Montague Summers
The Vampire: His Kith and Kin (1928)
Lo que más desconcierta de Montague Summers no es que escribiera sobre vampiros, brujas y demonios con la gravedad de un obispo del siglo XVII, sino que lo hiciera en pleno siglo XX, y con una convicción tan firme, tan inquebrantable, que cualquier intento posterior de leerlo como irónico, teatral o posmoderno resulta inútil. No fingía. No especulaba. Creía. Creía con la fuerza de quien ha encontrado en lo invisible una confirmación absoluta, y con el entusiasmo minucioso del archivero que no solo ordena documentos, sino que reza por ellos.
The Vampire: His Kith and Kin no es un ensayo académico ni una obra literaria, aunque tenga de ambos. Es un tratado, una especie de grimorio teológico-folclórico redactado con la seriedad de un sermón y la devoción de un creyente que, habiendo contemplado las ruinas del racionalismo, decide volver a las formas antiguas del terror como quien regresa al altar de la verdad. Summers no pretende desmitificar al vampiro, ni siquiera entenderlo en términos simbólicos: lo documenta para reafirmar su existencia. Lo sitúa en el centro de una red densa de testimonios históricos, creencias populares, tratados demonológicos, pasajes bíblicos y crónicas judiciales que, para él, no son pruebas circunstanciales, sino evidencia casi forense.
Lo que emerge de esa fusión de fuentes es una figura que no necesita redención cultural ni análisis antropológico: el vampiro como criatura real, encarnada, maldita, activa aún. En manos de otro autor, la abundancia de citas, de referencias marginales y de anécdotas decimonónicas habría resultado caótica o pintoresca. En Summers, es liturgia. Cada documento está ahí para confirmar no solo que los vampiros existieron, sino que siguen existiendo. Que siguen caminando entre nosotros, disfrazados de pasado, esperando que alguien —un sacerdote, un juez, un lector adecuado— los reconozca.
Y esa es, quizá, su mayor paradoja: que al pretender devolver al vampiro su estatuto ontológico, su “realidad objetiva”, lo eleva al rango más inquietante del mito: el que no se puede desacreditar sin quedar en deuda con él. The Vampire: His Kith and Kin no nos da al vampiro romántico ni al simbólico, ni siquiera al narrativo. Nos da al vampiro como amenaza literal. Y lo hace con tal insistencia, con tal convicción, que uno termina preguntándose si no será más peligroso descartarlo sin más que creer en él.
Summers no nos ofrece alivio. Nos ofrece una advertencia. Y lo que da miedo, finalmente, no es lo que cuenta, sino lo mucho que parece saber de ello.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
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Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




