Nosferatu
Werner Herzog
Cuando Herzog decide filmar de nuevo Nosferatu, no lo hace para homenajear el cine mudo, ni para corregir un clásico, ni siquiera para interpretarlo. Lo hace —y eso se nota desde el primer plano— como quien exhuma algo que nunca fue enterrado del todo. Su vampiro no es un personaje que vuelve, sino una figura que nunca se fue, que permaneció en el aire, en las paredes, en las imágenes que el siglo XX no ha podido disolver. Lo que Herzog hace no es traerlo de nuevo al mundo, sino reconocer que aún está entre nosotros.
Y por eso su película no es una narración ni un tributo: es un duelo, una marcha fúnebre por la modernidad herida. Todo en ella avanza con lentitud ceremonial, como si el tiempo estuviera saturado de polvo. Como si la cámara —silenciosa, hipnótica, resignada— supiera que ya no hay nada que evitar. El monstruo está ahí, no para interrumpir la historia, sino para confirmar que la historia ya no tiene redención posible.
Su Nosferatu —interpretado con una melancolía inquietante por Bruno Ganz— no es un depredador ni un seductor. Es un cuerpo cansado, una criatura enferma de sí misma, que ya no sabe si desea o si recuerda haber deseado. No hay rabia en sus gestos. Hay hambre, sí, pero no la de la sangre: la del vínculo imposible, la de la presencia que no termina de ser compañía, la del roce que no cura.
Y es ahí donde Herzog transforma el mito: no al hacerlo más moderno, sino al hacerlo más triste. Su vampiro no representa el mal, ni la muerte, ni el castigo. Representa el fracaso de toda comunión, la imposibilidad de pertenecer, la condena de seguir viviendo cuando todo alrededor ha comenzado a morir. Lo vemos recorrer ciudades vacías, tocar puertas que no se abren, mirar desde ventanas que no muestran nada. Y en ese gesto, en esa soledad sin pausa, estamos todos.
Porque Herzog, como Murnau, como Dreyer, como todos los que filmaron sombras que no se borran, sabe que el vampiro no es una figura sobrenatural, sino una forma de estar en el mundo cuando el mundo ya no acoge. Una manera de caminar sin dirección. De seguir respirando cuando el aire ya no sirve.
Y uno entiende, al ver esa película que no se impone, que no explica, que no interrumpe, que el verdadero monstruo no fue Nosferatu, sino el siglo que lo creó. Que la figura encorvada, los ojos vacíos, el gesto torpe del amor imposible no son otra cosa que la imagen más fiel de Europa frente al espejo de sus ruinas.
Herzog no volvió a filmar vampiros. No hacía falta. Ya había dicho todo lo que el mito podía decirse a sí mismo, con una voz que no gritaba, sino que lamentaba. Como quien sabe que el horror no se cura, solo se recuerda mejor.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




