Johann Wolfgang von Goethe
Die Braut von Korinth (1797)
Algunas promesas no se pronuncian en voz alta, pero pesan más que aquellas que se sellan ante testigos. Una de esas es la que flota, todavía, en los versos de Die Braut von Korinth, el poema de Goethe. En él, como tantas veces en la literatura de los espectros y los muertos que vuelven, no se trata del miedo sino de la persistencia. De aquello que no sabe morirse del todo, y por tanto regresa, porque no le han dado reposo.
Lo que vuelve no es una mujer cualquiera, sino una novia forzada a la clausura, a la obediencia religiosa, como si su deseo humano —y no era otro que el de estar con su prometido— hubiera sido un error que la familia necesitaba corregir. Y lo corrigieron, sí, al precio de un alma sin descanso. La convirtieron en monja sin preguntarle, y luego en cadáver sin consuelo, y luego en sombra sin tumba. Y ahora, en ese espacio liminal donde Goethe sitúa a sus fantasmas, ella regresa. A la habitación del joven, al lecho, al amor que le fue prohibido. Regresa no para vengarse, sino para existir una vez más.
Lo que ocurre en ese cuarto no es una escena de terror, aunque sí de estremecimiento. Ella bebe sangre, sí, pero no como los monstruos de otros relatos, sino como una forma de compartir lo que no pudo ser compartido en vida. Es un acto de entrega, quizá el único posible ya para alguien que no tiene cuerpo ni futuro. No es destrucción lo que busca, sino consumación. No busca castigar, sino completar. Aunque sea tarde. Aunque sea por última vez.
El verdadero espanto —si hay alguno— no es que regrese una muerta, sino que lo haga con tanto amor todavía. Que su deseo no haya sido desactivado ni por los votos ni por la muerte ni por los años. Que ese deseo siga tan intacto, tan ardiente, que exija al menos una noche, una sola, para recordarle al mundo que hay pasiones que no aceptan ser borradas.
En ese sentido, la vampira de Goethe no es una criatura de horror, sino de resistencia. Una que se niega a aceptar que lo que le fue arrebatado quedará sin cumplirse. Y tal vez sea eso lo que más nos perturba: que alguien —aunque sea desde la muerte— todavía nos reclame aquello que una vez le fue prometido. Porque uno puede romper pactos, claro que sí. Pero no siempre puede impedir que el otro —vivo o muerto— regrese a reclamarlos.
Lord Byron
El Giaour (1813)
En El Giaour (1813), Lord Byron no solo despliega su maestría narrativa, sino que introduce una figura central que, en su complejidad y contradicciones, anticipa las tensiones que habrán de caracterizar las representaciones literarias del vampiro en el siglo XIX.
Samuel Taylor Coleridge
Christabel (1816)
En Christabel (1816), Samuel Taylor Coleridge presenta una de las figuras más inquietantes y ambiguas del siglo XIX, cuyo eco resonaría en la literatura gótica posterior.
Uriah Derick D'Arcy
The Black Vampyre (1819)
En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso.
Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX es una exploración literaria y cultural de los orígenes del vampiro en la literatura europea, desde las primeras apariciones poéticas del siglo XVIII hasta su consolidación como figura central del imaginario gótico en el siglo XIX. El libro recorre poemas, relatos y novelas de autores como Heinrich August Ossenfelder, Goethe, Coleridge, Byron, Polidori, Nodier, Mary Shelley, Keats, Hoffmann, Poe o Gogol, mostrando cómo el vampiro pasó de ser una superstición popular a convertirse en un símbolo complejo del deseo, la muerte, la memoria y la obsesión humana.




