Lamia: la que fue mujer antes que monstruo

A veces uno se pregunta —aunque tal vez no deba hacerlo— qué es lo que convierte a alguien, o a algo, en monstruo. Si es el aspecto, la conducta, el origen, o simplemente el hecho de no encajar con lo previsto o lo permitido. Si el monstruo nace o se hace. Y si es lo segundo —como casi siempre ocurre en las viejas historias—, en qué momento exacto se pierde el derecho a no serlo. En el caso de Lamia, hay pocas dudas: fue mujer antes que criatura, víctima antes que amenaza. La convirtieron, aunque no sepamos —y acaso nunca lo hagamos— si ella aceptó ese cambio con furia, con resignación, o si no se le dio la opción de elegir.

Su historia ha sido contada muchas veces. Demasiadas, quizá. Y como ocurre con los relatos que sobreviven al tiempo, ha mutado tanto que ya no es sencillo decir qué proviene de la mitología griega y qué fue añadido por moralistas latinos, poetas románticos o folcloristas victorianos. “She was once a beautiful queen of Libya,” escribe Robert Graves, “until she lay with Zeus and was punished by Hera with the loss of her children” (The Greek Myths). A veces Hera los mata. Otras, obliga a Lamia a hacerlo ella misma. En ambos casos, la monstruosidad empieza en el dolor y en la humillación.

Convertida en figura nocturna, híbrido y devoradora, Lamia no vuelve a ser lo que era. Ni quiere. Ni puede. Pero lo que se le negó en vida —los hijos perdidos, el amor propio, la posibilidad de olvidar—, ella lo reclama en muerte, o en lo que sea esa existencia intermedia que se le impuso. 

Dicen, además —como si hiciera falta añadir una tortura a otra—, que Hera le impidió cerrar los ojos, obligándola a ver siempre, relata Philostratus (Vida de Apolonio de Tyana). Y eso es lo que perturba más: no su apetito, no su forma cambiante, sino su vigilia. Lamia no duerme. Y quien no duerme, no olvida.

No es una vampira en sentido estricto, pero su lógica es la misma: está fuera del ciclo. Ni viva ni muerta. Devora lo que no es suyo. Acecha. Y sobre todo, perturba. Como escribió James Frazer en The Golden Bough: “Such beings are not dead; they are not alive; they are unresting”. Esa inquietud es su maldición, pero también su fuerza.

Como tantas figuras femeninas castigadas por los relatos que las describen, Lamia no fue dueña de su deseo. El dios lo despertó. La diosa lo condenó. Y los hombres —los que narraron después— lo deformaron. Pero una vez fuera del orden de lo humano, ya no volvió. Se convirtió en símbolo y advertencia. En una amenaza que respira.

No es casual que tantos estudiosos vean en ella una precursora de las vampiras literarias, no tanto por sus actos, sino por lo que representa. “Lamia is the prototype of the femme fatale, seductive and vengeful,” señala Barbara Creed en The Monstrous-Feminine. Como Carmilla, como la condesa Bathory, como la mujer fatal del siglo XX, Lamia encarna el temor masculino al deseo que no se borra. Al cuerpo que no se somete. A la mujer que fue herida y no se resigna.

Por eso Lamia no muere. Se transforma. Vuelve disfrazada. Habita cuentos infantiles, ensayos psicoanalíticos, pesadillas de otros nombres. “She still walks at night,” decía Keats en su poema homónimo, “and all her looks were full of restlessness” (Lamia). Esa frase, escrita siglos después de los mitos antiguos, sigue siendo cierta. Porque nadie desaparece del todo si su historia sigue contándose. Y Lamia —como los vampiros que vendrían después— sobrevive no en la sangre que derrama, sino en la voz que la piensa y la repite.

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