Leyendas polinesias

Existen regiones del mundo que uno se resiste a asociar con el miedo. No porque no lo merezcan, sino porque su imagen ha sido tallada con tal insistencia desde fuera que parece blindada a toda sombra. La Polinesia, por ejemplo. Todo en ella ha sido imaginado como descanso azul y ternura solar. Y sin embargo —o quizás por eso— las leyendas más antiguas que allí perduran no hablan del mar, sino de lo que regresa sin ser llamado.

No es sangre lo que buscan estas criaturas. Pero están. Y hacen lo que hacen los vampiros: regresan, perturban, habitan el cuerpo del otro. Lo que cambia es el estilo: no hay teatralidad, no hay maldición, no hay gótico. Hay intimidad y cercanía.

En Samoa, los aitu son espíritus que no han cruzado del todo. No golpean puertas. No chillan. “They sit inside you and consume your thoughts, sometimes for years,” recoge Augustin Krämer en su The Samoa Islands (1902, vol. II), que los describe más como huéspedes que como invasores. Pero esa hospitalidad indeseada es lo más temible: los aitu no poseen a la manera de los demonios cristianos. Se quedan. Comen lo que tú sientes.

En Hawái, se los llama obake, si adoptan forma, o uhane, si son espíritu puro. No están allí para matar, ni siquiera para castigar. Algunos sólo se posan sobre el pecho del durmiente, como si respiraran desde él, como si quisieran probar qué se siente estar vivo otra vez. “Sometimes they only want your mana,” recoge Martha Beckwith en Hawaiian Mythology (1940). Y uno se despierta sin saber por qué le duele el cuerpo. Por qué no descansó.

El tupapau, en Tahití, va más lejos. Es el muerto que regresa como recuerdo mal formulado. A veces entra por el ombligo —dicen—, si uno duerme bajo la luna sin cubrirse. No hay explicación médica. Pero “if you don’t listen to your grandmother, something enters,” repiten aún las mujeres mayores, según recopila Daniel Routledge en Tahitian Ghosts (2013). No es fe. Es prevención. Es sabiduría no escrita.

El conflicto, aquí, no es con el monstruo. Es con el desequilibrio. Estas figuras no aparecen por horror, sino por falta de cierre. Alguien no lloró. Alguien no cantó. Alguien olvidó dar las gracias o entonar la canción del paso. “You must sing the dead across,” dicen los tonganos, según The Ancient History of the Maori (John White, 1887, vol. III). Y si no se canta, se queda. Se filtra.

Por eso lo que regresa en estas leyendas no da miedo como lo hace un Nosferatu. Da miedo porque fue nuestro. Porque tiene nuestro apellido. Porque camina como caminaba nuestro tío, huele como la manta de nuestra abuela, entra por la rendija con la tos del padre ausente. No viene de fuera. Viene de nosotros. No viene a dominar. Viene a completar.

Y eso, incluso en el paraíso, puede hacer temblar.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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