Retornados ingleses de los siglos XI y XII
Existen épocas en las que morir no es suficiente. Tiempos en los que la muerte no resuelve nada y, por el contrario, introduce una incómoda incertidumbre. Tal fue el caso de la Inglaterra de los siglos XI y XII, una tierra en la que el cristianismo ya había arraigado formalmente, pero donde aún persistían creencias que no se sometían del todo al dogma, y donde los muertos, lejos de descansar, a veces volvían. Volvían no para decir algo, sino para estar. Para seguir estando.
Los textos que conservamos no son leyendas populares sino relatos de clérigos, hombres formados en latín, en lógica y en doctrina, y que sin embargo, al narrar ciertos casos, se ven obligados a describir lo inverosímil sin negarlo del todo. William de Newburgh, en su Historia Rerum Anglicarum (ca. 1198), habla sin rodeos de cadáveres que abandonan sus tumbas, recorren las aldeas por la noche, aplastan a los vivos en sus camas, difunden pestilencia o miedo. No lo hace como fabulador, sino como cronista perturbado. Y se lamenta: “No hay en mi juicio hecho más cierto que estos retornos, y ninguno más incomprensible.”
Uno de los casos más célebres es el del retornado de Berwick, un hombre pecador, según se dice, que tras su muerte fue visto caminando de noche, con paso pesado y presencia densa. La gente lo escuchaba. No era un fantasma, sino un cuerpo. No un símbolo, sino una cosa que pesa. Y el miedo, como era habitual en esa época, no se calmaba con oraciones. Solo con acción. Se abrió la tumba, se cortó la cabeza, se quemó el corazón. El cuerpo, por fin, quedó quieto.
Walter Map, contemporáneo de Newburgh, también recoge varios casos. En uno de ellos, un hombre excomulgado vuelve cada noche a cabalgar por su aldea. Cuando lo entierran por segunda vez, se le colocan elementos de hierro en la boca y el pecho. El gesto es importante: no basta con ocultarlo. Hay que bloquear sus accesos, sus orificios, sus posibles salidas. Como si el cuerpo tuviera voluntad. Como si hubiera que impedirle que exhale, que diga, que grite lo que el mundo quiso silenciar.
Los estudios contemporáneos (como Nancy Caciola, Claude Lecouteux, Richard Barber) coinciden en que estas historias no deben leerse como relatos de terror sino como expresiones simbólicas de conflicto comunitario. La muerte no es solo un fin biológico, sino también una transición social. Y cuando esa transición no se completa —porque el muerto era conflictivo, o no fue bien enterrado, o murió sin confesión, o cargaba con alguna culpa no dicha—, la comunidad proyecta el miedo en forma de retorno. Es una muerte impura, y por tanto, provisional.
Estos casos ingleses, tan poco conocidos fuera del ámbito académico, se anticipan en varios siglos al vampiro literario, pero no son vampiros en el sentido moderno. No muerden cuellos. No seducen. No beben sangre, o al menos no se dice que lo hagan. Pero sí chupan la energía, contaminan el aire, causan enfermedad, lo que no deja de ser una forma primitiva de vampirismo. Como el nachzehrer alemán, que devora su mortaja y hace enfermar a sus parientes, o como los vrykolakas griegos, que aplastan a los vivos durante el sueño.
La diferencia está en el registro: mientras el vampiro centroeuropeo es una criatura del miedo popular, el inglés es una figura que incomoda incluso a los intelectuales. Que desafía la teología. Que obliga al clérigo a preguntarse cómo puede un cadáver —bautizado, cristiano, sepultado según el rito— seguir caminando.
Y quizá lo más inquietante sea eso. Que estos cuerpos no vuelven desde la alteridad, como los monstruos del folclore. Vuelven desde dentro. Desde el corazón mismo de la cristiandad. Desde las aldeas donde todos se conocen y todos rezan. Y por eso son más difíciles de aceptar. Porque no deberían volver. Porque no hay justificación que los explique.
Y entonces uno empieza a preguntarse si estos cuerpos regresan porque la comunidad los dejó partir demasiado pronto, o porque en realidad nunca les concedió una verdadera pertenencia. Y si no será que lo que regresa no es tanto el muerto, sino el conflicto que su muerte dejó pendiente.
En el fondo, como tantas veces, lo que vuelve no es el otro, sino lo que quisimos dejar atrás sin haberlo entendido del todo.
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