Jan Neplach
Summula chronicae (1355–1362).
En Bohemia, donde las colinas parecen haber aprendido a guardar secretos con más discreción que los archivos, un abad llamado Jan Neplach —benedictino, meticuloso y parco— decidió consignar el mundo tal como le llegaba, sin aspavientos ni retórica, en una crónica que tituló Summula, como quien sugiere que lo que escribe no es más que un resumen, una esquela del tiempo. Entre el desfile de nombres reales y fechas pontificias, escondió —aunque no demasiado— ciertos hechos que no encajan del todo con la lógica cronológica, pero que sin embargo figuran allí como si hubieran sucedido.
Uno de esos hechos tuvo lugar, en el año 1336, en la villa de Blow, cerca de la actual Kadan. Allí murió un pastor llamado Myslata. Hasta ahí, nada excepcional. Pero no permaneció muerto. Se levantaba por las noches —y esto no lo dice una leyenda oral, sino la pluma de un abad—, caminaba entre las casas, pronunciaba nombres, y quienes los oían no tardaban en morir. No era un espíritu: era un cuerpo. Y su cuerpo, lejos de pudrirse en silencio, hablaba. Cuando lo empalaron —porque no sabían qué otra cosa hacer—, dijo que le habían dado “un bastón para defenderse de los perros”. No gritó. No maldijo. Dijo eso. Y rugía como un buey cuando intentaban quemarlo. Sangraba como si aún tuviera corazón latiente, y al ser puesto en el carro para su cremación, recogió los pies como si aún obedeciera a un impulso voluntario. Solo el fuego puso fin a su insistencia. Aunque hubo quien, mucho después, afirmó que en el lugar donde ardió comenzó a formarse un remolino que no cesó durante semanas.
Neplach, por su parte, no discute. Anota. No se permite ni la incredulidad ni el entusiasmo. Apenas deja constancia. Como si supiera que ciertas cosas no necesitan ser creídas para perdurar.
Años más tarde, en Levin, ocurrió otro caso. Murió una mujer. Quizá sola, quizá demasiado vieja, quizá demasiado distinta. El rumor dice que se había comido la mortaja. Que la habían empalado y sangró como un animal recién abierto. Que la estaca no bastó. Que hubo que quemarla. Y que la leña no prendía hasta que trajeron vigas de una iglesia, como si lo sagrado tuviera que participar para doblegar a lo oscuro. Dicen —y esto es lo más inquietante— que, al desenterrarla, sujetaba con las manos la estaca que la había atravesado.
Ambos casos —el pastor y la mujer— figuran entre los más antiguos testimonios europeos de muertos que no aceptan el silencio, de cuerpos que no entienden el final. Y no lo hacen con estrépito, sino con regularidad, con una mecánica casi natural, como si el morir fuera un proceso incompleto. A Neplach no le interesa si son demonios, si hay herejía o si se rompe algún dogma. Le interesa, quizá sin saberlo, lo que no cesa, el regreso, la interrupción.
No usó la palabra vampiro. No necesitaba hacerlo. Quienes vinieron después —Hajek, Valvasor, Schertz, Calmet, incluso Ranft— retomaron sus palabras y las vistieron con superstición y teología. Pero el origen está en la Summula: un cuaderno severo que, sin proponérselo, dejó por escrito lo que la mayoría prefería no recordar. Y ese gesto —el de anotar sin explicar— es, en sí mismo, una forma de creencia. Porque hay cosas que no terminan, no por falta de muerte, sino por exceso de memoria.
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