John Keats
Lamia (1820)
Galería
Colección Ordás & Osma
En 1820, John Keats publicó Lamia, un poema que no solo profundiza en las tensiones entre lo humano y lo sobrenatural, sino que también se adentra en la complejidad de los deseos humanos, aquellos deseos que, como serpientes, pueden tomar formas seductoras y peligrosas. Lamia es, ante todo, un relato sobre la transformación: no solo la de una mujer que, bajo un hechizo, se convierte en serpiente, sino la de los propios anhelos humanos, aquellos que se retuercen y se metamorfosean, a menudo sin que se reconozcan como tales hasta que ya es demasiado tarde.
La historia narra el encuentro entre un joven llamado Lycius y Lamia, una mujer de belleza sobrenatural que oculta su naturaleza como serpiente. Lamia, atrapada en su forma animal, desea ser humana y, por ello, con el uso de la magia, se transforma en una mujer cautivadora que seduce a Lycius, quien, por su parte, se enamora de ella de manera total y absoluta, sin sospechar el abismo que se oculta tras su belleza. Este amor, tan absoluto como ciego, se convierte en una alegoría de los deseos humanos, siempre propensos a transformar lo que desean en lo idealizado, despojando a la realidad de sus sombras y complejidades.
El vampirismo, aunque no se presenta de forma explícita en Lamia, está presente en las huellas de esa seducción fatal que Lamia ejerce sobre Lycius. Al igual que un vampiro, Lamia no solo se alimenta de la energía vital del joven, sino también de su ingenuidad. Keats no nos muestra a Lamia como una simple criatura malvada, sino como un ser atrapado en un ciclo de deseo y transformación que le obliga a engañar y seducir para sobrevivir. La serpiente, figura primordial de la obra, no es solo un símbolo de lo instintivo y lo animal; es, también, un símbolo de lo que se oculta bajo las superficies de las apariencias, una fuerza que puede ser tan seductora como destructiva.
Es fascinante cómo Keats emplea la figura de Lamia para explorar el engaño inherente al deseo. Lamia no es solo una mujer que engaña, sino una manifestación literaria de la ilusión misma, esa ilusión que nos ciega y nos empuja a idealizar a las personas y las situaciones, hasta que la verdad se revela de forma brutal y devastadora. Lycius, que ve en Lamia no una serpiente, sino la encarnación de la perfección, no puede evitar entregarse a ella con tal fervor que, al final, su corazón se vacía de todo lo que es humano: lo racional, lo reflexivo, lo prudente. La fatalidad de su destino, en ese sentido, parece predestinada desde el primer momento.
La magia de Lamia, su belleza hechicera, no solo engaña a Lycius, sino que también engaña a todo aquel que se cruza en su camino, llevándolos a la ilusión de un amor perfecto, un amor que no existe más que en la mente del enamorado. Keats, al igual que en otras de sus obras, no duda en arrojar al lector en el laberinto de las pasiones humanas, que se confunden y se entrelazan con la ilusión y la realidad. La magia de Lamia no es solo un truco sobrenatural; es el símbolo de cómo el ser humano construye mundos fantásticos sobre lo que observa, y cómo esos mundos pueden, finalmente, desmoronarse con un solo destello de verdad.
En Lamia, el vampiro se convierte en una metáfora de lo prohibido, no solo en el sentido de lo que el deseo nos empuja a hacer, sino también en lo que ese deseo implica: la renuncia a lo humano, a lo consciente, a lo que realmente importa. Lamia, al final, se ve despojada de su forma humana, transformada nuevamente en serpiente. Lo que parecía un amor perfecto, una felicidad sin sombras, se revela como lo que era: una farsa alimentada por el deseo, que no tenía otra finalidad que la destrucción.
El poema de Keats se cierra en una tragedia doble: la de Lamia, que no puede escapar de su naturaleza; y la de Lycius, que, al no poder enfrentar la verdad, se consume en su amor. La serpiente que originalmente parecía una amenaza física se convierte en el símbolo del deseo incontrolable, ese que consume todo a su paso y, al final, nos devora a nosotros mismos. Como en todos los grandes relatos románticos, el amor es tanto una bendición como una maldición, y en Lamia, Keats nos deja claro que, cuando el deseo se convierte en un engaño, no hay escape posible.
Nunca se sabe con certeza cuándo comienza el contagio, si es que puede llamarse así, si acaso lo que sucede entre dos seres que se miran largamente, que se perciben más allá de la carne, puede ser comparado con un virus o con una enfermedad vulgar. Uno nunca sabe, digo, si es en la primera mirada o en la segunda, o si es más bien en la pausa entre ambas, en ese intervalo mínimo que no cuenta en ningún registro pero que, sin embargo, lo cambia todo.
Heinrich August Ossenfelder
Der Vampir (1748)
Algunos textos sobreviven no porque hayan sido leídos con atención, sino porque se los cita, se los recuerda mal, o simplemente porque abrieron una puerta por la que luego pasaron otros más célebres.
Johann Wolfgang von Goethe
Die Braut von Korinth (1797)
Algunas promesas no se pronuncian en voz alta, pero pesan más que aquellas que se sellan ante testigos.

Robert Southey
Thalaba the Destroyer (1801)
En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso.
Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX es una exploración literaria y cultural de los orígenes del vampiro en la literatura europea, desde las primeras apariciones poéticas del siglo XVIII hasta su consolidación como figura central del imaginario gótico en el siglo XIX. El libro recorre poemas, relatos y novelas de autores como Heinrich August Ossenfelder, Goethe, Coleridge, Byron, Polidori, Nodier, Mary Shelley, Keats, Hoffmann, Poe o Gogol, mostrando cómo el vampiro pasó de ser una superstición popular a convertirse en un símbolo complejo del deseo, la muerte, la memoria y la obsesión humana.







