Jean-Baptiste de Boyer, Marqués de Argens 
Lettres juives (1738), carta 137

En la Lettres juives, publicada en 1738, Jean-Baptiste de Boyer, Marqués de Argens, escribió un conjunto de epístolas que trataban de poner en evidencia los errores y supersticiones que aún dominaban el pensamiento europeo. En la carta 137 de esta obra, Boyer aborda, con un sarcasmo punzante y un desdén ilustrado, la creencia en los vampiros. En lugar de abordar el fenómeno de manera directa, de Boyer convierte al vampiro en una metáfora perfecta de todo lo que la Ilustración trataba de erradicar: la superstición irracional que se mantenía viva en la Europa de su tiempo.

A través de su característico tono irónico y mordaz, de Boyer subraya cómo las creencias en los muertos que regresan no solo son increíbles desde el punto de vista científico, sino que también son nocivas para el progreso del pensamiento humano. Para él, el vampiro es la personificación de lo atrasado, el obstáculo para el desarrollo de la razón. El miedo a estos muertos vivientes refleja el estado de ignorancia en el que aún se encuentra gran parte de la humanidad, que, sin la luz de la razón, no puede escapar de las sombras de lo irracional.

De Boyer, al igual que otros pensadores ilustrados de la época, rechaza abiertamente las explicaciones supersticiosas. Sin embargo, la forma en que aborda el tema del vampiro es curiosamente reveladora: en lugar de simplemente desmentirlo o ridiculizarlo, lo utiliza como un símbolo de lo que la humanidad debe superar. El vampiro, en sus ojos, es un resabio del pasado, una idea que debe ser erradicada de las mentes de los hombres como cualquier otro superstición reaccionaria. Es una crítica directa a la mentalidad medieval que, a pesar de los avances de la ciencia, sigue perdiéndose en fantasías sin sustancia.

En el fondo de su ironía, de Boyer también toca un punto importante: lo que persiste más allá de la razón, lo que se escapa a su control, es, irónicamente, lo que mantiene viva la figura del vampiro. La superstición no desaparece simplemente porque la razón lo ordene. En su rechazo tajante hacia el vampiro, de Boyer no solo está criticando una creencia irracional, sino también el proceso mismo por el cual la razón intenta imponer un orden que no siempre tiene el poder de despejar las sombras que aún habitan la mente humana. Como el vampiro, las supersticiones no se extinguen tan fácilmente; de alguna forma, se resisten a desaparecer, persisten en la periferia de la conciencia, esperando una grieta por donde volver a surgir.

Por lo tanto, en esta carta 137, de Boyer no solo está luchando contra el mito del vampiro, sino que está reconociendo, en una reflexión profunda y crítica, el poder de la superstición: esa fuerza irracional que, por más que se intente eliminar, siempre parece reaparecer en nuevos disfraces. La lucha de la razón contra el vampiro es una lucha interminable, que revela la fragilidad de todo intento humano por dominar lo incierto. El vampiro, al igual que las ideas retrógradas, se escapa por entre las rendijas de la lógica, regresando para volver a sembrar el miedo y la duda.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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