Lamashtu: la devoradora que vino antes de todos

Hay nombres que no aprendemos, sino que recordamos, o al menos esa es la sensación que provocan —y tal vez el recuerdo no sea más que una forma más convincente del descubrimiento, porque viene acompañado de una certeza que el aprendizaje nunca proporciona del todo—. Nombres que, al escucharlos o leerlos por primera vez, producen el efecto de haber estado ahí desde siempre, como si hubieran aguardado, silenciosos, en el sedimento de la lengua o en alguna hendidura del inconsciente colectivo, no tanto para revelarse como para ser reconocidos. Lamashtu es uno de esos nombres, y no sólo por su sonoridad o su grafía antigua, sino por algo más difícil de precisar: por el hecho de que parece anterior incluso al lenguaje, como si procediera de un tiempo en el que las cosas aún no eran llamadas por lo que eran, sino por lo que causaban. Y ella causaba daño. No castigo, ni justicia, ni retribución: daño puro, directo, sin explicación ni pedagogía.

No se la puede calificar con facilidad, lo cual ya es una forma de peligro. A veces aparece como demonio, otras como diosa, y en el fondo eso no importa tanto: fue temida con independencia del título que se le asignara. En una época —la Mesopotamia arcaica— en la que las categorías no eran tan nítidas como hoy nos gusta suponer, Lamashtu ocupaba un lugar que no era celestial ni infernal, sino liminar. Era una deidad por derecho, y no por delegación: su nombre estaba precedido por el determinativo de lo divino, y no obedecía órdenes superiores. Actuaba por cuenta propia. Lo cual la hace más inquietante, porque el mal voluntario, cuando es gratuito y no funcional, desborda cualquier relato que pretenda contenerlo.

Se la temía por muchas razones, y todas tenían que ver con su capacidad para interrumpir los comienzos. Interrumpía embarazos, partos, lactancias, sueños, germinaciones. Lo hacía sin aviso, sin pacto, sin redención. Se decía que tocaba siete veces el vientre de las gestantes y con eso bastaba para provocar abortos. Que raptaba a los neonatos mientras sus madres dormían, y que se alimentaba de su carne y de su sangre —porque en algunas culturas, la sangre no simboliza la vida, sino la disponibilidad de la víctima—. Se decía también que enloquecía a las madres, que las infectaba de culpa o de fiebre, y que, ocasionalmente, incluso devoraba a hombres adultos, aunque eso parece haber sido una rareza, quizá una licencia posterior para aumentar su radio de acción simbólica. Y si todo esto no bastaba, infestaba ríos y lagos, provocaba enfermedades, arruinaba cosechas, contaminaba lo fértil. A diferencia de otros entes que castigan por exceso, ella parecía hacerlo por defecto: no porque algo se hubiera hecho mal, sino porque algo estaba a punto de comenzar.

Su iconografía resulta, como casi todas las de su clase, contradictoria y móvil: cabeza de leona, cuerpo de burro, alas de ave rapaz, pechos humanos, serpientes enroscadas en las extremidades. Rugía como león y aullaba como perro. Lo cual, si uno lo piensa un instante, no hace sino acentuar su extranjería. No pertenece del todo a ningún reino —ni animal, ni humano, ni sobrenatural—, y eso la vuelve aún más eficaz. Se la ha representado cruzando el Éufrates en una barca, como si incluso el tránsito entre mundos le estuviera permitido. Es un símbolo del paso sin permiso, del acceso ilícito a lo que aún no ha sido clausurado ni inaugurado.

Y sin embargo, pese a todo, no se la combatía con plegarias celestiales, ni con exorcismos radiantes, ni con la esperanza de que un dios benévolo viniera a clausurar su amenaza. No. Contra Lamashtu sólo funcionaba Pazuzu, su perseguidor y consorte, también demoníaco, también ambiguo, pero menos errático, menos entregado a la destrucción total. Era útil, no bueno. Era necesario, no moral. De ahí que se tallaran amuletos con su imagen y se colgaran sobre las cunas o se cosieran en las ropas de las parturientas. No para ahuyentar el mal, sino para negociar con él.

Podría creerse que esa lógica es antigua, primitiva, superada, pero no estoy tan seguro. Las figuras que representan un daño sin enseñanza no desaparecen. Se transforman, adoptan otros rostros, otras excusas, se cuelan en los márgenes de nuestras narraciones y nuestras patologías. Hay quienes creen que ya no tienen cabida en una cultura médica, secularizada, controlada por cifras y protocolos. Pero tal vez lo que ha desaparecido no es la figura, sino nuestra manera de nombrarla. Quizá Lamashtu no fue expulsada, sino disuelta en arquetipos narrativos: la madre infanticida, la mujer que no quiso ser madre, la bruja, la negligente, la estéril, la perversa. Todos esos rostros llevan dentro el eco de algo más arcaico, más profundo, que no hemos querido despedir del todo.

Y no está sola, desde luego. Su estirpe simbólica es amplia y multilingüe. Lilith, que rehúsa someterse a Adán y es condenada a volar por la noche para atacar cunas y maldecir partos. Las striges romanas, mitad ave y mitad furia, que chupan la sangre de los niños. Lamia, castigada por Hera a devorar a sus propios hijos, como si la maternidad, una vez frustrada, sólo pudiera volverse contra sí misma. Todas ellas —y otras aún más difusas— representan una interrupción, no de la vida lograda, sino de la posibilidad, del brote. Atacan lo que empieza, no lo que culmina. Sabotean no el destino, sino el origen.

No es extraño, entonces, que los conjuros contra Lamashtu estén escritos en un tono que parece mezcla de súplica y amenaza, como si hablarle fuera ya un riesgo, y callarla, un error:

“Grande es la hija del Cielo que tortura a los bebés,

Su mano es una red, su abrazo es la muerte…

Toca el vientre de las parturientas.

Saca el bebé de las mujeres embarazadas.

Su cabeza es de león, su cuerpo de burro.

Ella ruge como un león, aúlla como perro demonio…”

Y en otro: “Lamash, hija de Anu, cuyo nombre ha sido pronunciado por los dioses… no te acerques a lo que pertenece al hombre.”

¿No parece, al leerlo, que todo intento de conjurarla es ya una forma de invocarla?

Porque si algo sabemos de las criaturas que interrumpen —y esto sí que lo hemos aprendido, aunque no sepamos cómo ni de dónde—, es que suelen regresar. No para redimirse ni para vengarse, sino porque nunca se fueron del todo. Su función no es destruir, sino recordar. Recordar que ningún origen es limpio, y que todo comienzo arrastra ya su sombra. Que toda vida nace con deuda, y que hay nombres que no se olvidan porque nunca dejaron de decirnos algo.

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