Nikolái Gógol 
Viy (1835)

Algunos relatos, como ciertas personas, no admiten del todo la lógica ni la clasificación. Se mueven entre géneros como quien se desliza entre pensamientos que no ha querido tener pero que, una vez surgidos, ya no se pueden deshacer. Viy, el relato de Gógol, es precisamente uno de esos textos que no se dejan encerrar: tiene algo de cuento folclórico, algo de leyenda religiosa y, sobre todo, algo que permanece mucho después de haberlo leído, como una impresión que no se puede explicar ni borrar del todo. Algo que mira.

Porque Viy es, ante todo, una historia de mirada. De la imposibilidad de no ver. O peor: de la imposibilidad de dejar de ser visto. El joven filósofo Khoma, hombre de ciencia leve y de fe tambaleante, es convocado para velar el cadáver de una joven bruja —o lo que los otros llaman bruja, que es lo mismo—, y lo que sucede durante esas tres noches de vigilia no es tanto el combate entre lo sagrado y lo maldito como el derrumbe del pensamiento ante lo inexplicable. Cada noche, lo que Khoma cree saber sobre el mundo se debilita un poco más. Y eso es más aterrador que cualquier monstruo: la pérdida de certezas, la sospecha de que lo real no tiene ya reglas.

Se nos dice que al final aparece Viy, una criatura que no puede ver a menos que le levanten los párpados de plomo. Pero cuando ve —y eso es lo insoportable— ve de verdad. Y al ver, destruye. Porque hay miradas que no iluminan, sino que fulminan. 

Khoma, que sólo quería sobrevivir, que ni siquiera había amado a la bruja, que sólo había intentado cumplir con lo que se le pedía, muere al final de la historia no por castigo, sino por haber visto. Y ese es uno de los mayores horrores que Gógol plantea sin decirlo: que a veces basta con mirar lo que no debía mirarse, con saber lo que no debía saberse, para que todo se termine.

En Viy, el vampirismo no está en la sangre, ni siquiera en la muerte. Está en la vigilancia, en la amenaza de lo que observa y espera. El relato no es una historia de monstruos, sino de la fragilidad de la percepción humana, de la inutilidad de la razón frente a lo que escapa al lenguaje. No es el monstruo lo que nos vence, sino nuestra insistencia en creer que podemos comprenderlo todo. Y cuando descubrimos que no, que no podemos, ya es demasiado tarde.

Gógol no nos dice qué es Viy, ni de dónde viene, ni por qué su mirada mata. Y en eso se parece al miedo mismo: no necesita lógica, ni explicación. Basta con que esté. Basta con que mire. Como todo lo que no puede nombrarse y, sin embargo, nos condena por haberlo intuido.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.