Louis Figuier 
Les Mystères de la science (1865)

Hay libros que no son tanto un intento de comprender como de ordenar lo que asusta, y el de Figuier pertenece exactamente a esa categoría de obras apaciguadoras —o que pretenden serlo—, escritas no para descubrir sino para disipar, para convencer al lector moderno, al burgués inquieto y al científico de salón, de que lo sobrenatural no existe o, en todo caso, que se puede explicar sin alterar el ritmo de las leyes naturales. Les Mystères de la science, como su propio título indica, quiere poner fin al misterio por medio del método, pero en el fondo lo que hace es revelarlo de otro modo: como residuo, como obstinación del pensamiento humano por lo inexplicable.

En sus páginas, Louis Figuier —enciclopedista de vocación, positivista por temperamento, y divulgador por necesidad editorial— se enfrenta a todo aquello que la razón ilustrada había querido desterrar pero que seguía colándose por las rendijas del mundo moderno: mesas que giran, muertos que regresan, fantasmas que se dejan fotografiar, voces sin garganta. El vampiro, por supuesto, no podía quedar fuera de esa nómina de terrores persistentes, y Figuier lo aborda con una mezcla curiosa de condescendencia y temor mal disimulado, como quien mira desde la distancia a un loco y, sin embargo, no se atreve a cerrar del todo la puerta con cerrojo.

No habla del vampiro como lo haría un folklorista o un demonólogo —faltaría más, él quiere ser hombre de ciencia—, pero en sus análisis sobre descomposición, exhumaciones y “falsos milagros cadavéricos”, se adivina la sombra de ese otro cuerpo que se resiste a pudrirse, que mantiene la sangre líquida en las venas, que no huele mal aunque debería, y que, en los relatos campesinos, aún se levanta por la noche con los dientes afilados. Figuier, como tantos otros racionalistas de su tiempo, no consigue desterrar del todo al vampiro: lo disfraza de anomalía fisiológica, lo reduce a fenómeno químico o a ilusión óptica, pero lo necesita tanto como los crédulos, porque sin el espectro no hay nada que explicar.

Así, lo que se presenta como un tratado tranquilizador —la ciencia vence al mito— se convierte, paradójicamente, en testimonio de su fracaso. Porque cuanto más intenta Figuier explicarlo todo, más visible se hace lo inexplicable. Y porque, como sabían los antiguos y sospechan los modernos, hay una parte de nosotros que no quiere que el vampiro desaparezca del todo: queremos que esté ahí, medio real, medio soñado, por si acaso. Y Figuier, sin proponérselo, lo confirma.

 

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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