Paul Lucas 
Voyage au Levant (1704)

Algunos viajes no pretenden descubrir nada y sin embargo revelan lo más antiguo. Y hay viajeros que no entienden del todo lo que han visto, pero lo han visto de igual modo.

Paul Lucas fue muchas cosas: anticuario del rey, mercader de curiosidades, explorador sin brújula teórica, cronista de sí mismo. Fue también, aunque nunca lo sospechó, uno de los primeros documentalistas del vampiro fuera de Europa central, porque en su Voyage du Sieur Paul Lucas au Levant, publicado en París en 1704, se desliza —sin gran aparato, casi como al pasar— un fragmento que después resultará crucial. Crucial no porque explique nada, sino precisamente porque no lo explica. Porque deja el misterio intacto, pero lo registra.

Lucas viajó por Egipto, por Asia Menor, por las orillas aún difusas del Imperio Otomano. Su relato, como tantos del siglo XVIII, es una mezcla de observación, fantasía colonial, zoología desordenada, botánica rudimentaria y espiritualidad confundida. Pero entre esas páginas que parecen pretender maravillar más que describir, hay pasajes donde lo que emerge no es el exotismo, sino lo inquietante. Donde el interés por lo otro se transforma en desconcierto ante lo que regresa.

En Santorini —otra vez Santorini, como en el relato de François Richard —, Lucas escucha de boca de monjes, mercaderes y campesinos, historias que suenan demasiado repetidas como para ser casuales. Cuerpos que no se corrompen. Difuntos que aparecen por la noche, exactamente iguales a cuando vivían, llamando a la puerta, sentándose junto al fuego, agotando a los suyos con su sola presencia. No hay sangre. No hay estacas. Pero hay miedo. Un miedo reconocible, nítido y físico. Y ese miedo, cuando es común, es una forma de verdad.

Lucas, como Richard antes que él, no sabe qué hacer con esos relatos. Los anota. No los refuta. No los analiza. Los deja, como si supiera que ciertas cosas no necesitan interpretación, sino apenas escritura. Que el solo hecho de haber sido dichas merece un espacio. Y ese espacio, siglos después, es una pista.

Lo notable es que su testimonio precede por dos décadas la gran oleada vampírica de Europa del Este. Que antes de Medveđa, antes de Plogojowitz, ya había islas donde los muertos no dormían, y donde el mundo cristiano se veía obligado a aceptar que ni los sacramentos ni la razón podían proteger del todo frente a ciertas persistencias.

Paul Lucas escribió sin saber que estaba participando en el nacimiento de un mito moderno. Pero sus palabras quedaron. Y los muertos, también.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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