Heinrich von Wlislocki 
Volksglaube und Volksbrauch der Siebenbürger Sachsen (1893)

A veces, la geografía es ya una advertencia. Transilvania —esa palabra que hoy arrastra una sobrecarga gótica casi caricaturesca— era en el siglo XIX una región áspera, plural, con una densidad supersticiosa que no necesitaba aún de Bram Stoker para saber que los muertos podían regresar. Heinrich von Wlislocki, etnógrafo riguroso, recogió sin adornos lo que los sajones de aquella tierra decían, practicaban y temían. No intervino, no interpretó demasiado: tomó nota, como si supiera que todo intento de explicar diluye la verdad popular que, como el vino fuerte, se vuelve inocua si se rebaja con palabras académicas.

Lo que emerge de su Volksglaube und Volksbrauch der Siebenbürger Sachsen no es un monstruo de novela, ni un mito exportable, sino una figura local, concreta, asumida como parte del orden natural de las cosas: el muerto que no ha terminado de irse. Aparece en los relatos campesinos sin sorpresa ni solemnidad, como parte del ciclo de la vida y la muerte. Si alguien enferma, si una vaca muere, si un niño se marchita, lo primero que se piensa no es en Dios ni en el clima, sino en el cementerio. En si alguien fue mal enterrado. En si algo sigue suelto.

Wlislocki recoge prácticas específicas: clavar clavos en el ataúd, meter semillas en la boca del difunto, atarle los pies para dificultar el regreso. No como rituales simbólicos, sino como actos preventivos. Porque el vampiro —aunque rara vez se le llame así— no es una aberración, sino una posibilidad. Una posibilidad cotidiana. Se trata de parientes, vecinos, antiguos enemigos que regresan de noche a consumir lo que no terminaron de agotar en vida. No hay aquí romanticismo ni erotismo, ni castillos ni murciélagos: sólo la persistencia de una idea brutal y sencilla, más lógica que literaria. La muerte puede ser imperfecta.

Wlislocki no lo dramatiza. Su alemán es funcional, preciso, incluso seco. Pero al leerlo, uno siente que lo que importa no es el estilo, sino la acumulación. La insistencia. La cantidad de veces que los vivos han sospechado de los muertos, que han abierto tumbas con la esperanza —o el temor— de confirmar que la carne aún se conserva, que la boca sangra, que los ojos miran.

Y esa insistencia, sin discurso, sin estética, es lo que da forma al vampiro más verdadero: no el personaje, sino el hecho. El miedo convertido en costumbre.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.