Leone Allatius
De perpetua consensione Ecclesiae Orientalis et Occidentalis (1648)
En el año 1648, Leone Allatius, erudito greco-católico de vasta formación y compleja lealtad —nacido en Quíos, educado en Roma, ortodoxo de origen y católico por vocación imperial— publicó un texto que a primera vista no tenía por qué rozar el espanto: De perpetua consensione Ecclesiae Orientalis et Occidentalis. Un tratado sobre la armonía, o más bien la posibilidad de armonía, entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente. Un intento de reconciliar dogmas, ritos y cánones. Y sin embargo, entre los pasajes de teología comparada, aparece una figura que no se esperaba: el vrykolakas, ese muerto inquieto que no termina de partir y al que los griegos insisten en enterrar una y otra vez, sin lograrlo.
Allatius no lo nombra con sorna ni con desprecio. Lo considera un fenómeno real —al menos culturalmente real—, que exige explicación. Y como buen teólogo, la busca. Pero su respuesta no se apoya ni en la medicina ni en el folclore: apela a la herejía. Según él, muchos de estos cadáveres incorruptos, activos, persistentes, son almas en pena precisamente porque han muerto fuera del seno de la Iglesia verdadera. Muertos ortodoxos sin reconciliación con Roma. Cuerpos no sometidos al dogma correcto. El horror, entonces, no sería físico, sino eclesiológico. La incorruptibilidad no como milagro, sino como síntoma del error dogmático. Una herejía visible, extendida más allá de la muerte.
Lo notable no es solo su tesis —tan sofisticada como inquietante—, sino su tono: Allatius no parece escribir como quien combate una superstición, sino como quien la traduce. Como si lo que ocurre en las aldeas griegas pudiera ser reformulado en términos teológicos sin perder su poder.
Con ello, sin quererlo del todo, introduce al vampiro en el ámbito doctrinal, lo legitima como pregunta teológica. No es aún un espectro hambriento: es un cuerpo que no se corrompe, un alma que no descansa, una señal de error espiritual.
Y quizás por eso Allatius lo incluye. Porque el vrykolakas no es simplemente un muerto que vuelve, sino una frontera viviente entre iglesias, mundos y saberes. Y como tantas veces ocurre en estos tratados, el teólogo no resuelve, pero deja constancia. Da nombre a lo que antes solo era miedo. Y con eso, lo inaugura como figura que permanece.
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