Hrapp, retornado islandés (ca. 950)
Hay personajes que mueren sin terminar de irse, y que por tanto nunca acaban de ser recordados con serenidad. No porque hayan hecho algo imperdonable —o quizá sí, pero no solo por eso—, sino porque en su modo de existir, aun después del fin, hay algo que descompone el orden. No el orden moral, que se ajusta con juicios o con penitencias, sino el orden narrativo: esa necesidad que tenemos de que las cosas terminen donde deberían terminar, de que los muertos se callen, y sobre todo, de que no se muevan más.
Hrapp, un colono noruego asentado en Islandia en el siglo X, es uno de esos personajes. Uno de los primeros draugr, o muertos inquietos, cuya historia se conserva en la Laxdæla saga y en otras sagas islandesas, esas crónicas semipoéticas en las que el mito y la crónica se entrelazan con una naturalidad que ya no nos es del todo familiar. Su caso es paradigmático, y no solo por lo que hizo después de morir, sino también por cómo fue preparado su regreso.
Se cuenta que Hrapp fue en vida un hombre violento, posesivo, con un carácter que hoy llamaríamos difícil, aunque la palabra no hace justicia a su crueldad. Se apropió de tierras ajenas, dominó a su familia con mano férrea y ejerció una forma de control que no desapareció ni con la enfermedad. De hecho, antes de morir, ordenó ser enterrado en su propia granja, de pie, y con la vista orientada hacia el valle, como si quisiera seguir vigilando lo que ya no le pertenecía. El gesto es revelador: no se trataba de descanso, sino de vigilancia. No de paz, sino de permanencia.
Y volvió. O no volvió, porque en realidad nunca se fue del todo. Comenzaron a morir los animales. Después los sirvientes. Más tarde, los vecinos. El lugar fue declarado maldito. Nadie se atrevía a pasar cerca de la granja. Los testimonios, si se les puede llamar así, describen un cuerpo que conservaba su integridad, que caminaba con peso, que abría puertas. Un cuerpo que no era metáfora, sino persistencia.
Los islandeses, como recuerda Terry Gunnell en sus estudios sobre el folclore nórdico, no creían en fantasmas etéreos, sino en muertos corpóreos. Seres que conservaban su carne, su fuerza, incluso su voz. No eran apariciones, sino intrusiones. Hrapp, como muchos draugar, representa ese tipo de retorno que no puede ser exorcizado con palabras, sino solo con actos. En su caso, se lo desenterró y se lo volvió a enterrar lejos de su tierra, con rituales apropiados, como si el lugar mismo —y no el cuerpo— fuera el origen de la contaminación.
Claude Lecouteux, en Fantasmas y aparecidos en la Edad Media (1995), sugiere que estos muertos perturbadores aparecen cuando hay conflictos sin resolver, cuando la comunidad no ha sabido o no ha querido hacer justicia en vida. Hrapp, entonces, podría ser leído no solo como un espíritu vengativo, sino como la manifestación de un mal no asumido, una especie de castigo a la cobardía colectiva.
Y aquí conviene comparar. Porque Hrapp no es único. Hay otros cuerpos que se niegan a la clausura: Arnold Paole, el soldado serbio que regresó con sangre en los labios; el Nachzehrer, que devora su propio sudario hasta que lo entierran adecuadamente; incluso Enriqueta Martí, que sin volver del todo, jamás logró desaparecer de la memoria de Barcelona, como si también ella hubiese sido enterrada de forma incompleta.
Lo que une a todos estos casos no es la causa del retorno, ni el modo de morir, sino el modo de ser recordados. Es decir: su fracaso como ausencia. Hrapp es eso: una presencia fracasada como muerto, alguien que no logró, o no quiso, ceder su lugar al silencio. Y su historia sigue circulando no por lo que hizo —que ya nadie puede precisar con exactitud— sino por la incomodidad que provoca. Porque lo que inquieta, al final, no es su violencia, sino su permanencia.
Quizá por eso las sagas no lo condenan del todo. Lo relatan. Lo rodean. Lo nombran sin insistencia. Como si supieran que el mero acto de escribirlo ya es peligroso. Que al recordarlo, uno lo está llamando. Que al describir su tumba, uno la está abriendo.
Y entonces uno se pregunta: ¿qué significa realmente volver? ¿Qué significa negarse a desaparecer cuando todos esperan que uno lo haga? ¿No será que hay formas de injusticia tan arraigadas que necesitan un cuerpo que insista, que se niegue, que camine después de haber caído? Hrapp fue enterrado dos veces, pero no desapareció nunca del todo. Tal vez porque algo —en él, o en nosotros— sigue vigilando desde la tumba.
