Robert Southey
Thalaba the Destroyer (1801)
En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso. Y sin embargo, como tantas veces ocurre en la literatura —y acaso también en la vida—, el autor termina evocando una figura que no nombra, pero que persiste: una mujer muerta que se levanta de la tumba, una presencia que seduce y devora, una aparición que solo puede ser descrita hoy, retrospectivamente, con el nombre de lo que Southey no llegó a llamar: vampira.
No es una protagonista, ni siquiera una figura constante, sino una escena, un destello dentro del poema épico que narra el viaje heroico de Thalaba, ese joven árabe marcado por el destino. Pero basta ese instante para que lo que se insinúa pese más que muchas páginas. La escena tiene lugar en una de esas estancias del camino donde el héroe, fatigado y solitario, cree hallar consuelo en una mujer hermosa, vestida de deseo, envuelta en un clima que lo mezcla todo: el calor del cuerpo, el perfume de la noche, el presentimiento de la muerte.
Y es ahí —ahí exactamente— donde ocurre lo que no se nombra: la mujer que parecía viva, que hablaba como viva, que ofrecía su cuerpo como viva, se transforma en un cadáver, en un ser de ultratumba. Southey no desarrolla la escena con la exuberancia de un Stoker o la perversión de un Polidori. No la detalla, sino que la deja temblando al borde del silencio, como si temiera que al mirarla demasiado, al pronunciar su nombre, el mito se hiciera real. Pero está ahí: la mujer que vuelve desde la muerte para abrazar, para besar, para consumir.
¿Es una vampira? No exactamente. ¿Actúa como tal? Sin duda. Seduce para destruir, ama para matar, se ofrece como descanso y se revela como condena. Es, como tantos otros seres del romanticismo oscuro, una forma del deseo llevado más allá del límite. Southey, claro, la presenta como una prueba más en el camino del héroe, como una trampa tendida por el Mal. Pero es imposible no ver en ella algo más: el eco de todos los amores que devoran, de todos los cuerpos que prometen consuelo y entregan abismo.
Y tal vez eso sea lo más interesante. Que Southey, sin proponérselo del todo, inventa una figura que ya no es del todo mito oriental ni espectro cristiano, sino algo intermedio, algo nuevo: una mujer que, más que un monstruo, es una advertencia. Una advertencia sobre los abrazos que no terminan, sobre los besos que no curan, sobre la belleza que no salva. Una advertencia —si se quiere— sobre el deseo que vuelve desde la tumba.
Lord Byron
El Giaour (1813)
En El Giaour (1813), Lord Byron no solo despliega su maestría narrativa, sino que introduce una figura central que, en su complejidad y contradicciones, anticipa las tensiones que habrán de caracterizar las representaciones literarias del vampiro en el siglo XIX.
Samuel Taylor Coleridge
Christabel (1816)
En Christabel (1816), Samuel Taylor Coleridge presenta una de las figuras más inquietantes y ambiguas del siglo XIX, cuyo eco resonaría en la literatura gótica posterior.
Uriah Derick D'Arcy
The Black Vampyre (1819)
En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso.
Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX es una exploración literaria y cultural de los orígenes del vampiro en la literatura europea, desde las primeras apariciones poéticas del siglo XVIII hasta su consolidación como figura central del imaginario gótico en el siglo XIX. El libro recorre poemas, relatos y novelas de autores como Heinrich August Ossenfelder, Goethe, Coleridge, Byron, Polidori, Nodier, Mary Shelley, Keats, Hoffmann, Poe o Gogol, mostrando cómo el vampiro pasó de ser una superstición popular a convertirse en un símbolo complejo del deseo, la muerte, la memoria y la obsesión humana.




