Kurtzes Bedencken… Vampiren
(1732)
Existen momentos en que el pensamiento se vuelve contra sí mismo, no por voluntad ni por rebeldía, sino por simple agotamiento. Momentos en que se reconoce que el esfuerzo de explicar ya no sirve para despejar la niebla, sino para confirmarla. Eso es lo que parece ocurrir en el Kurtzes Bedencken von denen Vampiren, ese breve tratado alemán publicado también en 1732, y cuyo título —una "breve reflexión sobre los vampiros"— ya da la pista de lo que pretende: no relatar, no denunciar, no fantasear, sino pensar. Pensar con método, con distancia y con lógica. Y sin embargo, pensar contra un enemigo que no se deja pensar.
El autor —anónimo, por supuesto, como tantos otros en este asunto— se acerca a los fenómenos descritos en los informes anteriores con el gesto de quien confía en que el análisis podrá devolver el mundo a su sitio. Cree, o al menos quiere creer, que todo puede ser entendido si se aplica la luz adecuada. Y por eso comienza como empiezan muchos tratados racionalistas del siglo XVIII: con un resumen de los hechos, una revisión crítica de los testimonios, y una sucesión de objeciones que buscan desactivar la amenaza. El miedo a los vampiros, se sugiere, es el fruto de la ignorancia, de la mala interpretación de ciertos síntomas post mortem, de enfermedades que no se supieron reconocer o de fantasías que se contagiaron entre campesinos. Todo puede ser explicado, dice el texto, si uno tiene la paciencia y la lucidez necesarias.
Y, sin embargo, algo en ese discurso empieza pronto a tambalearse. No por falta de rigor, sino por exceso de contradicciones. Porque cuanto más se intenta reducir el fenómeno a términos físicos —la sangre fresca como signo de coágulo tardío, el estado del cuerpo como efecto de la tierra húmeda o del aire frío—, más asoma la sospecha de que la explicación es incompleta, de que la razón, por bien que funcione, no alcanza. Se nota, incluso en las frases más afirmativas, un esfuerzo nervioso por no admitir que algo se escapa. Que las causas naturales invocadas no son suficientes. Que la duda sigue allí, intacta.
Y entonces el texto se convierte en otra cosa. Ya no es solo un ensayo crítico, sino una especie de retrato involuntario del pensamiento en crisis. La razón ilustrada, enfrentada a lo inexplicable, no logra exorcizarlo, sino que acaba describiéndolo con más detalle. Cada intento de esclarecer el misterio le da más cuerpo, más legitimidad. Lo nombra para negarlo, y al nombrarlo lo vuelve real. Se parece, en eso, a la medicina que diagnostica una dolencia que no puede curar. A la teología que identifica un mal sin poder erradicarlo. A la justicia que reconoce un crimen sin poder señalar al culpable.
Y uno se da cuenta, al leer entre líneas, de que el verdadero objeto del tratado no son los vampiros, sino la fragilidad de la mente humana cuando se enfrenta a lo que no puede comprender. Porque lo que el Kurtzes Bedencken intenta expulsar por la puerta —el miedo, la superstición, el horror— regresa por la ventana de la duda. Y esa duda ya no es la del campesino asustado, ni la del sacerdote que bendice tumbas, sino la del pensador que empieza a dudar de su capacidad para explicar. Y eso, en cierto modo, es más terrible. Porque cuando el pensamiento renuncia a pensar lo inexplicable, lo que queda es el temblor de saber que no todo es pensable.
Al final, lo que el autor nos ofrece, sin querer, no es un argumento contra los vampiros, sino un testimonio del lugar donde la razón empieza a resquebrajarse. Ese lugar donde se reconocen los límites, pero no se quiere nombrarlos. Donde se intuye que lo inexplicable no necesita afirmación, porque se sostiene en su resistencia misma. Y donde el pensamiento —que aspiraba a ordenar el mundo— se descubre condenado a convivir con lo que no puede disolver.
No es que los vampiros existan. Es que hay cosas que no se dejan eliminar con explicaciones. Y mientras eso sea así, seguirán acechando en el lenguaje, en las actas, en los tratados, como sombras que el pensamiento racional —por lúcido que sea— nunca consigue borrar del todo.
Vampiros en el Arte
Henry Fuseli
The Nightmare
Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...
William-Adolphe Bouguereau
Dante y Virgilio
El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta.
R. de Moraine
Le Vampire
Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




