Johann Christoph Meinig (Plutoneo)
Besondere Nachrichten von Vampyren (1732)
Hay quienes creen que la única forma de enfrentar lo inabarcable es ordenándolo. Que ante lo monstruoso, lo extraordinario, lo que no cede al lenguaje cotidiano ni a la gramática de la razón, lo mejor —lo único— que puede hacerse es archivar, nombrar, catalogar o registrar con esmero, como si al hacerlo uno lo alejara, o al menos lo contuviera en una página numerada. El Dr. Johann Christoph Meinig, quien escribe bajo el nombre de Plutoneo, parece ser uno de esos hombres. Y su libro Besondere Nachrichten von Vampyren —“Noticias particulares sobre vampiros”— no es tanto una explicación como una forma de inventariar lo inexplicable, con la esperanza, quizás, de que al final la suma de casos produzca algo parecido a una verdad. No lo consigue, claro está. Pero en su fracaso —o en su fidelidad al método— hay algo admirable y revelador.
Lo que Meinig ofrece no es teoría ni filosofía, sino un repertorio. Cuerpos hallados intactos. Sangre que fluye donde no debería. Vecinos muertos en circunstancias misteriosas. Hijas que languidecen tras soñar con sus parientes fallecidos. Bestias que mueren sin heridas visibles. Cementerios removidos por orden de autoridades locales. Actas firmadas por oficiales del ejército. Testimonios de clérigos. Protocolos quirúrgicos. Todo se presenta con meticulosidad y tono contenido. Como si al evitar la exaltación, el autor pudiera protegerse de lo que está narrando. Como si el estilo fuese un escudo.
Pero basta leer con algo de atención para comprender que ese tono sereno, casi burocrático, es el disfraz de una inquietud más profunda. Porque los casos se acumulan —decenas, quizá cientos— y todos coinciden en los mismos síntomas, los mismos miedos, las mismas ejecuciones. Y lo que debería ser un patrón tranquilizador se convierte en una repetición perturbadora. Cuanto más se repiten los signos, menos parecen explicables. Cuanto más se sistematizan los relatos, más se parecen entre sí, como si el horror necesitara también su gramática, su sintaxis del espanto. Y eso es quizá lo más desconcertante del libro: que sin pretenderlo, sin declararlo, acaba componiendo una lógica propia del misterio. No una lógica que resuelva, sino que se pliega sobre sí misma. Como esas frases que, por querer ser precisas, se vuelven imposibles de seguir.
El lector —y uno imagina que también el autor— empieza a sentir que algo se le escapa. Que todos esos nombres, todas esas fechas, todos esos procedimientos quirúrgicos y esos rituales funerarios no están aclarando nada, sino haciendo más profundo el abismo. Como si cada cadáver registrado con tanto cuidado se volviera menos cadáver, menos caso aislado, y más prueba de que hay un orden oculto, un orden negativo, que no consiste en entender, sino en resistir el entendimiento. Y así, lo que parecía un catálogo se vuelve un espejo. Un reflejo del pensamiento cuando fracasa en su voluntad de dominio. Porque el archivo —aunque se crea neutro— no es inocente. Clasifica, sí. Conserva, también. Pero sobre todo perpetúa. Y lo que se archiva sin comprender se vuelve mito.
Quizá por eso Plutoneo eligió el seudónimo que eligió: no “Hermes”, el mensajero, ni “Apolo”, el clarividente, sino “Plutoneo”, el de los muertos. Porque él no escribe desde la superficie, sino desde ese lugar intermedio entre lo vivo y lo difunto. Su voz es la del testigo que no toma partido. El que no cree, pero tampoco niega. El que no teme, pero no deja de mirar por encima del hombro mientras redacta. Porque los casos que recoge no son meras anomalías. Son síntomas. De una comunidad que se descompone por dentro. De una fe que se desliza hacia la superstición. De una razón que no basta. De un mundo que, al enfrentarse a sus muertos, descubre que no hay manera de enterrarlos del todo.
Y uno se pregunta, al cerrar el libro, si ese gesto de registrar no es también un modo de hablar consigo mismo. De calmar una inquietud íntima. De evitar la pregunta que el propio archivo parece susurrar entre líneas: ¿y si no fuese suficiente explicar? ¿Y si lo que está ocurriendo no necesita ser creído ni refutado, sino solo aceptado como uno de esos hechos que acompañan a la historia humana como una sombra? ¿Y si el vampiro, más que una criatura, fuese eso: una sombra del archivo?
Entonces, como lectores, ya no esperamos respuestas. Nos basta con entender que hay preguntas que, al repetirse, ya no buscan resolución, sino permanencia. Como una herida que no quiere cerrarse. Como un nombre que se pronuncia para que no desaparezca.
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