Jiangshi: el que salta sin alma

Algunos muertos caminan, otros se arrastran, y otros más regresan con elegancia o con furia. Pero hay uno que salta. No corre, no vuela, no se desliza como los espectros románticos, ni avanza con la melancolía de los no-muertos europeos. El jiangshi —figura china entre lo grotesco y lo temible— se desplaza dando saltos torpes, casi cómicos, como si su cuerpo, ya deshabitado de alma, obedeciera las leyes de una rigidez ajena. Como si la muerte no fuera del todo suya.

En apariencia, el jiangshi es un cadáver reanimado. Pero no lo es por deseo, ni por castigo, ni siquiera por voluntad ajena. Lo es por error. No hay en él sed, ni pasión, ni venganza. Solo impulso: el del tránsito mal cumplido, el de la energía que no supo extinguirse. Es, si acaso, una interrupción.

A diferencia del vampiro occidental, que anhela sangre para revivir o amar o vengarse, el jiangshi no quiere nada. No sabe. Se mueve porque no puede estarse quieto. “Its chi has been trapped, and so the body walks,” anota la compilación Strange Stories from a Chinese Studio (Liaozhai zhiyi, de Pu Songling, siglo XVIII). El movimiento, en este caso, no es un acto de voluntad, sino una consecuencia del desequilibrio. Y es precisamente esa ausencia de conciencia —esa ignorancia de su estado— lo que lo vuelve inquietante.

Su aspecto lo delata: brazos extendidos, rígidos; piel pálida o verdosa; vestigios de nobleza en sus ropajes antiguos. En la frente, una tira amarilla de papel con caracteres taoístas: el talismán que lo detiene. Un conjuro, un fragmento de escritura. Porque, una vez más, como en tantas culturas, el lenguaje es lo único que puede detener lo inorgánico. “La palabra escrita ordena lo que la carne no puede,” afirma un tratado ritual del maestro Ge Hong (Baopuzi, siglo IV).

El jiangshi no muerde. Absorbe. En algunas versiones, succiona el qi, la energía vital de los vivos. En otras, simplemente propaga su estado: lo que toca se convierte. Como si la muerte incompleta fuera contagiosa. No hay aquí libre albedrío. No hay drama. Solo repetición. El cuerpo continúa moviéndose porque no ha comprendido que debe dejar de hacerlo.

Y, sin embargo, ha persistido. Pasó del teatro de sombras al cine cantonés de los años ochenta (Mr. Vampire, 1985), de ahí al videojuego y al manga, y hasta a las comedias kitsch. Ha sido ridiculizado, sí, parodiado, despojado de su solemnidad. Pero persiste. Como todo lo que no entiende del todo su función, y por tanto, no la abandona.

No hay tragedia romántica en él. No hay seducción. Y sin embargo, su existencia encierra un conflicto esencial: no la lucha contra el tiempo —como en Drácula o Carmilla—, sino el olvido de que el tiempo ha seguido. El jiangshi es el cuerpo que no envejece porque no supo morir. Y esa ceguera ontológica, esa pureza sin deseo, lo vuelve trágico.

“There is no soul in the jiangshi,” concluye Lily Xiao Hong Lee, “only the momentum of unresolved forces” (Biographical Dictionary of Chinese Women, vol. I, 1997). Es, en otras palabras, un muerto que no lo sabe. Y en eso reside su peligro. Porque lo que no ha entendido que ha terminado, sigue. Y lo que sigue sin saber por qué, no puede ser conjurado.

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