Montague Summers
The Vampire in Europe (1929)
Para Montague Summers, el vampiro no era una figura literaria ni un símbolo cultural, sino una presencia real, persistente, urgente incluso. Si The Vampire: His Kith and Kin era ya un manifiesto teológico encubierto —aunque no tanto—, The Vampire in Europe actúa como su segunda epístola, más oscura, más sistemática, más centrada en los casos, en los huesos, en los cuerpos abiertos por la sospecha. Si en el primer volumen construía el marco doctrinal, aquí se consagra al repertorio histórico: archivo tras archivo, crónica tras crónica, tumba tras tumba. La Europa que recorre no es geográfica, sino forense.
Summers, que escribía con la autoridad de quien no dudaba —y ese es su rasgo más inquietante: no dudaba—, abre cada capítulo como si lo que tuviera entre manos fuera un expediente eclesiástico, un juicio pendiente, una condena pospuesta por negligencia moderna. Reúne testimonios de los Balcanes, del Imperio Austrohúngaro, de Italia, de Francia, de los pueblos más recónditos de Rumanía, donde el miedo a los retornados no se ha extinguido, sino que ha mutado, disfrazado ahora de superstición o tradición inocua. Pero Summers no lo ve así. Donde otros ven creencias primitivas, él ve pruebas mal atendidas. Donde otros ven literatura oral, él oye declaraciones juradas.
Lo que impresiona, o desconcierta, o incomoda, es la falta de distancia. El autor no se protege con el escepticismo, no se disfraza de estudioso objetivo: cree en lo que cuenta, y lo cuenta con la precisión de quien no necesita adornar lo verdadero. El resultado no es tanto un libro como un tribunal: cada página parece exigir un gesto, una corrección, una exhumación. Y aunque su prosa a veces se vuelva redundante, barroca, circular, esa misma insistencia genera una especie de hipnosis. Summers nos arrastra a su mundo no por la lógica, sino por acumulación. Como si repitiendo bastante las señales del vampiro, este acabara por presentarse.
The Vampire in Europe no amplía el mito: lo refuerza. Lo clava al suelo, como si intentara impedir que vuelva a ser banalizado por el entretenimiento, por la novela gótica, por el cine que ya entonces comenzaba a gestar su propio Nosferatu. Summers escribe como quien lucha contra la disolución de lo sagrado. Como quien quiere que el miedo sobreviva no en la imaginación, sino en la conciencia. Y por eso este segundo volumen es aún más temible: porque no da tregua, porque cree demasiado, porque nunca olvida que el vampiro —siempre según él— no es una historia, sino un hecho pendiente de resolución.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




