Paul Féval
Le Chevalier Ténèbre (1860)
Todo el mundo sabe —o debería saber, aunque fingimos ignorarlo— que hay promesas que no mueren con quien las hizo, ni juramentos que puedan ser anulados por algo tan banal como la muerte. Y Paul Féval, que escribió sobre ladrones nobles y vampiros más astutos que monstruosos, entendía que ciertos compromisos, ciertas ataduras invisibles, son más fuertes que la vida, e infinitamente más duraderos que la carne. Le Chevalier Ténèbre, esa novela extraña y algo olvidada de 1860, es precisamente la historia de una fidelidad podrida, de una lealtad que ha sobrevivido al cuerpo y a la razón.
Féval no presenta aquí un vampiro como esos otros —más jóvenes, más vanidosos, más conocidos—, sino una figura mucho más ambigua, como si él mismo dudara de si su chevalier es un no-muerto literal o, más sutilmente, la personificación de un juramento incumplido. No hay colmillos visibles ni sangre derramada a gritos: hay, en cambio, una corrupción lenta y una oscura caballerosidad, como si el propio concepto de honor, tras pasar por la tumba, se hubiese agriado, ennegrecido, hecho ceniza.
El caballero oscuro —el Chevalier Ténèbre— encarna no tanto el horror físico como la persistencia malsana del pasado. Viene de otra época, de otro código moral, y en su figura vemos cómo la lealtad, la promesa, la obligación, al perder su contexto, se convierten en monstruosidades. Lo que en vida era virtud, en muerte es maldición. La fidelidad deviene, por su sola duración, una amenaza: el caballero sigue siendo fiel a un señor ya polvo, a un deber ya absurdo, y en ello —y no en ninguna sed de sangre— reside su vampirismo.
Féval, que escribió vampiros burocráticos en La Ville Vampire y criminales políticos en La Vampire, se adelanta aquí a los vampiros literarios más modernos, esos que ya no necesitan morder para ser temibles, que son terroríficos por su simple persistencia. Le Chevalier Ténèbre no muere porque su misión no ha concluido. No puede morir mientras haya una deuda no saldada, una venganza por cumplir, un nombre por vengar. Y en esa terquedad, en esa incapacidad de aceptar que todo termina, está su tragedia. Y, quizá, también la nuestra.
Porque si algo enseña esta novela sombría —y con ello Féval, sin saberlo, escribió una alegoría que aún nos concierne— es que hay fidelidades que son peores que la traición. Que hay ideales que, una vez que la realidad ha muerto, deberían morir con ella, so pena de convertirnos en espectros honorables, en caballeros oscuros de causas ya sin sentido, vagando sin rumbo por castillos ruinosos de nuestra propia invención.
Así pues, uno lee Le Chevalier Ténèbre y se pregunta cuántas veces ha sido ya ese caballero, cuántas veces ha sido fiel a lo que ya no existe, cuántas veces ha seguido defendiendo ruinas mientras su propia sangre —o su equivalente moral— se enfriaba sin remedio.
Vampiros en el Arte
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Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




