Letitia Elizabeth Landon 
The Vampyre Bride (1833)

Existen voces que no se alzan para ser oídas, sino para no ser olvidadas. The Vampyre Bride, el largo poema de Letitia Elizabeth Landon, es una de esas voces que no grita, que no acusa, que no suplica, pero que se queda. Que no desaparece cuando se cierra el libro, ni siquiera cuando uno olvida los versos, porque su tono permanece, como permanece una promesa rota, o una despedida dicha a medias.

La voz que habla —una voz de mujer, una voz desde la tumba, o desde más allá de ella— no pide venganza. Sólo memoria. Y esa falta de ira es lo que la vuelve más inquietante. Porque no hay odio en su lamento, sino una ternura terrible. La de quien ha sido traicionado, sí, pero que aún ama. La de quien, incluso muerta, sigue queriendo. Y uno se pregunta —o al menos yo me lo pregunto— si no es esa, al final, la forma más pura del vampirismo: no la sangre, no la noche, no la inmortalidad, sino la imposibilidad de soltar.

La esposa vampira de Landon no aterroriza. Se desliza. Se insinúa. Regresa sin aspavientos. No para morder, sino para recordar. Para reclamar su sitio junto al amado. Para decir: sigo aquí, aunque me hayas enterrado. Y eso, esa insistencia de los sentimientos que sobreviven a su contexto, es lo que hiela. Porque todos hemos sentido algo que debió haber terminado. Todos hemos amado a alguien que, aun ausente, seguía ocupando una parte de nosotros. Como una tumba mal cerrada.

El poema está escrito con una cadencia dulce, casi musical. Como si la muerte hablara con un compás de cuna. Y eso lo hace más eficaz. Porque no hay estridencia. Sólo dolor resignado. Sólo la constatación de que lo eterno, cuando no es mutuo, se convierte en maldición. La vampira no se alimenta: espera. No castiga: persiste. No amenaza: simplemente está.

Y esa presencia pasiva, esa espera activa, ese estar sin ser invitada, es el castigo. No para ella, sino para él. Para el hombre que la dejó morir, que la sustituyó, que creyó que el amor podía clausurarse con una tumba. Él no es perseguido. No es atacado. Pero tampoco vuelve a estar solo. Y uno intuye que lo que lo consume no es el miedo, sino la culpa. O quizá el recuerdo. Lo cual, a veces, es más letal.

The Vampyre Bride no necesita escenas de horror. Su horror es emocional. Es el de no poder deshacerse de lo que una vez se amó. De que el pasado siga ocupando el presente, como un fantasma que no quiere irse porque sabe que aún es querido. O temido. O ambas cosas.

Y al final uno entiende que no hay vampiro más persistente que el que uno mismo crea. Ni mordida más profunda que la del remordimiento.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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