Leyendas africanas

No todo lo vampírico nace en castillos húmedos ni en nieblas rumanas. No todo chupa sangre desde un cuello con lentitud erótica. A veces el vampiro ni siquiera se llama vampiro. Y sin embargo lo es. Porque lo que importa no es su forma, ni su atuendo, ni su linaje literario, sino lo que hace: volver, consumirnos, habitarnos sin permiso. Y si uno se atreve a girar la mirada hacia el sur —hacia África, tan citada y desconocida—, descubre que allí también existen. Que han existido siempre.

No duermen en ataúdes. No sienten nostalgia del siglo XIX. Pero devoran. Devoran lo que pueden: aliento, fuerza, alma, tiempo. Y lo hacen desde dentro, desde la piel de los otros. Desde la noche sin gárgolas.

El ramanga, por ejemplo, en algunas regiones de Madagascar, participa de los rituales funerarios nobles comiendo la uña y bebiendo la sangre del difunto. El acto no es impuro, sino necesario. Y eso —que se beba sangre no para romper el orden, sino para conservarlo— subvierte toda nuestra lógica occidental. Lo vampírico, allí, no es enemigo del ritual: es su forma extrema.

Hay también, en África occidental, figuras como la asiman, que aparece en relatos ashanti como una bruja que se convierte en luz y atraviesa los cielos. “A fireball that enters through the keyhole and steals the breath of infants,” recoge Rosalind Shaw en Memories of the Slave Trade (2002). No muerde. Su cuerpo es fuego, su voluntad es instinto, y su presencia no deja marcas. Sólo la ausencia del niño al amanecer.

El ndoki, en el Congo, es todavía más inquietante. No tiene forma externa. No visita. No irrumpe. Entra en alguien y se queda. Como una sombra sin historia. Como una enfermedad con conciencia. Séraphin Ngoma en La sorcellerie au Congo (1991) lo explica con una frase escalofriante: “Ce n’est pas un être, c’est un regard.” No una criatura. Un mirar. ¿Cómo se combate eso?

El impundulu, por su parte, es más visible y abstracto a la vez: un ave relámpago, un pájaro de energía que bebe sangre y sirve a las brujas. No hay mito más visual. Ni más sonoro. “It flashes and disappears. Those it strikes do not wake up,” recogen varias compilaciones orales de la región xhosa. Su rostro es la tormenta. Su cuerpo, la sacudida. No posee: fulmina.

Y, sin embargo, lo verdaderamente perturbador de estas figuras no es su violencia —que la tienen— ni su extrañeza —que es nuestra, no suya—, sino su cercanía. No son monstruos que vienen del exterior. No son invasores. Son parte de la comunidad. La anciana, la comadrona, la madre doliente, el vecino insomne. No hacen falta colmillos para asustar. A veces basta con una mirada persistente, o con un niño que no despierta.

El conflicto es entonces otro. Más profundo. No es con el monstruo. Es con el miedo a que el mal venga desde dentro, desde lo cotidiano, desde lo que amamos. Y también con la incomodidad de no saber nombrarlo. De no saber si lo que nos desgasta es un ser, un símbolo o un recuerdo mal cerrado.

La modernidad ha empujado estas figuras a los márgenes, etiquetándolas como folclore, como si eso las hiciera menos dignas, menos verdaderas. Pero el terror que articulan es idéntico al de nuestros vampiros de biblioteca: que algo se alimente de nosotros mientras dormimos. Que algo nos posea sin violencia, sin método médico que lo diagnostique. Que algo se instale y no se nombre.

Y eso, se llame como se llame, es lo que hacen todos los vampiros. Independientemente del idioma, del continente y de su temperatura. Porque la sed no es patrimonio de Europa. Ni la sombra. Ni la persistencia.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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