R. de Moraine 
Le Vampire (1864)

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar, si es que alguna vez ilustraron uno concreto y no, más bien, una posibilidad repetida, una vieja sospecha, una superstición que necesitó tomar cuerpo visible para que quienes la compartían creyeran haberla dominado un poco al verla fuera de sí, grabada, ordenada, compuesta dentro de un marco, convertida en estampa, en escena legible, en relato fijado. Y sin embargo no hay nada fijo aquí, aunque lo parezca. Ni siquiera esos hombres que excavan, que apartan la mirada y a la vez no pueden dejar de mirar, que gesticulan con una mezcla de espanto aprendido y oficio rudo, parecen hallarse en posesión de lo que hacen. Se diría que no están abriendo una tumba, sino interrumpiendo una conversación anterior a ellos, una conversación entre la tierra y lo que la tierra no ha conseguido retener del todo.

Eso es quizá lo más inquietante de ciertas imágenes antiguas: no muestran tanto a los muertos como el embarazo de los vivos ante ellos, la torpeza del que se aproxima a lo que no entiende pero cree haber clasificado ya, y por tanto dominado, mediante una palabra, una ceremonia o una herramienta. El hombre del primer plano no mira exactamente lo que remueve; más bien parece defenderse de ello con un gesto que pertenece tanto al asco como a la incredulidad, como si en el instante mismo en que la pala o el hierro tocan algo irreductible, algo que ya no es solo hueso ni solo resto, comprendiera que el acto de desenterrar no consiste jamás en traer a la luz una cosa muerta, sino en admitir que ciertas cosas siguen ejerciendo una autoridad incluso después de haber perdido el cuerpo, o precisamente por haberlo perdido. Porque el cadáver, cuando se sospecha que no ha terminado de ser cadáver, es siempre más poderoso que el vivo que lo inspecciona.

Hay humo, hay tierra removida, hay cráneos entrevistos, hay testigos al fondo que no ayudan y sin embargo sancionan con su presencia la gravedad del acto, como sucede siempre en los viejos rituales comunitarios, donde nadie es inocente porque nadie está del todo ausente. Pero lo que de verdad asciende de la fosa no es el vapor ni el polvo, sino una vieja indecisión: la de si el muerto ha de ser dejado en paz o si, por el contrario, ha sido precisamente su negativa a permanecer en paz lo que ha convocado a estos hombres. No se cava nunca solo por curiosidad, aunque así se diga después. Se cava porque hay rumor, porque ha corrido una voz, porque alguien enfermó sin explicación suficiente, porque una vaca apareció consumida, porque un niño deliró, porque una viuda juró haber oído pasos, porque un nombre que debía quedar inmóvil volvió a pronunciarse en la cocina o en el establo o al borde del sueño. Toda exhumación comienza mucho antes de la pala: empieza en la narración.

Y tal vez por eso esta imagen, aun siendo muda, parece llena de palabras. Las que ya se han dicho y las que todavía van a decirse para justificar lo que aquí ocurre. Se hablará de prudencia, de necesidad, de signos inequívocos, de prevención contra males mayores; se invocará la costumbre, la experiencia de los ancianos, acaso también la religión o su reverso supersticioso, que no siempre son tan distintos cuando la noche se alarga y las causas visibles resultan insuficientes. Pero bajo todas esas razones habrá otra, menos confesable: la imposibilidad de soportar que algo continúe actuando después de su final. Eso es lo que ofende de veras. No la muerte, que a todo se acostumbra el hombre, sino la incorrección de una muerte que no se resigna a ser pasiva, ejemplar, clausurada.

El grabado conserva admirablemente esa mezcla de teatralidad y convicción. Los gestos son casi excesivos, como si el miedo necesitara hacerse visible para ser creíble; y, sin embargo, justamente en esa exageración hay una verdad. Nadie teme con elegancia. Nadie asiste al posible retorno de un muerto con compostura sostenida. El miedo popular, cuando es verdadero, tiene siempre algo escénico, porque el cuerpo sabe antes que la razón y reacciona con la torpeza instintiva de quien quisiera retroceder y avanzar al mismo tiempo. Los que están aquí, inclinados sobre la tierra abierta, no son héroes ni sabios ni jueces: son apenas intermediarios entre una comunidad aterrada y una materia ambigua que quizá baste con quemar, separar, clavar o bendecir para que recupere su obediencia.

