Henry Charles Lea 
A History of the Inquisition in the Middle Ages (1887)

No es un libro sobre muertos vivientes. Ni sobre demonios, ni sobre apariciones nocturnas. Es, en apariencia, un estudio monumental y frío —frío como la piedra de los archivos que lo sustentan— sobre uno de los instrumentos más meticulosos que haya creado la Iglesia para vigilar, catalogar y castigar la desviación: la Inquisición. Y sin embargo, entre las páginas severas y eruditas de Henry Charles Lea, donde se suceden los edictos, las torturas, las abjuraciones, los autos de fe y las fórmulas procesales, aparece de pronto un elemento que no encaja del todo, una grieta por la que asoma un miedo más antiguo que el dogma: el miedo a que los muertos vuelvan.

Lea no exagera. No dramatiza. Su estilo es seco, jurídico, casi notarial. Pero cuando se refiere a ciertas herejías —esas desviaciones populares que mezclaban superstición, teología mal digerida y necesidad de explicación inmediata—, surge una figura inquietante: el cadáver inquieto. No se le llama vampiro, porque el término no era de uso corriente en las actas inquisitoriales. Pero la descripción se ajusta. En algunos pueblos se acusaba a individuos muertos de causar enfermedades, de aparecerse por las noches, de chupar la vitalidad de los vivos. Y la Inquisición, aunque prefería ocuparse de lo doctrinal, no siempre pudo evitar intervenir.

Lo perturbador no es solo que existieran estas creencias, sino que se las tratara con seriedad procesal. Que hubiera instrucciones sobre qué hacer con un cuerpo sospechoso. Que se consultara a teólogos sobre la posibilidad de una animación diabólica del cadáver. Que se considerara, con plena gravedad eclesiástica, la necesidad de abrir una tumba, examinar el rostro, observar si había señales de “actividad post mortem”. Es decir, que el miedo al vampiro —aun sin nombre— penetró el sistema judicial de la Iglesia.

Lea no lo subraya. No siente fascinación ni repulsión: solo registra. Pero al hacerlo, revela que incluso el aparato más racionalizado del control espiritual europeo tuvo que enfrentarse a un terror que no era herético en el sentido doctrinal, sino más antiguo: el del muerto que sigue presente. El del pariente enterrado que no ha sido bien despedido. El del alma que no se va, o peor, que se queda con hambre.

Y así, el vampiro entra en la historia no como mito literario, sino como prueba, como acta, como residuo documental de una inquietud compartida. No está en el centro del relato, pero su sombra pasa por los márgenes. Y en los márgenes, a veces, es donde lo más verdadero se conserva intacto.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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