François Richard 
Des fausses revenants… Sant-Erini (1657)

Sabemos de informes que parecen buscar la verdad, y acaban registrando el miedo. Y hay autores que, sin quererlo, inauguran una tradición simplemente por no negarse a escribir lo que otros callan.

En 1657, un tal François Richard —nombre escueto, sin gloria ni estirpe— publicó en París un opúsculo singular, casi excéntrico: Relation de ce qui s’est passé à Sant-Erini, o, con su título más completo, Des fausses revenants, ou revenantes…, un informe, o quizás solo una excusa, para contar lo que había presenciado, u oído, o sospechado en una isla del Archipiélago griego, Santorini, o Sant-Erini, como se la nombraba entonces.

Lo que Richard narra no es una ficción —no en apariencia—, ni tampoco una crónica diplomática, aunque se camufle bajo ese tono. Es algo más turbio: la irrupción de lo inexplicable en los márgenes de lo colonial, en ese territorio ambiguo donde conviven superstición griega, mirada francesa, y un intento de preservar la cordura mediante la escritura. Porque lo que describe —con extrañeza, pero sin burla— es el caso de ciertos muertos inquietos, cuerpos que no se conformaban con su destino, y que regresaban —eso se decía— por la noche, por la costumbre, por la sed o por la culpa.

Hombres y mujeres que, tras ser enterrados, fueron vistos caminando, visitando a los suyos, agotando a los vivos con su sola presencia. No espectros, no apariciones: cuerpos enteros. Rostros reconocibles. Gestos familiares. Como si la muerte, en ese rincón del Mediterráneo, no tuviera autoridad.

Lo interesante es que Richard, que escribe desde el extranjero —como testigo, como intruso, como europeo racional—, no se ríe, no se distancia con suficiencia cartesiana. Intenta comprender, incluso mientras duda. Interroga a los locales, recoge testimonios, describe con método… pero el fenómeno, cuanto más lo observa, más resiste la claridad. Y es en esa vacilación —en esa resistencia del hecho a ser explicado— donde su texto se vuelve inquietante.

Porque no dice que los muertos se levantan. Solo dice que todo en Sant-Erini sugiere que sí. Que algo ocurre. Que las noches son largas. Que los entierros no bastan. Que el miedo, cuando es compartido, parece adquirir cuerpo. Y que algunas islas están condenadas a no ser del todo reales ni del todo racionales.

Ese gesto de atención —de registro incómodo— convierte a Richard en uno de los primeros occidentales en escribir un texto proto-etnográfico sobre el fenómeno vampírico. Y aunque él jamás utilizó esa palabra, lo que dejó fue eso: un primer testimonio del muerto que no cesa, que camina, que perturba, que continúa, como una frase sin punto final.

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