Gerard van Swieten
Abhandlung des Daseyns der Gespenster (1768)
Uno tiende a creer que la razón, cuando niega algo, lo hace con una sequedad tajante, casi con la frialdad de un cirujano que corta lo enfermo sin parpadear. Pero a veces, cuando el objeto de la negación ha sido durante siglos una figura cálida del imaginario humano —como lo ha sido el espectro, el fantasma, esa sombra que insiste en aparecer cuando nadie la espera—, la razón necesita más que bisturí: necesita escritura, necesita páginas que desmonten con cuidado lo que tantos años de temor han levantado.
Eso es lo que hace Van Swieten en su Abhandlung des Daseyns der Gespenster: no escribe para evocar el misterio, sino para extinguirlo. Médico de la corte vienesa, ilustrado convencido, Van Swieten quiere cerrar el capítulo de los aparecidos, y para ello despliega un tratado tan ordenado como una disección. Según él, los fantasmas —o los informes sobre ellos— son simples errores de percepción, aberraciones sensoriales, supersticiones que persisten por inercia en las mentes de los no ilustrados. Nada más.
Pero lo notable del texto no es su intención, sino su determinación. Van Swieten no duda. No se detiene a contemplar la posibilidad de que exista una realidad alternativa más allá de la muerte. No. Para él, los espíritus son, en el mejor de los casos, ilusiones de mentes debilitadas por el sueño, por la fiebre, por el miedo. Y si bien reconoce que “se ven”, lo que se ve no es lo que es, sino lo que se espera ver. La aparición se convierte así en una proyección del ánimo, no del alma.
Lo que queda, entonces, no es una sombra, sino una patología. No una revelación, sino un desorden. Y en esa lectura clínica —que por momentos se quiere compasiva, pero que en el fondo es radical—, Van Swieten elimina de un solo gesto siglos de creencias, relatos y visiones. No los discute: los clasifica y los encierra. El fantasma ya no es amenaza ni consuelo; es un error.
Y sin embargo —y esto es lo que escapa al propio autor, quizá—, al dedicar tantas páginas a lo inexistente, le otorga una dignidad involuntaria. Porque si no existen, ¿por qué escribir tanto sobre ellos? ¿Por qué volver una y otra vez sobre lo que se niega? El fantasma desaparece de la realidad, sí, pero permanece en la escritura. Expulsado del mundo, queda preservado en el discurso que intenta eliminarlo.
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