Artículos franceses 
Le Glaneur Historique (1732)

La Francia ilustrada era así. Se movía entre la fe y la burla, entre la ciencia y el ingenio, y confiaba en que ninguna superstición resistiría el método, ni ninguna anomalía sobreviviría al discurso. Por eso resulta tan curioso, y tan revelador, que en 1732 Le Glaneur Historique —revista de tono elegante y vocación ilustrada— dedicara dos artículos a los vampiros. No para confirmarlos, claro está, pero tampoco para negarlos del todo. Para pensarlos, más bien, como lo haría un escéptico que, aun sin creer, no puede dejar de mirar.

El primero de esos artículos, “Question physique”, se presenta como un intento de explicación natural de los cadáveres que, según informes llegados de los Balcanes, no se descomponían como era debido, mostraban sangre fresca en la boca, y —según los aldeanos— volvían por las noches a visitar a sus parientes con intenciones más que dudosas. El autor se esfuerza por mostrar que esos signos pueden tener origen físico, incluso fisiológico. La putrefacción retardada, dice, no es un milagro ni un presagio, sino una consecuencia de factores ambientales, de tierras húmedas, de enterramientos apresurados, quizá incluso de enfermedades que no se conocían bien. Lo que parece vida en un muerto, concluye con cortesía, no es sino un error de percepción, una confusión que el saber disipará tarde o temprano.

Y sin embargo —porque siempre hay un sin embargo en estas cosas—, lo que el artículo deja entrever es que esa misma voluntad de explicar no logra despejar del todo lo que está narrando. Es como si el autor, mientras redacta, sintiera que hay algo en lo descrito que no termina de someterse a su análisis. Como si los casos fueran demasiados, demasiado similares, demasiado tercamente repetidos como para atribuirlos solo a la ignorancia popular. Hay un respeto implícito —no confesado— hacia el relato que no se disipa, y eso se nota, paradójicamente, en el exceso de racionalidad. Quien está seguro no necesita repetir tanto que todo puede ser explicado.

El segundo artículo, “Appendice au Vampyrisme”, se aleja un poco más del hecho clínico y se adentra en el terreno de la psicología colectiva, que en aquel entonces aún no se llamaba así. El autor no discute tanto la naturaleza de los vampiros, sino la de quienes creen en ellos. ¿Qué hace que pueblos enteros, aldeas enteras, se convenzan de que los muertos regresan? ¿Por qué esa obsesión con los cadáveres que respiran, con los parientes que vuelven, con la sangre que no se queda quieta? La respuesta —no dicha, pero insinuada— parece ser que hay algo en el ser humano que necesita lo extraordinario. Que incluso en el siglo de la razón, la imaginación no abdica. Que el miedo a la muerte, o al más allá, o al otro que fuimos, sigue buscando formas para no quedarse callado.

Y de nuevo, el texto no concluye nada. Propone, sugiere e ironiza. Pero no refuta. No puede. Porque cada intento de burla tropieza con un detalle, con una cifra, con una coincidencia. Porque cada testimonio desestimado parece volver con más fuerza, como si el propio artículo se viera obligado a reconocer que, por más que se desee apagar la superstición, esta se cuela entre las líneas, como un vapor que no se deja atrapar. Y entonces el lector ilustrado —el que se reía al principio, el que asentía con cada argumento— empieza a notar que la duda se le ha infiltrado, que la risa no basta, que quizá no cree en los vampiros, pero tampoco sabe cómo negar del todo que algo extraño ocurrió, y sigue ocurriendo, cada vez que se intenta entender lo que no se deja entender.

Y uno piensa entonces que la razón, por muy elegante que sea, no siempre disipa la sombra. Que el discurso ilustrado, por preciso y fino que resulte, no puede suprimir aquello que, en el fondo, no nace del error, sino de la grieta. Porque lo inexplicable no es un malentendido, ni una ignorancia que pueda corregirse. Es una forma de presencia. Y cuanto más se la racionaliza, más se fortalece. Más se pliega sobre sí misma. Más seduce, como esos argumentos que parecen lógicos pero que, en su lógica, dejan un hueco.

Lo que estos dos artículos logran —pese a sí mismos, o quizás gracias a su propia lucidez— no es aclarar el fenómeno vampírico, sino demostrar que incluso la inteligencia más aguda tiene límites, y que más allá de esos límites no espera la superstición, sino algo más difícil de soportar: la posibilidad de que haya cosas que no se dejan desmentir del todo, no porque sean ciertas, sino porque son necesarias. Y una de esas cosas es el vampiro, esa figura que no exige ser creída, solo ser imaginada.

Y eso basta para que no desaparezca.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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