Pero hay algo casi melancólico en esta violencia preventiva. Porque uno sospecha que no se castiga al muerto por lo que ha hecho, sino por lo que representa para los vivos: la persistencia de lo inconcluso, la prueba de que no basta con enterrar para terminar, de que la memoria no desaparece con la carne, de que el duelo fallido adopta a veces la forma de una persecución retrospectiva. Acusar a un cadáver de regresar puede ser, en el fondo, una manera de admitir que no hemos sabido dejarlo ir o, peor aún, que él no ha encontrado cómo irse porque algo de lo suyo —una deuda, una injuria, un miedo compartido— sigue entre nosotros. Los pueblos antiguos entendían eso mejor que nosotros, aunque lo formularan con palabras más feroces. Sabían que los muertos mal despedidos se vuelven incómodos. Nosotros preferimos pensar que todo lo pendiente se archiva, se medicaliza o se olvida, y acaso por eso inventamos otras formas más discretas del retorno.

Lo más notable en la imagen es que nadie parece verdaderamente sorprendido. Asustados, sí; perturbados, sin duda; pero no incrédulos. Han venido porque esperaban encontrar algo. Lo cual significa que el horror, antes de ser hallazgo, fue expectativa. Y esa expectativa es tal vez la sustancia misma de toda tradición vampírica o revenante: no el monstruo en sí, sino la espera de su confirmación. Durante días, semanas, quizá meses, la comunidad ha ido preparando esta escena con murmullos, sospechas, asociaciones, pequeños accidentes convertidos en signos. Cuando por fin se abre la tumba, no se busca la verdad, sino la forma visible de una convicción ya compartida. El cadáver comparece entonces no como prueba objetiva, sino como actor tardío de un drama que empezó mucho antes de su aparición.

Y, sin embargo, pese a esa maquinaria del miedo, pese a la casi grosera materialidad de las herramientas y los huesos, la escena conserva una extraña dignidad. Tal vez porque toda confrontación con los muertos, incluso la más brutal, tiene algo sagrado aunque sus protagonistas no lo sepan o no quieran reconocerlo. Remover la tierra donde alguien yace, tocar lo que fue un cuerpo, deshacer la aparente paz del enterramiento, todo eso pertenece a una liturgia negativa, pero liturgia al fin. Los hombres del grabado creen quizá estar anulando una amenaza; pero también están confesando, con sus propios gestos, que no hay frontera limpia entre los vivos y los muertos, que toda comunidad se edifica sobre una negociación incierta con sus ausentes, y que a veces esa negociación fracasa y entonces hace falta bajar a la fosa, toser entre el humo, apartar la vista, fingir valentía y hacer con hierro lo que no se supo hacer a tiempo con palabras.

Porque quizá no haya en estas imágenes una lección sobre vampiros, ni siquiera sobre supersticiones, sino sobre otra cosa más vieja y constante: la dificultad de concluir. De concluir una vida, un vínculo, un agravio, un miedo. El muerto que regresa —si regresa— no es más que el emblema extremo de todo aquello que no quedó resuelto y por eso insiste. Y los hombres que aquí lo desentierran no son solo campesinos o sepultureros o vecinos convocados por la alarma común: son, sin saberlo, representantes de una tarea interminable, la de intentar poner fin a lo que se resiste a tenerlo.

Franz von Stuck 
Die Sünde

Hay cuadros que no representan, sino que encarnan. No ilustran una idea, sino que la convierten en cuerpo, en piel, en mirada ...

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Vampyr

A veces no hay que mostrar el acto para que el acto esté. Basta un gesto, una curva, una insinuación. Basta un cuello que se ofrece, una melena que cae ...

Philip Burne-Jones 
The Vampire

Uno podría pensar —si no supiera la fecha exacta del cuadro— que esta imagen fue pintada después de toda la tradición cinematográfica del vampiro femenino ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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