La Vampira como Femme Fatale

La femme fatale no nació con el vampirismo, pero lo abrazó como si hubiera estado hecha para él. O quizá fue al revés: el vampiro, en su versión femenina, encontró en el arte de los siglos XIX y XX un rostro que ya lo contenía todo —el deseo, el peligro, la belleza, la ruina— y simplemente se dejó pintar con otro nombre. Porque en el fondo, lo que llamamos femme fatale no es otra cosa que una vampira sin necesidad de colmillos: una figura que toma, que anula, que se deja contemplar mientras extrae algo esencial del que la mira.

En la pintura, en la escultura, en el grabado y más tarde en el cine, la vampira se volvió símbolo del miedo masculino a ser dominado por el deseo. Pero un miedo disfrazado de fascinación. Los artistas no se apartaban de ella: la buscaban. La dibujaban una y otra vez. Lamias, Salomés, Liliths, Judiths, mujeres desnudas con ojos ausentes, con cabellos largos como la noche, con gestos tan lentos que dolían. No gritaban. No pedían nada. Estaban ahí, y eso bastaba. Su presencia ya era una forma de poder.

Y así nació el arquetipo. La mujer que seduce no porque quiera, sino porque es inevitable. La mujer que ama, sí, pero a su manera: con una dulzura que termina por vaciar al otro. La que, como la vampira clásica, no necesita correr: la espera es su herramienta. Y el que cae, cae sabiendo. Consciente. Con los ojos abiertos.

La femme fatale no necesita tumba. No necesita ataúd ni crucifijo. Ella vive en el óleo, en el celuloide, en la página. En la mirada del que recuerda y no sabe por qué sigue recordando. Ella no muerde: absorbe. No castiga: encanta. No promete eternidad, pero la insinúa. Y con eso basta. Para convertirla, sin decirlo nunca, en la vampira más duradera de todas.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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