Johann Weichard Valvasor
Die Ehre deβ Herzogthums Crain (1689)
No todo lo que se registra es creído, pero hay cosas que se registran precisamente porque se temen demasiado como para ignorarlas.
Hubo un tiempo —que no está tan lejos como suele creerse— en el que los nobles escribían tratados enciclopédicos sobre sus tierras con el mismo celo con que los cartógrafos dibujaban monstruos en los márgenes de los mapas. Johann Weichard Valvasor, barón, soldado, erudito y miembro de la Academia de las Ciencias de Núremberg, fue uno de esos hombres: inquieto, políglota, meticuloso, obsesionado por poner orden en lo visible… y también en lo invisible.
Su obra magna, La gloria del Ducado de Carniola (Die Ehre des Herzogtums Crain), es un monumento enciclopédico a lo que hoy llamaríamos Eslovenia. Allí se encuentran descripciones geográficas, flora, fauna, costumbres, leyendas, fenómenos naturales, milagros, enfermedades, ríos subterráneos y, sí, también muertos que regresan. Es decir: vampiros sin nombre.
En uno de los capítulos menos solemnes —pero quizás de los más memorables—, Valvasor recoge con seriedad técnica lo que en su tierra se decía de ciertos cadáveres que no se descomponían, de entierros repetidos, de hombres que volvían para asfixiar a sus esposas o vaciar de sangre a los suyos. No los llama con términos demoníacos ni los trata como fábulas aldeanas. Los expone. Los mide. Los sitúa. Como si el simple hecho de registrar el horror le quitara parte de su fuerza. O como si no atreverse a mencionarlo fuese, en el fondo, más peligroso.
Lo notable es que lo hace en 1689, medio siglo antes de la famosa ola vampírica en Europa del Este. Como si su tierra —montañosa, húmeda, llena de cavernas y niebla— hubiese anticipado el mito sin necesidad de bautizarlo. Valvasor no especula, no dramatiza. Describe lo inaceptable con la misma voz con la que traza un perfil del terreno. Y en esa ecuanimidad está lo escalofriante: la aceptación de que ciertos hechos no necesitan explicación, sino constancia.
Sin saberlo del todo, Valvasor prefiguró al vampiro moderno, el que ya no es únicamente demonio ni castigo celestial, sino anomalía física, error biológico, monstruo geográfico. Y como tantos otros que escribieron sin querer entrar en la leyenda, acabó siendo uno de sus arquitectos.
Vampiros en el Arte
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The Nightmare
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R. de Moraine
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Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.




