John William Waterhouse 
Lamia (1905)

No hay colmillos en Lamia. No hay sangre visible. Ni siquiera hay amenaza. Hay una figura femenina sentada, casi melancólica, que no mira al espectador ni a su presa —si es que la tiene—, sino al recuerdo de algo que ha perdido, o que quizá nunca tuvo del todo. Y sin embargo, sabemos. Sabemos que es una lamia. Sabemos que devora, que transforma, que seduce. Sabemos que bajo la túnica fluida, bajo la piel suave y casi transparente, hay otra cosa. Y sin embargo seguimos mirándola.

Waterhouse no pinta a una vampira en el sentido clásico, pero sí a una de sus antecesoras más fieles: la criatura mitológica que ama y devora, que adopta forma de mujer para estar cerca del hombre y que, en esa cercanía, lo consume. No por maldad. No por crueldad. Sino por naturaleza. Por necesidad. Porque el amor, para algunas figuras como ella, no es otra cosa que una forma lenta de alimentación.

La Lamia de Waterhouse es todo lo contrario a la femme fatale agresiva: no seduce activamente, no se lanza sobre su víctima, no finge una inocencia para después revelarse en monstruo. Está simplemente ahí, con el cabello suelto, los pies descalzos, la piel pálida. Su gesto es lánguido, introspectivo, más cercano a la pena que a la lujuria. Y eso la hace aún más inquietante. Porque no hay deseo, sino duelo. No hay conquista, sino una especie de lamento. Como si supiera que lo que toca, muere. Y que, aun así, no puede dejar de tocar.

Lamia no muerde. Pero arrastra consigo la muerte. Y la arrastra con una dulzura que resulta mucho más peligrosa que cualquier estaca o crucifijo.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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