela, pero que —como él mismo parece intuir— seguirá regresando mientras exista el miedo a que el cuerpo, alguna noche, se levante por su cuenta.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




