Heinrich August Ossenfelder 
Der Vampir (1748)

Algunos textos sobreviven no porque hayan sido leídos con atención, sino porque se los cita, se los recuerda mal, o simplemente porque abrieron una puerta por la que luego pasaron otros más célebres, más extensos, más eficaces en su artificio. Tal vez eso le ocurre al Vampir de Heinrich August Ossenfelder, ese poema de 1748 que, sin contarlo del todo, sin contarlo como lo haría después el romanticismo o el folletín decimonónico, contiene ya una amenaza suficiente como para entender que el vampiro no siempre necesita mostrarse, ni siquiera necesita morder. Basta con anunciarse.

El poema —breve, rimado, provocador— no narra la historia de una criatura torturada ni de una víctima enamorada, como harían después tantos autores. Lo que hace Ossenfelder es algo más inmediato, más inquietante en su simplicidad: pone en boca de un hablante masculino, probablemente burlón y desde luego resentido, una advertencia dirigida a una joven virtuosa, piadosa, convencida de que la castidad es el camino de la salvación. Él, que no ha podido poseerla en vida, le promete visitarla después de muerto, como vampiro, como sombra, como insistencia que no se rinde. Y le recuerda que entonces, cuando no pueda resistirse, cuando ya no valga la voluntad ni el rezo, él tomará lo que ahora se le niega.

No hay amor en este poema, ni siquiera deseo entendido como anhelo romántico; hay dominio, hay revancha, hay una especie de violencia contenida —y no tan contenida— que convierte al vampiro en un símbolo de eso que no se acepta ser rechazado. Y eso es, quizá, lo que lo vuelve más perturbador: no necesita justificar su sed, no se presenta como una víctima de una maldición, ni como un alma errante. Es, sencillamente, la forma elegida por el deseo para vengarse.

Lo interesante es que Ossenfelder, sin construir un personaje complejo ni un universo mítico, inaugura sin saberlo una forma del vampiro que no desaparecerá nunca del todo: la del deseo que no tolera límites. Un deseo que, al verse contenido, se transforma en amenaza, en visita nocturna, en ese retorno que no pide permiso. Y uno se pregunta —como ocurre a menudo cuando se lee con atención— si lo que aquí se anuncia no es solo el vampiro como criatura sobrenatural, sino la persistencia del deseo no correspondido como forma de condena. No tanto para quien lo padece, sino para quien lo provoca sin quererlo.

Porque tal vez lo que Ossenfelder escribió, bajo la forma de una advertencia rimada, fue eso: la intuición de que hay pasiones que, al ser negadas, no mueren, sino que regresan. No como espectros, sino como insistencias. Y que lo que no fue aceptado en vida, siempre encuentra otra forma de llamar a la puerta. Aunque sea desde la sombra. Aunque sea después.

Lord Byron 
El Giaour (1813)

En El Giaour (1813), Lord Byron no solo despliega su maestría narrativa, sino que introduce una figura central que, en su complejidad y contradicciones, anticipa las tensiones que habrán de caracterizar las representaciones literarias del vampiro en el siglo XIX. 

Samuel Taylor Coleridge  
Christabel (1816)

En Christabel (1816), Samuel Taylor Coleridge presenta una de las figuras más inquietantes y ambiguas del siglo XIX, cuyo eco resonaría en la literatura gótica posterior. 

Uriah Derick D'Arcy 
The Black Vampyre (1819)

En Thalaba the Destroyer, publicado en 1801, Robert Southey no pretendía escribir sobre vampiros, ni mucho menos añadir otro ejemplar a la galería ya nutrida de lo monstruoso. 

Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX
Literatura de vampiros en los siglos XVIII y XIX es una exploración literaria y cultural de los orígenes del vampiro en la literatura europea, desde las primeras apariciones poéticas del siglo XVIII hasta su consolidación como figura central del imaginario gótico en el siglo XIX. El libro recorre poemas, relatos y novelas de autores como Heinrich August Ossenfelder, Goethe, Coleridge, Byron, Polidori, Nodier, Mary Shelley, Keats, Hoffmann, Poe o Gogol, mostrando cómo el vampiro pasó de ser una superstición popular a convertirse en un símbolo complejo del deseo, la muerte, la memoria y la obsesión humana.

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