Raíces. El vampiro antes del vampiro
No todo lo que se designa ha tenido siempre nombre. Y no todo lo que existe, o lo que se teme —que para estos casos viene a ser lo mismo—, ha existido tal como luego se lo ha descrito. El vampiro, por ejemplo, no siempre fue el vampiro. Hubo una época —y no fue corta— en que no se llamaba así, ni se parecía a lo que ahora imaginamos cuando lo nombramos. Una época en la que aún no llevaba capa, ni habitaba castillos ruinosos, ni hablaba con acento centroeuropeo. Una época en que el vampiro, en realidad, no era uno, sino muchos. O quizá ninguno. Apenas una sospecha.
Esta sección es, por tanto, una aproximación a ese tiempo anterior al personaje. A ese territorio más vasto y difuso, donde el vampiro aún no había sido formalizado ni codificado ni literaturizado, y donde sus manifestaciones eran fragmentarias, contradictorias, incluso ridículas si se leen con suficiencia moderna, pero reveladoras si se observan con atención. El vampiro antes del vampiro es, en muchos sentidos, el miedo antes del relato. La angustia primitiva, no canalizada aún por los géneros ni los arquetipos, esa que surge cuando algo no muere del todo o no lo hace como debería, cuando la muerte no se comporta como está previsto que se comporte.
En esas culturas antiguas —la mesopotámica, la india, la egipcia, la griega, la china, por citar sólo algunas—, lo que luego llamaremos vampiro aparece disuelto, disperso en mitologías, en tradiciones orales, en fórmulas mágicas, en conjuros de parto, en tablillas de barro cocido y en amuletos contra los demonios. A veces tiene forma definida, a veces no. A veces es mujer y a veces sombra, en ocasiones es apenas una exhalación que roba el aliento de los niños o la vitalidad de los recién dormidos. Pero siempre hay un punto en común: la idea de que hay algo —o alguien— que vuelve desde el otro lado, que no se resigna a su condición de ausente y que exige sangre, presencia o vida para seguir siendo.
Y es importante entender —o al menos intentarlo— que estas figuras no eran consideradas ficciones en el sentido moderno del término. No eran personajes, pero sí riesgos. Eran explicaciones y también presencias. No se las leía con distancia: se las temía. Y en ese temor, que era a la vez físico y espiritual, doméstico y cósmico, hay una profundidad que tal vez hayamos perdido, o que quizá hemos cambiado por una versión más estética, digerible y simbólica del horror.
Aquí están Lamashtu, Ekimmu, Vetala, Lamia, Empusa, Mormo, y otras tantas criaturas cuyos nombres no sobrevivieron a las religiones que las combatieron, pero que de algún modo —nadie sabe cómo— siguen entre nosotros. En el lenguaje, en las imágenes, en los hábitos narrativos que creemos recientes pero que vienen de muy lejos.
Decir raíces no implica una cronología, ni un origen fijo. Nadie sabe cuál fue el primer vampiro. Quizá no lo hubo. Quizá el vampiro no es una criatura concreta sino una intuición: la de que lo muerto no siempre se queda donde debe, y lo vivo, a veces, no sabe cómo mantenerse a salvo.
Y es a esa intuición —que viene de noche, o viene de siglos— a la que esta sección quiere seguirle la pista.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




