Franz Hartmann 
Magic: White and Black (1886)

Para nada era un ignorante ni un crédulo. Franz Hartmann —médico, ocultista, teósofo— sabía perfectamente que el mundo visible no lo era todo, y que bajo la superficie de lo que puede tocarse o nombrarse con precisión racional, habita algo más. Algo que se resiste a morir, o mejor aún: algo que no quiere nacer en términos convencionales, sino que se manifiesta lateralmente, como desvío, como forma residual del deseo, del pensamiento o de la muerte. Magic: White and Black es, en apariencia, un manual de iniciación, una obra de equilibrios, de advertencias: un intento por distinguir entre lo que eleva y lo que corrompe, entre el poder que cura y el que devora.

Pero todo intento de clasificar lo invisible lleva dentro de sí la semilla de la ambigüedad. Hartmann, que hablaba de energías y fluidos con la seriedad de un científico y el fervor de un místico, no podía evitar —aunque lo disfrazara de explicación metafísica— referirse a esos entes que se alimentan de los vivos sin cuerpo propio, que acechan en las grietas del alma, en los huecos del pensamiento no purgado. Hay en su discurso una figura que aparece sin aparecer: el vampiro, entendido no como monstruo físico, sino como fuerza parasitaria, como conciencia incompleta que, por no saber morir, sobrevive robando lo que no genera.

Para Hartmann, esa entidad podía ser una larva astral, un residuo de voluntad mal dirigida, una forma de pensamiento obsesivo que se convierte en ente autónomo. Pero al describirla, al dotarla de características —insistencia, absorción, nocturnidad, dependencia del otro—, construye sin saberlo la más precisa metáfora del vampirismo espiritual. Y acaso también del psicológico.

Lo interesante es que, en su esfuerzo por advertir contra la magia mal aplicada —esa “magia negra” que seduce con resultados inmediatos pero deja al alma en ruinas—, Hartmann termina sugiriendo que el vampiro más real no es el cadáver animado, sino el deseo incontrolado, la voluntad sin disciplina, el pensamiento que se vuelve contra su creador. Y ese vampiro, nos dice sin nombrarlo, vive dentro, no fuera.

Así, este tratado que parece pretender la clarificación moral de lo oculto, termina sumido en una penumbra fascinante, donde toda energía puede volverse amenaza y todo límite, incluido el de la muerte, es provisional. Como el propio vampiro.

Vampiros en el Arte

Henry Fuseli 
The Nightmare 

Fuseli pintó esta escena como si hubiera visto en la imaginación lo que aún no se decía en voz alta: que el miedo no venía sólo de fuera, sino de dentro ...

William-Adolphe Bouguereau  
Dante y Virgilio

El cuadro representa a los condenados que Dante encuentra en el octavo círculo del Infierno, los falsificadores de alma, si seguimos la clasificación exacta. 

R. de Moraine 
Le Vampire 

Hay escenas que no representan un hecho, sino una forma de pensar el miedo, y acaso por eso duran más que los propios hechos que pretendían ilustrar ...

El Vampiro en el Arte
Con una prosa ensayística y evocadora, El vampiro en el arte explora cómo cada época ha proyectado en el vampiro sus obsesiones más íntimas: el cuerpo, la sexualidad, la enfermedad, el lujo, la decadencia, el doble, el deseo de inmortalidad y la inquietud ante lo que regresa. Más que estudiar un monstruo, este libro sigue el rastro de una presencia. Y al hacerlo, revela que toda imagen vampírica es también una confesión disfrazada de la cultura que la produce.

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